Aitor 🐝 Díez Fernández en Médicos y Profesiones Sanitarias, Comerciales y Vendedores, Administrativos Delegado Comercial • Osteógenos 12/10/2016 · 3 min de lectura · 2,5K

Emociones ¿aliadas o lastres pesados?

Emociones ¿aliadas o lastres pesados?

Las emociones no son ni buenas ni malas, son neutras. Algunas nos provocan sensaciones agradables y otras desagradables. Con algunas nos sentimos muy mal y con otras en cambio, nos sentimos como en el cielo, pero la emoción en si es neutra. Las clasificamos en buenas y malas porque comprendemos el mundo utilizando opuestos lo que nos lleva a las comparaciones.

Las emociones pueden ser muy buenas aliadas, tienen mucho que decirnos, pero cuando no sabemos gestionarlas pueden acumularse en nuestro interior y es entonces cuando las sentimos como un lastre pesado.

Las emociones vienen de serie en el ser humano. Son necesarias para la supervivencia, como buenos animales que somos. Si viviéramos en la selva, el miedo nos avisaría de que hay algún peligro cerca y que debemos prepararnos para huir o atacar. Nuestro cerebro se desconectaría (de eso se encarga la amígdala) y se centraría únicamente en la situación de peligro. A nuestro alrededor no veríamos ni escucharíamos nada más, tan solo el peligro, con el objetivo de estar preparados para salir corriendo o atacar.

Como ya no vivimos en la selva, entre leones y rodeados de peligros, parece que las emociones han perdido utilidad y que solo nos sirven para molestar. Bien, pues no es así. Las emociones nos siguen siendo muy útiles en algunas situaciones, tan sólo necesitamos aprender a distinguir esas situaciones. Por ejemplo: “Cuando estas parada en un paso de cebra con tu hijo, y de repente éste se decide a cruzar y salir corriendo, y tu le agarras del brazo no sabes ni cómo y lo echas hacia atrás. No sabes ni cómo pero has reaccionado rapidísimo. Ha sido tu “amígdala cerebral” que ha anulado el resto de sentidos y ha mandado la orden de “actuar” rápidamente. Si hubieses observado tu cuerpo, habrías notados la tensión, tus músculos fuertes para agarrar al niño y la atención la tendrías concentrada en los coches que circulaban por la calle y que el niño no cruzara.

Una vez pasado el susto te quedas como si te hubieran dado una paliza y con el estómago revuelto ¿Es así? Has gastado muchísima energía en 5 segundos y has pasado un miedo tremendo, solo que lo notas después porque lo más importante era “salvar a tu hijo”.

A veces este patrón de “alarma” se nos activa por interpretar que estamos ante un peligro, un peligro que no es real y que no puede hacernos ningún daño pero nuestra mente ha interpretado que es una auténtica amenaza (por ejemplo en un atasco de tráfico). De este modo nos pasamos la vida desencadenando reacciones para la superviviencia (como todo lo que ocurre cuando quer