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ANTONIO BENITEZ MARTINEZ

ANTONIO BENITEZ MARTINEZ

En realidad solo queremos aquello por lo que estamos dispuestos a luchar
El escritor y empresario Mark Manson escribió un artículo en donde plantea de qué depende que nuestros sueños se hagan realidad o no. A nosotros en Genial.guru nos parece que tiene mucho sentido y definitivamente hay que reflexionar sobre sus palabras.
Todos queremos vivir bien: ir por la vida fácilmente, tener relaciones espectaculares, lucir impecables, ganar mucho dinero y causar impacto en los demás. Es muy fácil quererlo.
Si le pregunto a la gente: «¿Qué es lo que quieren de la vida?», muchos responderán algo como «Quiero ser feliz, tener una familia fantástica y un trabajo fabuloso». En otras palabras, no te responderán nada.
Pero existe otra pregunta interesante que tal vez ya te hayas hecho: «¿Qué dolor quiero en la vida? ¿Por qué cosas estoy dispuesto a luchar y sufrir?». La respuesta a esta pregunta es el indicador de cómo será tu vida al final.
Todos quieren tener un trabajo genial y una independencia financiera pero no todos están dispuestos a trabajar 60 horas a la semana, ir de viaje de trabajo e ir por las cabezas para subir por la escalera profesional. Las personas quieren tener dinero sin arriesgarse y no están dispuestas a rechazar los placeres. Y sin esto, lastimosamente, es imposible. Si, por supuesto, no eres hijo de Rockefeller. Cada quien quiere un gran amor y un sexo fascinante pero no todos están dispuestos a pasar por conversaciones difíciles, un silencio incómodo, ofensas, dramas y falta de entendimiento.
Por eso los seres humanos se tranquilizan, se ponen cómodos y le preguntan al vacío: «¿Qué pasaría si...?». Dentro de algunos años este «¿qué pasaría?» se convierte en «¿qué hubiera pasado?». Y un abogado llega a su casa, le transfiere el dinero de manuntención de sus hijos a su ex mujer y piensa: «¿Para qué he vivido?». Obviamente no para un trabajo monótono y 20 años de esperanzas confusas. ¿Para qué?
Hay que luchar por la felicidad. Lo bueno es el reverso de lo desagradable. Puedes evitar lo negativo durante años pero al final de cuentas siempre se manifestará.
Por supuesto, todos somos únicos pero nuestras necesidades se parecen. Enfrentamos las cosas agradables con gusto. Y por defecto luchamos en contra de cualquier tipo de negatividad. Pero lo que recibimos de la vida al final no es tanto el resultado de unos sueños agradables, sino de nuestra disposición a soportar el dolor para que nuestros sueños se vuelvan realidad.
Queremos cuerpos de dioses griegos pero sin una dieta estricta y sin entrenamientos agotadores nunca los obtendremos. Queremos tener un negocio propio pero nunca nos convertiremos en empresarios exitosos sin riesgo y un trabajo difícil de 12 horas al día. Y ni siquiera así podemos garantizarnos el éxito. Queremos tener un gran amor pero no lo construiremos sin diálogos largos y horas interminables abrazando el teléfono esperando una llamada. Es parte del juego amoroso. No ganamos si no jugamos.
El éxito no depende de la pregunta: «¿Qué quiero disfrutar?» sino de la pregunta «¿Qué dolor estoy dispuesto a soportar para realizar mis objetivos?». La calidad de la vida se determina no con una experiencia positiva sino con experiencias negativas. Así de sencillo.
Si de pronto entiendes que tienes años soñando sobre algo pero que no te has aproximado a tu sueño ni a un paso más, tal vez te mientas a ti mismo. Tal vez simplemente disfrutes del sueño en sí. Y en realidad no lo quieres.
A veces le pregunto a la gente: «¿Qué dolor eliges para ti?», y la gente me mira como si tuviera 12 narices en la cara. Pero lo pregunto porque esto me dirá de ti mucho más que tus deseos y fantasías.
Esta pregunta te convierte en ti mismo. Esta pregunta nos une y a la vez nos separa uno del otro.
La mayor parte de mi vida soñé con ser una estrella de rock. En cuanto escuchaba una canción movida cerraba los ojos y me imaginaba arriba de un escenario frente a una multitud enloquecida. Podía estar horas soñando.
Seguí soñando en la universidad, incluso después de haber dejado la escuela de música y cuando dejé de tocar. Pero en aquel entonces solo pensaba en cómo estaría tocando arriba de un escenario, no cuándo. Estaba esperando un momento adecuado para empezar: primero tenía que terminar la escuela, luego ganar dinero, después encontrar tiempo y luego... luego nada.
Me tomó mucho tiempo y muchas reflexiones atormentadoras para entender el motivo del fracaso: en realidad no lo quería.
Adoraba a mi imaginario sobre un escenario. Pero odiaba el proceso en sí. No me gustaba tocar. Por eso lo dejaba cada vez que volvía a empezar. Para ser honestos, ni siquiera me esforzaba, solo lo hacía por hacerlo.
Ensayos diarios y agotadores, la búsqueda de una agrupación musical, cómo atraer a la gente a los conciertos, amplificadores rotos, cargar el equipo pesado... ¡Es un montón de trabajo! Y no quería echármelo encima. Simplemente me gustaba imaginarme en la cima.
La sociedad diría que soy un perezoso y fracasado. Un coach personal, que no fui lo suficientemente valiente y que no creía en mí mismo. Otros dirán que me acobardé y preferí una estabilidad. Y yo digo que creía que quería ser una estrella de rock, y al final no hice nada. Es todo, fin de la historia.
Quería una recompensa, no una lucha. Quería resultado, y no proceso. No me gustaba la batalla, solo la victoria. En la vida así no funciona. Lo que eres se define por los valores y sueños por los que estás dispuesto a luchar.
Aquellos a los que les encanta sudar en las máquinas de ejercicio, se ganan un hermoso y fuerte cuerpo. Aquellos que les gusta trabajar 12 horas al día, suben en la escalera profesional. Aquellos que les encanta la vida de un genio no reconocido, se vuelven, por ejemplo, artistas.
No es un llamado para ser fuerte y valiente. No es una advertencia tipo «sin dolor no hay ganancia».
Es la broma más sencilla de la vida: nuestro éxito depende de nuestra lucha. Así que elige tu propia lucha con inteligencia, amigo.

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