Angel Aguado López en Ingenieros y Técnicos, Estudiantes y Universitarios, Profesores y educadores Redactor y fotógrafo • Periodismo 5/6/2018 · 3 min de lectura · 7,4K

Café Barbieri

                                               Café Barbieri

                                                              Ángel Aguado López. Todas las fotos de Terry Mangino

                                                                                  (Viene de Una de rabo de toro)

                         [Nota del autor: El contenido íntegro de este cuento se publica en CUADERNOS DEL MATEMÁTICO,  nº especial 56 a 58, que acaba de reaparecer tras dos años de orfandad sufrida por la grey literaria. La actual propiedad del Café Barbieri no sabía que Mario Vargas Llosa escribió algunas partes de “Travesuras de la niña Mala” (2006) ahí. Bueno, tampoco sabía quién es Ian Gibson.]


 

—Ian Gibson es otro más en el barrio, el español de Dublín. A veces viene con Lorca, a veces con don Antonio Machado, a veces con Dalí, a veces con Buñuel. Se ve a la legua que es un tío con mundo. Por eso hay un montón de críticos literarios que no le soportan, envidia cochina, que un guiri irlandés, medio español de hace un rato, le mente a un menda de toda la vida la historia de España, pues no… Eso de cartearse con Galdós… sí, ya sabes, cuando la berlina de Prim. Por qué me miras así…

      Julieta no entiende nada, no entiende cómo puede un escritor cartearse con personajes desaparecidos hace cien, ochenta, cuarenta años. Piensa que Simón se aprovecha de su desconocimiento de la actualidad española. Y en su mirada de estupor se mezclan la necesidad de saber y el deseo por el hombre que le susurra las palabras con ese acento fino y cheli que la confunde y la seduce.


           —Y en esa mesa de ahí les daban las diez y las once, las doce, la una, las dos y las tres a Ángel González y a Sabina. Sé que no lo soñé, yo los veía, escribían sonetos, bebían chatos de vino, hablaban de la vida, o del paso del tiempo, o sobre los sueños rotos. El Sabina está ya muy cascao, mucha nieve. Eran una buena pareja de golfos.

     El pianista se sube al escenario y comienza a apretar las teclas. Se parece a Aznavour, quizás para que no le disparen. Suena la música. Bares, qué lugares tan gratos para conversar, no hay como el sabor del amor en un bar. Amiguetes y novietas se frotan los morros garbeando sus palmitos pintureros. Hay cuatro rosas en tu honor dentro del vaso que te doy, dice el Uly mientras toca el saxo una vez más, la gente atónita escuchándole. Julieta quisiera apretarse en los labios de Simón.

      —Y por aquí también venía Francis Bacon, otro nacido en Dublín. Él y Vargas Llosa eran vecinos, ¿sabes? Un personaje tragicómico y un artista fascinante. Sus weekend madrileños, olor a letrina y a pachuli. Madrid, su Sodoma. Las pinturas negras de Goya que veía en el Prado, en privado, acompañado del director del museo, un honor reservado para muy pocos. Los monstruos de la Quinta del Sordo, negros como su vida, como la noche negra en la que murió, muy cerca de aquí. Bacon es en sí mismo una pintura negra.

      La fauna que puebla el Barbieri fascina a Julieta. Personajes sacados del desván de la inconsciencia o de una borrachera de prozac, pintores que nunca han vendido un cuadro, calvos barbudos, ciclistas disfrazados de Ermenegildo Zegna, poetas de los que nadie leyó un verso, músicos que sólo cantan cuando se afeitan. Dos muchachas se besan en un rincón ante la indiferencia general. Toma mi vaso y bebe de él, las cuatro rosas que te doy…

     —En Lavapiés nadie sabía quién era Bacon y eso le permitía pasearse de la mano de sus amantes sin el acoso que sufría en Londres. Aquí a los gays nadie les presta mucha atención. Bacon era un masoca. Aún corren leyendas de las palizas que le daban los chaperos en los urinarios de la estación de Atocha. Dicen que le breaban a palos, que era así como se corría, que necesitaba que le pegasen, que terminó varias veces en las urgencias de la Ruber, que más de una vez tuvo que asistirle el cónsul de Gran Bretaña…

Continúa en la página 13 de CUADERNOS DEL MATEMÁTICO, Nº 56, 57 Y 58

     Pedro Puig Adam (1900-1960) fue matemático, ingeniero y profesor, discípulo de Julio Rey Pastor (matemático luminoso, ligado a la Junta de Ampliación de Estudios, exiliado en Buenos Aires) y una de las mentes preclaras que tuvo este país. Su ciencia y su ingenio inmensos no fueron aprovechados o no se correspondieron con el raquítico y ramplón panorama científico en el que quedó sepultada España tras la belicosidad caudillista.  

 

       Puig Adam y Rey Pastor redactaron libros para la enseñanza de los números en el bachillerato. El de la fotografía superior se escribió en 1926, aunque la re-edición corresponde a 1956. Ese ejemplar se cosiguió recientemente en la Cuesta de Moyano por 5€, una joya bibliográfica. Desde los 80, un instituto de Getafe de Enseñanza Media lleva su nombre.

    Y desde hace ahora treinta años, un grupo de aguerridos profesores edita una revista literaria contra viento y marea, más bien contra tempestades y maremotos. Ezequiel Blanco es el coordinador-activista-director de Cuadernos del Matemático, que así se llama la revista. Es la decana de la prensa literaria española. En ella han aparecido las letras de muchos de los grandes nombres de la literatura, las fotos de grandes fotógrafos, los dibujos de grandes artistas, el pensamiento de grandes filósofos. Pero los recortes y el desinterés oficial por la cultura han llevado a Cuadernos del Matemático al borde de la extinción. Aún quedan posibilidades de supervivencia, aunque la cosa está más complicada que lo del lince.

     En mayo de 2018 ha salido un triple número, quizás el último. Para evitar su desaparición hacen un llamamiento para que todos aquellos que amen la literatura, el pensamiento, el arte, las letras… haga una donación y CUADERNOS pueda mantenerse a flote, un faro en la negritud cultural del país.

     Esta es la cuenta que admite donaciones, incluso de 20€:  ES92 3067 0163 1828 1628 0024 a nombre de la “Asociación Amigos de El Matemático

                                         Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Nacional, Madrid, 9 de octubre de 2012