Carmen Yébenes Benítez en beBee en Español, Redactores, Periodistas Comercial de Zona Sur de Valencia 4/12/2017 · 15 min de lectura · +400

Las Carnes del Tiempo: capítulo 10.

(CONTINUACIÓN DE “Howard Fast: de comunista a multimillonario”)

Las Carnes del Tiempo: capítulo 10.

Capítulo 10: “Mata Hari, ¿fuga o ejecución?”

— ¿Nadie reclamó su cuerpo? —le espetó Ruth al embajador francés.
— Absolutamente nadie. —contestó él con una mueca algo sonriente.

Tanto Ruth como yo estábamos estupefactas. Ruth me acompañó, aquel extremadamente caluroso día de noviembre, a conocer algunos datos de Mata Hari. Fuimos a Madrid, en un viaje de ida y vuelta, previo a al transviaje que debía hacer para realizar el artículo que me llevaba persiguiendo unos cuantos años. Quería escribir sobre Mata Hari y no solo por su morbosa fama, sino por todo lo que, en realidad, sabía ya de ella.

Le di un pequeño pellizco en la cintura, por detrás, para que no hiciese más preguntas. Ya le había advertido en el coche, pero no me hizo caso. Sin duda, porque su pasión por su idealizada imagen de Mata Hari era demasiado grande como para escuchar que la habían dejado abandonada (o casi) en el mismo día de su ejecución.

Ruth había visto esas dos fotos con anterioridad: en una, estaba aquella mujer atada a un palo preparada para que la ejecutasen; en la otra, aún colgando de ese mismo palo pero tras su fusilamiento. Sí: esa mujer era la viva estampa de Mata Hari y tenía una expresión que combinaba perfectamente la dignidad más supina con el miedo más atroz, la rabia más enfrentada al sometimiento.

La joven Margaretha Geertruida Zelle tenía un diminutivo: Grietje. De niña, tenía una vida feliz, junto a sus padres. Su padre, Adam Zelle (el Barón, como le apodaron), era un especulador importante que ganaba mucho dinero con diferentes actividades comerciales: tanto comerciaba con bolsos y sombreros (en una sociedad colonial holandesa muy pudiente, durante la Belle Époque) como conseguía contratos petroleros en Java o perdía su capital entero en la bolsa. Ahí acabó la felicidad familiar. Antje Van der Meulen, su madre (una dama burguesa de fama respetable) consiguió el divorcio el 4 de septiembre de 1890.

Grietje, tras ese varapalo, se quedó bajo el cargo del padre (y no me interesaba bastante saber el porqué, así que no hice un transviaje a esa época para averiguarlo; pero, parece ser que se debió al carácter coqueto y exhibicionista de la pequeña). Sus tres hermanos menores se quedaron con su madre. Sin embargo, se reunirían pasado un breve periodo de tiempo. Tras morir la madre, el padre (con el beneplácito del resto de la familia) decidió ingresarlos a todos en la Escuela Normal de Institutrices de Leyden (a dos horas de Leeuwarden, donde habían residido siempre y la que será, en 2018, la Capital Europea de la Cutura; entre Amsterdam y La Haya).

Durante su etapa de ingreso, Grietje ya comentaba cuánto fantaseaba con destacar, con brillar y diferenciarse del resto de chicas. Era una adolescente precoz, interesada en el mundo del sexo. Quizá por ello fue seducida por el director del internado, Wibrandus Haanstra. O quizá fue lo contrario: quizá ella le sedujo a él. El caso es que hubo actos que lo pusieron en evidencia y fue algo sabido en el centro, cosa que menoscabó la fama de la joven, la cual decidió responder a un anuncio en el periódico en el que el capitán Rudolf John MacLeod, un militar que le llevaba más de 20 años, solicitaba mujer para casarse: "Oficial destinado en las Indias Orientales holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales". Ella se quedó prendada de aquel militar. En la primera cita, él apareció con todo el porte de lo que destacaba en su presentación. Y se casaron a los 4 meses, cuando ella contaba con tan solo 18 años. Antes del matrimonio, Gretta también jugó a seducirle y se le insinuó para consumar relaciones sexuales (cosa que MacLeod agradeció enormemente, por supuesto). Se acabó yendo antes de conseguir su titulación de maestra.

Rudolf debía volver a Java (en las Indias Orientales holandesas) y regresó con Margaretha. Allí comenzaría el calvario: él la maltrataría y ella, sin poder encontrar refugio entre las mujeres de los demás militares (que le hacían el vacío), se evadiría.

Esto generaría la primera razón (el argumento de mi futuro artículo) por la que debería visitar a la supuesta Mata Hari fusilada. Debía constatar un detalle para conseguir el dato necesario y vinculante para confirmar si era o no aquella supuesta mujer. Se comentaba, en algunas fuentes, que a Mata Hari le faltaba un pezón (que se lo había arrancado de un mordisco su propio marido). Pero, por ahora, sigo con su matrimonio...

Margaretha y Rudolf tuvieron dos hijos: Norman-John y Louise Jeanne. Sin embargo, Grietje no se ocupaba demasiado de ellos: por el contrario, tenía una criada que era la que lo hacía, mientras ella disfrutaba de holgazanear conociendo espectáculos locales y danzas nativas. Rudolf no estaba conforme con esta actitud y reaccionaba muy duro con ella. Comenzaban a odiarse. El odio acabó de fraguarse cuando Norman fue envenenado por la criada. Ésta era nativa y conocía los venenos que, por aquella época, se utilizaban para matar en aquella zona (algo habitual, como el ácido en la India lo sería con posterioridad). Fue en la costa oriental de Sumatra (otro de los destinos donde residieron). Allí, cuando llevaban sólo un mes, Rudolf había encarcelado al esposo de la criada y ésta había decidido matarlos a todos. En su frustrado intento, consiguió matar solo al adorado niño, predilecto del padre, “el pequeño” (como lo solía llamar).

Regresaron a Holanda, tras largas discusiones y mucho sufrimiento. Margaretha tenía un pesar insuperable. No quería perder a su hija e hizo todo lo posible por mantenerla con ella, pero su marido hizo todo lo posible para que no fuese así y, finalmente, se la quedó (ayudado por su hermana, con la que se había estado carteando y expresando cuánto odiaba a su mujer).

Este destino insufrible fue lo que consiguió la transformación: Grietje decidió irse a París, inventándose un personaje que llevaría a los escenarios. Sabía que lo conseguiría: esa huída sería la única manera de sobrevivir al desatino. Las danzas brahmánicas (o algo poco parecido) fueron lo que utilizaría para desarrollar al Sol, al Ojo del Día (lo que significa “Mata Hari” en malayo). Nunca más sería ni Margaretha, ni Gretta, ni Grietje ni Zelle… o nunca más querría serlo. Solo en su pasaporte, el cual, por cierto, utilizaría bastante.

Otra de las cosas que me generaba curiosidad era, a propósito de sus viajes, cuántos idiomas hablaba: yo podía sospechar (por las personas con las que se había relacionado), que serían tres: el Francés y el Holandés (con las variaciones de la zona frisona donde nació), además del Alemán (algo habitual entre los holandeses, ya por entonces). También, quizá, hablaría algo de Inglés.

Cuando llegó a París, comenzó a ganarse la vida dando clases de Alemán y de piano. Pero le resultó más goloso y fructífero posar como modelo y hacer de dama de compañía. Esto, además de pagarle mejor que las clases, la condujo a conocer a las personas que le ayudarían a iniciar su carrera de “bailarina”. Su primer actuación fue en el Museo de Arte Oriental de París, de la mano de uno de sus grandes coleccionistas, Monsieur Guimet. Por supuesto que era el sitio ideal para comenzar a lanzar su personaje oriental: Mata Hari. Procuró vestirse con ropas ligeras (conchas y velos), además de con ciertos brazaletes y diademas, dándose un aire oriental convincente y suficientemente erótico como para captar todas las miradas y desear saber más de ella. No faltó la oportunista que quiso aprovecharse de sus ligerezas: Madame Kireevsky, cantante que la ayudó a lanzarse a los teatros parisinos y así comenzó su larga historia de impostora, entre salones y grandes teatros.

Se puede considerar que no le costaba mentir por varias razones, pero sobre todo por dos: su desgarro familiar (ya desde niña y con su propia familia -algo que hizo que no creyese nunca más en esa entidad) y por su fantasía inagotable y su necesidad de disfrutar de una identidad que le ayudase a evadirse y a brillar entre el resto de las mujeres (algo que siempre había deseado).

No tenía miramientos: en cuanto pudo, se convirtió en la amante de casi todos los que la deseaban y podían darle lujos y ayudarla a conquistar escenarios. Sus colegas bailarines no la veían como una buena profesional. Varios sabían que lo que ella interpretaba no se parecía ni tan siquiera a la danza más sencilla de las brahmánicas: ni se vestía como aquellas bailarinas, ni sabía mover las piernas ni los brazos como aquéllas. Lo que hacía era calentar al personal con unos movimientos lentos y representando que entraba en un cierto estado de trance, altamente erótico. Sobre todo para los oficiales, a los cuales ella les tenía devoción sexual. Como ella misma diría: "Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico" (y lo decía a sabiendas, porque llegaría a acostarse con ambos tipos de hombre, como queda claro revisando sus andanzas y como ella reconocería estando en la cárcel, mientras la grababan relatando su propia historia).

Mi primer transviaje estaba más que decidido: lo tenía todo para poder conseguir mi objetivo. De niña, mis padres me apuntaron a ballet y estudié el arte de la danza en varios lugares del mundo. También las danzas orientales. Me convertiría en parte de la compañía con la que, en ocasiones, trabajaba Mata Hari. El transtiempo que me colocaría había sido amigo de mis abuelos maternos y tenía mano dentro el mundo escénico parisino, era uno de los representantes más renombrados. Así que lo tuve fácil.

La conocí en el camerino. Hacía frío pero debíamos soportarlo (sobre todo ella). Yo la observaba y ella se percató. Al contrario de lo que yo esperaba, se me acercó con una cara amable. Sonreía. Por alguna razón yo le hacía gracia. Me dijo que le recordaba a alguien, a una niña. Su niña. La verdad es que no supe entender por qué, pues la había visto en alguna foto y no nos parecíamos en nada (a parte de por la edad).

“Me llamo Rebeca”, le dije. Me decidí por ponerme mi propio nombre. No sabía si ella lo identificaría con una nacionalidad o con una etnia o religión, pero sabía que le resultaría curioso, cuando menos. Y, a ella, lo curioso y lo exótico le apetecía. Sabía que, además, cabía la posibilidad de necesitar alguna cercanía entre las mujeres, con alguna que no la juzgase con la mirada. Yo no lo hacía. A pesar de conocer lo manipuladora y frívola que podía ser, también sabía lo mal que lo había pasado y, bajo mi punto de vista, se me aparecía como una superviviente que, en realidad, no deseaba más que un amor sincero. Esto lo sabía por Vladimir Maslov (Vadim, como ella lo llamaría), el oficial ruso que conocería en su futuro.

ㅡ Me encanta tu nombre. “Rebeca” ㅡme dijo. Lo pronunciaba con un acento divertido, como afrancesado pero no del todo.
ㅡ Gracias. ¿Cómo quieres que te llame a ti? ㅡle contesté.
ㅡ Llámame Mata Hari, si estamos con compañeras o en público. Pero echo algo de menos que alguien me llame Gretta. ㅡtal como me lo decía, me extendía la mano.
Esto me indicaba que nos veríamos a solas.
ㅡ Bailas muy bien, Rebeca. Yo… no tanto. Pero, ¡me encanta! ¡Y a ellos también! Espero que no me juzgues. No soy ejemplar. Por cierto, si monto una compañía, te querré en ella.

Acto seguido, salió a bailar y a seducir a todos los presentes con algunas palabras, comentando la magia de la danza que ejecutaba. Su voz denotaba seguridad y sensualidad, ganas de comunicación y demanda de atención.

Mata Hari se dedicaba a urdir su propia fama. Quería, como siempre, que se hablase de ella. Y, en aquel tiempo, en París, se comenzó a hablar de la artista y de sus affaires. En el siglo XXI quizá no hubiese sido así, pero a principios del siglo XX ocurrió. Las mujeres no estaban cómodas con ese asunto y los hombres más precavidos pensaban que tendría la sífilis. El resto, solo pensaba en cómo ella iba pregonando que se sabía todas las posturas del Kamasutra. Es decir, el resto solo pensaba en ella y en el deseo de ser uno más en su cama.

Algo verdaderamente mágico de Mata Hari era su falta de pudor y su llamativa opción sexual: no se sometía a celos y quería probarlo todo con todo tipo de hombres, de todas las nacionalidades posibles. Esto, según me comentó una tarde, tomando un café antes de entrar al camerino, le hacía sentirse algo superior al género masculino, al que veía manipulable. Se lo había demostrado a sí misma en múltiples ocasiones. Para mí, así, era difícil advertirle de que esa percepción sería una de las causas de su perdición.

Por otra parte, no tardaron en proliferar sus imitadoras: bailarinas que pasaban a ser descocadas, incluso más que ella (que nunca enseñó sus pechos; de ahí mi necesidad de concretar si tenía realmente esa especial característica que me ayudaría en mi proyecto). A Mata Hari, sus imitadoras la irritaban. Pero, a diferencia de conmigo, con el público no reconoció jamás que fuesen buenas bailarinas. Decía que no tenían valor desde el punto de vista científico ni estético. Así de atrevida era. Los periódicos la solían entrevistar y ella solía mentirles, pensando que solo ella era sabedora de los cultos indonesios. Su tendencia era la de la subestimación más soberbia. Mentía respecto a su origen y respecto a los cultos y las danzas. Por aquellos entonces, muchos conocían cómo era aquella Indonesia de la que ella hablaba y la mayoría no la contradecían para escucharla y verla montar sus espectáculos que, al fin y al cabo, encontraban entretenidos. Podríamos decir que sus mentiras públicas aumentaban su caché (llegando a cobrar 15.000 francos por cada actuación, una cifra desorbitada) pero también la conducían a un problema aún imprevisible.

En poco tiempo, además de por los favores de sus amantes, gracias a ese sueldo contaba con un lujoso piso señorial en al calle Balzac (la rue Balzac), donde recibiría a sus amantes y a los periodistas que la aclamaban.

Habíamos actuado en teatros de varias ciudades europeas, consiguiendo un gran éxito. Me deleité bailando en un teatro madrileño: el Teatro Central Kursaal. Astruc, su mánager del momento, nos llevó a conquistar la Ópera de Mónaco (junto a la compañía de Jules Massenet y donde se hizo la amante del teniente Alfred Kiepert), luego a Viena… en fin: creo que no he disfrutado de la compañía de una compañera de trabajo y de mi propio estado físico tanto como lo disfruté en este tiempo que estuve viajando con ella.

Tras varios meses en su ensoñadora y experimentada compañía de danzas espirituales (inspiradas en varias figuras femeninas orientales, a lo Salomé, con escenarios llenos de telas y de imágenes hindús y brahmánicas), me alojó allí en su piso dos noches, justo antes de su regreso al castillo en el que vivía con Kiepert en Berlín. Me había convertido en su amiga de confianza y quiso darme instrucciones de cómo cuidar su hogar mientras ella estaba fuera del país. No sabía cuándo podría volver ni cómo sería su regreso, pero sabía que necesitaría disponer de su preciosa morada.

Kiepert hubo de abandonarla, bajo la amenaza de su familia de tomar medidas legales. Le dejó 300.000 marcos. Aún más adinerada, regresó Gretta a París. No perdió el tiempo y se hizo la amante del banquero Xavier Rousseau. Vivían a todo gas. La verdad es que sentía envidia: sus vestidos, sus gorros, sus joyas,... me tocaba la fibra más atávica, si es que así se le puede considerar.

Cuando regresó, para colmo, se pudo comprar, además del piso en el que yo residía, otro piso de ensueño en la rue Balzac de París, una casa de campo en la calle Windsor número 11 de París y una mansión en Turín a la que le puso el nombre de La Dorée.

Como en aquella época Mata Hari no bailaba con la compañía, sino que lo hacía sola allá por donde viajara, yo me quedé alojada en su piso y a lo único a lo que me dediqué fue a, de vez en cuando, regresar al 2014, a mi amada Valencia. Iba y venía, usando el fácil estilo de viaje que utilizamos los transviajes: cuatro palabras y vamos y venimos. Esto me facilitaba el poder comenzar a escribir el artículo directamente en mi portátil. Retomé el gusto por la calefacción y las duchas de mi piso valenciano y fui visitando a Ruth y a su madre para recibir su inestimable calor y mi sentido vital más certero.

Regresaba al 2014 porque era el año que me correspondía si quería investigar al día siguiente a Mata Hari. Cierto es que podría haber regresado al verdadero presente, al del 2017. En mis ires y venires por los tiempos y sus carnes, había conseguido algo que no era común entre los transtiempos: nosotros, en general, solo podemos acceder al día que se corresponde en el pasado con aquél que estamos viviendo en nuestro presente. Pero, aún no sabía bien por qué, al menos yo (no tenía noticias de que así fuese con otros/as) a menudo estaba consiguiendo traspasar esta limitación y me podía dirigir a cualquier fecha. No quería que se enterasen, aún, mis compañeros de la logia transtiempo (la Transia de Valencia) y, por lo tanto, tampoco podía averiguar si existían otros con esta capacidad.

En junio de 2014, Mata Hari, como siempre, seguía haciéndose fotos para retratar lo bien que vivía. Y me las mandaba desde Berlín (adonde había regresado para acordar un contrato con el Teatro Metropol). Yo seguía en su piso y, a pesar de su amabilidad interesada, me generaba, cada día más, una envidia que ya no me resultaba muy sana. Pero, claro, no la podía dejar ver. Como por una especie de pequeña venganza estúpida, un día me vestí con algunas de sus ropas y salí a la calle. Creo que algunos oficiales quisieron confundirme: ambas morenas, con el pelo abundante y bastante ondulado, ambas muy blancas… fue divertido y me relajé un poco.

Estando allí, le pasó algo que pintaba mal para las dos: se inició la guerra, la Primera Guerra Mundial. En Alemania, la policía comenzó a tratar muy mal a los extranjeros y, a pesar de ser holandesa, el jefe del banco le comunicó que como había vivido 10 años en Francia la consideraban francesa y no quiso devolverle ni sus joyas ni su dinero. Hubo de regresar a Holanda sin nada más que lo que llevaba puesto.

En Holanda, recuperó al Barón Van der Capellen (muy rico y casado). La acomodó en La Haya, en un apartamento de lujo (¿cómo no?). Varios de sus “amigos” holandeses quisieron unirla de nuevo con su hija, la cual rehusó.

Se sentía realmente fatal y decidió regresar a París. En, octubre de 1915, cuando ya había anunciado su regreso, el cónsul alemán en Amsterdam (y jefe del espionaje en su país), el Sr. Kraemer, se acercó a visitarla. Sabía que había pedido un pasaporte para ir a Francia. Le solicitó que, dado que se iba de nuevo a París, le hiciese “el favor” de tomar cualquier información francesa de interés. Sí: le iba a pagar, nada de favores. Le iba a pagar 20.000 francos franceses, iniciando el trato con un primer adelanto de 5.000. Ella los aceptó. Sabía que podrían hacerle falta. Kraemer confió en ella temporalmente y, además del adelanto, le dio tres líquidos distintos: uno mojaba el papel, otro escribía y otro borraba lo escrito.

Nuevamente, Gretta iba a subestimar la inteligencia de los hombres y, al llegar a París (pasado un año, en 1916), sólo le fue adelantando noticias que salían en la propia prensa parisina y eran vox populi. A pesar de ello, Kraemer le dio otros 5.000 francos en otra ocasión e incluso 3.500 pesetas cuando ella se las solicitó. Prefería tenerla de su lado, a pesar de saber que era una mujer fácil y que esto podía ser peligroso.

Para cuando llegó a París, en ese año 1916, yo ya llevaba casi dos años en el futuro. La guerra me había espantado. Ella no se dirigió a su antiguo entorno, “no pudo contar con él” sería la expresión. Su última actuación fue en La Haya, antes de regresar. Y, en París, como ex-cortesana la habían rechazado en los espectáculos y estaba siendo investigada desde que se instaló en el Gran Hotel Plaza de la Ópera, probablemente con el dinero que le pagaba Kraemer y con algunos extras que le daría Van der Capellen (siempre quiso seguir siendo su amante). Pero, no regresó a ninguna de sus estancias anteriores, las cuales ya no podía seguir pagando ni tampoco podía seguir manteniendo.

Dos detectives la seguían día y noche y escuchaban y leían todo lo que tuviese que ver con ella. En aquel París desolador, conoció al Capitán Vadim, el ruso que la enamoró perdidamente. O casi. A Vadim no le quería ser infiel, no por dinero (que solía ser su motivo). Cuando su querido oficial ruso comenzó a llevar un parche en el ojo, se sintió más cercano a los cuidado de Mata Hari y le pidió que se casase con él. Ella accedió.

Por aquellos entonces, ya conocía a Ladoux, el cual era el recibía los informes diarios que aquellos dos detectives iban emitiendo. La convocó en el 282 del Boulevard Saint-Germain. Por supuesto, no le dijo que la estaba investigando. Y no lo hacía porque supiese de Kraemer sino porque regresaba una cortesana a París y eso era algo a tener en cuenta en aquellos tiempos en los que la “espionitis” era una tendencia creciente entre artistas de todas las tendencias.
En aquella cita, Ladoux le dijo que si amaba a Francia, no le importaría hacer algunos trabajos para su nación, que sabía que ella debía ser muy cara, pero que lo pagaría.

Ella, ya queriendo casarse y con la voluntad de dejar de ser infiel, le pidió 1.000.000 de francos (una absoluta barbaridad). Tardó dos semanas en solicitárselos, con la total intención de darle empaque a su ostentosa solicitud. Éste aceptó y ella, inocente nuevamente (a pesar de su soberbia), le dijo que no le pagase nada hasta que le pudiese entregar la información que pedía. Pobre diabla: la verdad es que se quedó corta en miras, aun cuando lo que pretendía era conceder una seguridad económica y, por tanto, un sentido racional a la enorme cifra que le estaba requiriendo a Ladoux.

Ladoux no podía más que desconfiar de ella, en todo caso. Seguiría sus pasos continuamente. Ella, por su parte, loca por los oficiales (aunque fuesen pobres), deseaba a Vadim con locura: él era 14 años más joven que ella y confiaba en que esta oportunidad fuese la que la redimiría de un futuro infeliz.

El capitán le propuso dos rutas para llegar a Bruselas (donde estaban algunos de los altos mandos alemanes). Bélgica, ocupada por los éstos, tenía (en aquel momento) dos posibles vías desde París: un camino corto por Suiza y Alemania y otro largo, abordando en el Hollandia, el buque que partía desde Vigo y que pasaba por el Canal de La Mancha. Mata Hari escogió esta última ruta y partió hacia España, un país que le gustaba desde sus días de gloria.

El viaje no fue nada especial, por lo que en 6 días llegaban a Falmouth, donde policías y soldados abordaron el barco y la llevaron a la Jefatura Central de la Policía Londinense. La habían confundido con una espía alemana Clara Benedix. La liberaron y le prohibieron continuar la ruta, a pesar de ser la mujer más célebre del barco (según el capitán del propio navío, el cual se había hecho ya varias fotos con ella). Debía regresar a España.

Llegada a Madrid, se instaló en el Hotel Ritz y solicitó ese adelanto de 3.500 pesetas de Kraemer. Escribió a Ladoux para notificarle sobre el cambio en el viaje y sobre todo lo que había acontecido.

En ese año, Alfonso XIII tenía muy claro lo que ocurría en nuestro país: la alta espesura de espionitis estaba casi tan censada como la elevada población alemana en Vigo y otras ciudades porteñas. Fueron sonados algunos casos de espías españoles y extranjeros hospedados en nuestro país. Curiosamente, muchos se reunían en cafeterías de alto estilo burgués de Barcelona y Madrid (algo poco discreto, claro está). De ahí que considerasen a muchos espías poco profesionales, fruto de la tendencia de esa… espionitis. Algunos de ellos, serían utilizados como cabezas de turco. Mata Hari sería una. No la ayudaron los celos de la reconocidísima cupletista Raquel Meller, que hizo lo posible por perjudicarla cuando supo que su marido se le había insinuado (a pesar de haberle rechazado).

Lo cierto es que se sucedieron una serie de circunstancias de un modo precipitadamente rápido: Mata Hari, tras hospedarse en el Ritz, tiró de la Guía Oficial de España, el directorio diplomático del hotel, para poder contactar con la embajada alemana. Dió con el agregado militar Von Kalle, su perdición. Ella le intentó seducir desde una primera visita, pero él (a pesar de darle indicios de atracción) se excusó por cansancio. Mata Hari había estado coqueteando con él, usando sus artimañas (moviendo sus pies cerca de él, y posando sus manos con elegancia, además de mirándole con cierta frialdad para que no pensase que babeaba) y se sentía segura de que le tenía embaucado.

Al poco, por asistir a una fiesta diplomática, coincidió con el agregado militar francés Denvinges. Tanto a él como a Ladoux les pregonó que podría hacer lo que quisiera de Von Kalle. Éste, con un cargo bien merecido, era desconfiado y muy largo.

Cuando Denvinges le solicitó que fuese a por Von Kalle, ésta lo hizo presta. Presumida, se chocó con un Von Kalle algo interesado en darle informaciones. Pero, ella, creída como era, se pensó que era por su buen hacer como espía. Ni se olió que Von Kalle iba a derramar sobre ella una serie de argucias que la derrotarían.

En aquel momento, los servicios de contraespionaje eran bastante infalibles, tanto los franceses (que interceptaban mediante la Torre Eiffel casi todos los telegramas alemanes) como los propios alemanes (que conocían casi todas las claves de los mensajes cifrados de los franceses). Sabían interceptar los mensajes encriptados que se enviaban “secretamente”. Y muchas veces, sospechando que eso podía ser así en el bando contrario, emitían mensajes falsos para poner a prueba a los espías del otro bando.

De manera que Von Kalle la puso a prueba: le cedió informaciones que bien sabía que los franceses ya conocían. Y ella, a su vez, se las envió a Ladoux en un telegrama que interceptaron los alemanes. Una vez sabido esto por parte de Von Kalle, éste decidió enfurruñarse en la siguiente visita que recibió de Mata Hari: decidió no solo que la delataría, sino que la haría sospechar que lo iba a hacer diciéndole, en esa última visita, que sería muy peligroso que ella utilizase cualquier información que le diese. Se lo dijo con una comunicación verbal severa y no verbal inquietante. Mata Hari lo temía, pero no podía creerse que le fuese a fallar. Subestimaba a los hombres… siempre. Ineludiblemente, sin pensar, si quiera, en el cargo que ocupaban.

Ladoux, a su vez, el cual ya tenía varias informaciones previas que le iban dando indicios de una posible identidad numérica de Mata Hari (la H 21, otorgada por el embajador alemán en Amsterdam tras pagarle los primeros 5.000 francos), cuando interceptó el mensaje que envió Von Kalle para delatar a Mata Hari, como si fuese espía alemana, quedó del todo convencido de que, efectivamente, Mata Hari era la H 21: una espía alemana de largo recorrido que había estado engañándole.

A Ladoux, en realidad, algunos asuntos le chirriaban: que los alemanes, una vez detenida, enviasen un mensaje a Von Kalle para que éste confirmase que H 21 había comprobado que la tinta simpática funcionaba, era algo que no comprendía. Que pudiesen haber emitido el mensaje en un sistema menos seguro, también. Pero, fuese una artimaña alemana (en venganza del descubrimiento de un espía francés -como ellos mismos hacían con los alemanes) o fuese cierto, le venía perfecto: los soldados franceses, que morían por miles diariamente, estaban desesperados y desconfiaban de sus altos mandos. Que se pudiese declarar que iban a condenar a un espía alemán era algo que les daba motivos para una propaganda interna muy necesaria para elevar los ánimos de los más desgraciados.

Ladoux escribió al capitán Bouchardon y éste, en pocos días, detuvo en París a Mata Hari, la cual había caído en una trampa: decidió ir a París a recoger un pago. Bouchardon sabía, por los mensajes encriptados, que si lo hacía, se correspondía con lo que los alemanes habían comunicado de manera fácilmente desencriptable.

Mata Hari tuvo una oportunidad de librarse de este destino: de haber aceptado la invitación del senador catalán de la Unión Federal Nacionalista Republicana, Emilio Junoy, con el que había entablado amistad (así como con Jules Cambon, quizá sus dos verdaderos amigos, los cuales la trataron sin ánimos de usarla), ésta la rechazó. Consideraba que debía ir a Francia y, cuando descubrió que la iban a detener, nadie allí la apoyó.

En su confesión, mientras la grababan (pues la grabaron en varias ocasiones), Mata Hari, que había evitado hablar de sus relaciones con Kraemer y con Von Kalle (las cuales consideraba insignificantes y por las que no se consideró espía jamás, pues nunca cedió ninguna información de interés real para los de ese bando), cometió dos grandes errores. Ya llevaba dos meses en la cárcel, en la celda 12 de la Saint-Lazare, y el juez de instrucción (el mismo capitán Bouchardon) la acabó de presionar.

Se había lamentado en numerosas ocasiones: sor Leonide la cuidaba bien, pero no era más que otra presa, con las mismas condiciones que las demás, horrorizada por la inmundicia, la soledad y la degradación más horripilantes. Consideraba que no merecía, por ser quien era, aquellas terribles condiciones.

Cuando le escribió a Bouchardon que se sentía débil, que tuviesen piedad (le escribía dos veces al día), éste aceptó grabarla de nuevo. Mata Hari había estado insistiendo en que no sabía nada de los alemanes. Y, claro, él había constatado que no era cierto. Viendo que quizá era el momento, el juez Bouchardon la citó para grabarla, pero, en esta ocasión, le indicó que tenía evidencias sobre sus actividades como H 21, que sabía que trabajaba para la Oficina Central de Información de Colonia (Kraemer), que pretendía viajar a Bélgica por la oferta de Ladoux (lo que falsamente ‘chivó’ Von Kalle y fue interceptado), etc. Y Mata Hari, insuficiente bajo la presión e incapaz de funcionar bajo los esquemas de un verdadero espía experimentado, se derrumbó y fue ahí donde cometió esos dos grandísimos errores: indicó que no había dicho nada por vergüenza de revelar que había aceptado esos pagos insignificantes y que declararía todo lo que deseaban saber.

Tuvo un abogado, Eduard Clunet (ex-amante de la bailarina, un hombre de 75 años que no la quiso dejar sola pero que no fue muy avispado en su defensa). Durante esos dos meses, para ella, fue un refugio. Fue él el que iba pidiendo su libertad provisional: lo hacía porque, hasta que no pasaron esos dos meses y Bouchardon decidió presionarla con lo que sabían, no habían soltado evidencias de las pruebas de que disponían. Pero, Bouchardon, amo y señor de la cárcel de la potestad de Mata Hari, jamás cedió a esa libertad provisional.

Tras aquel desafortunado derrumbamiento de Mata Hari, Clunet sabía que no tenía nada que defender.

Bouchardon y un tribunal de siete jueces militares la interrogaron con mucha intensidad y preguntas cerradas. El fiscal, el capitán Mornet, solicitó que la interrogasen en privado, en un juicio sumarísimo (bajo la excusa de no querer perjudicar la imagen histórica de Mata Hari -si bien fue para no presentar pruebas que delatasen, como punto de interceptación de mensajes, a la magnífica Torre Eiffel).

Denvinges: el agregado francés en Madrid, mayor, cojo y “falso enamoradizo” que la atendió tras ella comentarle que podía hacer lo que le placiese con Von Kalle, fue su peor enemigo en el juicio al negar haberla animado a volver a visitar al alemán. Jules Cambon, resultó su mejor aliado, pues dijo que ésta nunca le había hablado de temas de guerra. Respetados padres de familia fueron los principales testigos y, por supuestísimo, no quisieron desvelar ninguna relación comprometida. Maslov, su amado Vadim (al que hubiese defendido hasta su final), la traicionó: aterrorizado por seguir su destino, declaró mediante una carta que su relación no había tenido importancia. Esto la acabó de derrotar: en su celda, escribió que el hombre -en general- era cobarde y que ella se defendería o moriría con dignidad, sonriendo.

El Presidente del Consejo de Ministros Holandés, Van der Linden (su ex-amante, también), a última hora hizo una gestión oficial para liberarla y poder conseguir su indulto. A esta, se unió el príncipe consorte sin conseguir el apoyo de la reina Guillermina. Pero procedieron demasiado tarde porque el tribunal ya había determinado el día y lugar de la ejecución: en el polígono de Vincennes, cerca de París; el 15 de octubre de 1917. Mata Hari tenía 41 años de edad.

Finalmente, no me hizo falta comprobar si tenía aquel pezón arrancado o no lo tenía. Era ella, sin lugar a dudas.
Clunet, con quién yo había entablado amistad presentándome como parte de la compañía de Mata hari, me contó que, para llevarla a Vincennes, entraron en la celda 12 a primera hora de la mañana: el juez Bouchardon, el fiscal Mornet, el secretario judicial, un sacerdote, y tres médicos (además de él mismo). Ella, altanera, se dirigió a sus compañeras presas para decirles: «¿Habéis visto? Se pensaban que iba a llorar y pedir piedad… ¡Qué bien he dormido! En otra ocasión, no les habría perdonado que me despertasen tan temprano. ¿De dónde sale la mala costumbre de ejecutar a los condenados al amanecer? En la India no lo hacen así. Allí la muerte es una ceremonia festiva que se celebra a pleno día ante una muchedumbre que se adorna con flores».

Cuando el secretario judicial le preguntó si tenía algo que declarar, ella le respondió que no, que era inocente y que, de haberlo tenido, tampoco se lo hubiese dicho.

Para acabar de sentenciarse, siempre gracias a su arrogancia, tuvo la mala idea de no acogerse al último capote que le echó su abogado defensor: Clunet se acercó al oído de Bouchardon para decirle que la rea estaba embarazada (lo que hubiese anulado la sentencia). Éste se lo preguntó y ella contestó, borde como pocas: «¿Quién ha sido el imbécil que lo ha dicho?». Gloriosa idiota, la pobre Mata Hari.

Así llegó a su palo, a aquel palo de la foto que le mostré a Ruth y que nos llevó a preguntarle al embajador francés, en Madrid, si nadie había reclamado su cuerpo.

Una vez atada, se despidió de sor Leonide. No quiso que le tapasen los ojos. Quizá pensó que alguno de los jovencísimos soldados que debían dispararle sentiría pena y la salvaría (a saber cómo). Les lanzó un beso mientras les miraba de frente, altiva.

Bouchardon, se giró tras su ejecución y regresó al coche sin dejar ver en su rostro ni un atisbo de expresión. Si alguien tenía una cara de poker ejemplar, si alguien me ha dado miedo realmente en alguna ocasión, fue aquel capitán.
Tampoco yo sentí mucha pena y, con ello, descubrí que mi envidia había superado cualquier límite que hubiese podido imaginar jamás. No escribí el artículo.