Angel Aguado López en Ingenieros y Técnicos, Estudiantes y Universitarios, Profesores y educadores Redactor y fotógrafo • Periodismo 10/1/2018 · 2 min de lectura · 5,4K

El bulevar de los libros rotos

                                                                         Ángel Aguado López (Texto y fotos)


    A don Francisco y don Vicente, no necesariamente en ese orden, que están en el cielo de los libros santos, o canallas.

     El bulevar de los libros rotos     

      El tibio sol de enero ilumina las casetas de la Cuesta de Moyano. El panteón de libros ilustres, quizás plebeyos arrinconados en montones que nadie leerá. Mi amigo Emilio encontró un ejemplar del PASCUAL DUARTE dedicado a Germán Sánchez R… Se lo regaló a Luis Alberto de C… que fue a Cela y le dijo: Ahora me lo dedicas a mí. Y el lado humano o mortal de don Camilo se lo dedicó también a Luis Alberto: “De Camilo José a Luis Alberto, amigos para siempre”. O algo así, vaya usté a saber, porque los escritores son unos cuentistas y todos mienten, los libros no. Los libros usados, o de viejo, o de lance.


Encuentro entre un montón ASÍ FUE LA DEFENSA DE MADRID, del general Vicente Rojo. Don Vicente era un romántico y enamorado de la escritura, o de la verdad. El libro lo escribió en 1962. ¿Por qué volvió el general Rojo a España? Quizás por honor, porque luchó por lealtad al poder legítimo, porque era fiel a sí mismo, o porque seguía enamorado de su mujer y se lo debía, le debía a ella, doña Teresa Fernández, que paseara por el Retiro de su brazo, o que rezara en la basílica de Atocha, nadie lo sabe. Don Vicente era católico, siempre fiel a sus ideas y a la ley. Le acusaron de desafecto.

     —Estaba todo pactado, cadena perpetua y absolución —dice el librero que me vende el libro, Asociación de Libreros de Lance,15€—, como lo de Fujimori.

     —No —le respondo—, Fujimori es un asesino y el general Rojo luchó contra los que asesinaban España, algunos eran sus amigos, sus compañeros de armas. Él era brillante. El comandantín no. El Cerillita era un mediocre y un asesino que nunca le perdonó a Rojo que fuera mejor militar.

     El libro de Rojo que compro es una edición limitada a 2000 ejemplares, de 2006, inmaculado. Nadie ha hollado su interior. El mío es el nº 2. Como Vicente Rojo, que fue el número 2 de su promoción. “A la anónima mujer española, abnegada, heroica, ejemplar entre todos los horrores, la angustia y la desesperanza. Porque a cada hora de la batalla de Madrid, no hubo virtud de que no diera ejemplo” escribe el general Rojo como dedicatoria e introducción en su libro. ¡Olé!

      —Y de Azaña, ¿tiene EL JARDÍN DE LOS FRAILES? —pregunta un lector que podría ser León Felipe.

      —Tengo que buscarlo entre miles de libros rotos —responde el librero.

     IBA YO A COMPRAR EL PAN, una edición de… ¡1976! Pero, ¡si ni siquiera estaba legalizado el PCE!

     —¿Y eso qué es? —pregunta un joven treintañero.

     —Eso, ahora no es nada, quizás nunca lo fuera —responde el librero.


    

En la portada del libro –SEDMAY Ediciones, 2 €–, luce don Francisco Umbral abrigo negro y gafotas negras de pasta, dandi, histriónico, exquisito, distante, genial. Francisquito gafotas. Y un pan debajo del brazo como un proletario impostado, melena grasa y mirada al frente. ¿A quién le interesa ahora Umbral? El retablo de una época poblada de santos, o demonios: san Tierno Galván, san Carrillo, san López Aranguren, san Tamames, san López Rodó, santa Bárbara Rey, santa Nadiuska, santa Victoria Vera, santa Carmen Díez de Rivera, san Adolfo Suárez, san Marcelino Camacho, san Escrivá de Balaguer —este sí consiguió el certificado—, san Isidoro de Sevilla, san Torcuato Fernández Miranda, san… Antropología, historia antigua. El libro está dedicado a… sí, ¡qué ternura, qué inocencia, qué traición!: Juan Luis Cebrián. Del amor al odio.


   

La Cuesta de Moyano. El bulevar de los libros rotos, esperando la voz del lector, Lázaro que le diga levántate y anda conmigo, que te lea.