Carmen Yébenes Benítez en beBee en Español, Redactores, Periodistas Comercial de Zona Sur de Valencia Hace 7 d · 15 min de lectura · +400

Las Carnes del Tiempo: capítulo 10.

(CONTINUACIÓN DE “Howard Fast: de comunista a multimillonario”)

Las Carnes del Tiempo: capítulo 10.

Capítulo 10: “Mata Hari, ¿fuga o ejecución?”

— ¿Nadie reclamó su cuerpo? —le espetó Ruth al embajador francés.
— Absolutamente nadie. —contestó él con una mueca algo sonriente.

Tanto Ruth como yo estábamos estupefactas. Ruth me acompañó, aquel extremadamente caluroso día de noviembre, a conocer algunos datos de Mata Hari. Fuimos a Madrid, en un viaje de ida y vuelta, previo a al transviaje que debía hacer para realizar el artículo que me llevaba persiguiendo unos cuantos años. Quería escribir sobre Mata Hari y no solo por su morbosa fama, sino por todo lo que, en realidad, sabía ya de ella.

Le di un pequeño pellizco en la cintura, por detrás, para que no hiciese más preguntas. Ya le había advertido en el coche, pero no me hizo caso. Sin duda, porque su pasión por su idealizada imagen de Mata Hari era demasiado grande como para escuchar que la habían dejado abandonada (o casi) en el mismo día de su ejecución.

Ruth había visto esas dos fotos con anterioridad: en una, estaba aquella mujer atada a un palo preparada para que la ejecutasen; en la otra, aún colgando de ese mismo palo pero tras su fusilamiento. Sí: esa mujer era la viva estampa de Mata Hari y tenía una expresión que combinaba perfectamente la dignidad más supina con el miedo más atroz, la rabia más enfrentada al sometimiento.

La joven Margaretha Geertruida Zelle tenía un diminutivo: Grietje. De niña, tenía una vida feliz, junto a sus padres. Su padre, Adam Zelle (el Barón, como le apodaron), era un especulador importante que ganaba mucho dinero con diferentes actividades comerciales: tanto comerciaba con bolsos y sombreros (en una sociedad colonial holandesa muy pudiente, durante la Belle Époque) como conseguía contratos petroleros en Java o perdía su capital entero en la bolsa. Ahí acabó la felicidad familiar. Antje Van der Meulen, su madre (una dama burguesa de fama respetable) consiguió el divorcio el 4 de septiembre de 1890.

Grietje, tras ese varapalo, se quedó bajo el cargo del padre (y no me interesaba bastante saber el porqué, así que no hice un transviaje a esa época para averiguarlo; pero, parece ser que se debió al carácter coqueto y exhibicionista de la pequeña). Sus tres