Carolina Acuña Canto en Fotógrafos en Chile, Grandes Escritores, Escritores fotógrafa • Trabajo como freelance 22/9/2016 · 4 min de lectura · +300

Lorenzo

Este cuento es super amado por mi. Parte de esta historia es real, le sucedio

a un amigo muy querido. Espero lo lean con el corazón abierto.


Lorenzo

Imagen de la web

Lorenzo  despierta con ese malestar en la boca del estómago otra vez, una acidez mezcla de wisky y

cigarros de la noche anterior tienen la culpa. Ya hace 3 meses desde la mañana en que partió, Pero aún

siente como sí hubiese pasado una hora. Los recuerdos vividos y aún dolidos de su partida, vienen a él

entre pesadillas de media noche, cuando el sudor y la agitación no son buena compañía. El llanto entre

sueños pesa siempre sus ojos al despertar, con los días prefiere dejar de dormir, pero el cansancio

termina por cerrar sus párpados sin alcanzar a notarlo.

Esa mañana despierta temprano y violentamente con el sonido de esa voz que en un ahogado grito,

sufre la agonía de la lenta partida. Y las imágenes de alguien conectado a mil aparatos médicos, y

agujas en las venas le desquicia  más y más. La voz del médico que se confunde entre otras mil voces

le dice -ya no hay mucho que hacer, el virus a afectado su aparato respiratorio y podría sufrir un ataque

fulminante en cualquier minuto. Ruido de aparatos en la sala de pacientes críticos, respiración

entrecortada, recuerdos de las vacaciones en Santo Domingo, el día en la playa, la pesca temprana del

sábado para celebrar el décimo aniversario.

El hombre decide salir de la cama, ya son las 11 de la mañana y ese compromiso irrenunciable de cada

quince días desde hace  dos meses y medio le hace sentir urgencia. Pablo; su psiquiatra le dice que le

ve bien, y cambia sus pastillas a lo que será según sus entendidas palabras -una dosis más suave. Que

el trauma ya está superado y sólo queda mirar adelante. Que el luto es muchas veces eterno, doloroso,

agotador, pero llevadero. Que tomando los medicamentos y ayudándose de familia y amigos, saliendo a

distraerse, todo debería comenzar a  ir bien. Lorenzo sale de la consulta a las 12:38 y camina hacia

Cerro Santa Lucía. A esa hora la vorágine es como un monstruo que lucha con corrientes marinas,

personas sin rostro van y vienen, el ruido de los autos, las bocinas, le perturban, los rayos del sol de

mediodía justo sobre su cabeza le recuerdan que está vivo y siente pesar. Se detiene y mira el cielo con

una mano sobre la frente; minutos eternos.

Lorenzo sube el cerro y se sienta frente a un mirador en dirección a la torre Entel. Y comienza el eterno

diálogo con lo que el describe como "el viento". Y se le puede ver sonreír a ratos, llorar a otros, Lorenzo

dice estar cansado, diez años de su vida y más; casi catorce destruidos por completo. Proyectos

inconclusos, soledad, y sólo recuerdos cada vez más frágiles en la memoria, eternos en el alma..., pero

frágiles en la memoria.

De su bolsillo saca una bolsita de dulces de jengibre, -a ti Pato te gustaban- y sonríe. -yo se que te

gustaban, ¿te acuerdas que te conocí comiendo unos en el Forestal? Lorenzo mira su reloj , ya son las

14:30, piensa que ya es tiempo. Camina hacia Baquedano y luego sube a Bustamante, hasta su casa, la

casa que ambos arrendaban para vivir. Donde quedaron los recuerdos tangibles de esa relación que

defendieron del mundo, hasta que Patricio enfermó gravemente.

Al abrir la puerta de la casa en Bustamante, el ladrido alegre, dos colas peludas, pequeños seres le

saludan. Se siente bien.

La casa está vacía, camina al baño y deja en la gaveta de los remedios las cajas con medicamentos

contra la depresión que Pablo le entregó. Prepara el té de la tarde, mientras contempla por la ventana el

Jardín que Patricio le ayudó a construir. La glorieta cubierta, donde descansan dos sillones, la mesita

del té de la tarde, sobre la que aún está el tablero de ajedrez con el jaque mate de Patricio. Deja el

jarrón de té recién preparado en el refrigerador y del mismo, saca un plato de arroz y carne, lo mete a

microondas. Va al patio y reparte entre sus "niñitas" la comida y el agua pertinente, juega con  ellas unos

minutos. Vuelve adentro a almorzar.

El teléfono suena rompiendo el frágil susurro del recuerdo mientras Lorenzo cambia de canal, deja el

tenedor y contesta. Como de costumbre es su hermana quien le habla; Laura. Le preocupa entre otras

cosas la distancia, Lorenzo dice estar bien. -iré a visitarte está tarde, dice ella. -está bien, responde él.

Luego de almorzar Lorenzo decide ordenar la habitación, quizás sea tiempo de guardar tus cosas Pato,

dice mientras camina, yo sé que entenderás. Va por unas cajas al patio y, ya frente al ropero comienza

ese viaje en retrospectiva, donde cada prenda lo guía a un determinado momento en el pasado, donde

el aroma de la chaqueta de paseo de Pato, le transporta a la casa en santo domingo un sábado en la

noche. Con cuidado dobla los recuerdos para no romperlos, uno a uno los guarda en las cajas. Esto es

muy triste piensa Lorenzo. Mientras le habla a la memoria. ¿Te acuerdas de esta polera?, tu decías que

el color te hacia ver muy pálido, cuando te la  probaste saliste caminando como un zombie diciendo

"cereeebroo, quiero comerme tu cerebro”… que loco  que eras. En uno de los compartimientos del

ropero encuentra una cajita. Al tomarla, el recuerdo lo lleva otra vez a esa noche en Santo Domingo, al

salir de la ducha ese sábado, la sala frente a la chimenea está alumbrada por docenas de velas, y unas

copas aguardan en la mesita ratona y junto a ella Patricio, elegante, sonriente, con ojos alumbrados y

emocionados le ofrece una copa. Mientras Lorenzo bebe, Patricio saca de su bolsillo una bolsita de

dulces de jengibre, ¿sabías que ese vino sabe mejor acompañado de uno de estos dulces? –comenta

Patricio, al meter la mano en la bolsita, Lorenzo se encuentra con una sorpresa, un anillo de

compromiso aguarda por él. ¿Te casarías conmigo? –pregunta Patricio. La sorpresa inunda los ojos de

Lorenzo, su boca solo puede gritar entre sollozos un Sí.

Suena el timbre, el ladrido de las niñitas trae a Lorenzo de vuelta a la habitación, deja la cajita y el anillo

sobre la cama, es el cartero que trae las cuentas del mes, lo trivial, eso que te golpea a diario; la

realidad. Lorenzo cree que Laura ya no vendrá hoy, son las 18:30, tarde para su hermana que suele

venir más temprano. Siente que el día ha sido largo mientras camina de vuelta a la habitación. Ya el

ropero está vacío, las cajas selladas y en la habitación continua.

Sentado en la cama, Lorenzo mira una fotografía de patricio y él en un bote, de esa tarde de pesca para

celebrar el compromiso y dice –ya no puedo llorarte más, sabes bien que soy llorón y dramático. A estas

alturas son recurrentes la conversaciones de Lorenzo con el recuerdo de Patricio, “el viento”, como el

suele llamarle. Mas, esta mañana se levanta con la sensación que ya no volverá a hablarle más como

hacía. Durante mucho tiempo Recorrió su recuerdo, palpó su vivida imagen como si fuera la primera vez

que lo veía. Caminó las calles que solía caminar con él, miró la tv como hacían juntos, rio con el

recuerdo de sus bromas, olió el aroma de la ropa del ropero, desde temprano supo que sería la última

vez que olería su perfume.

Son las 20:43 de la tarde. Lorenzo termina de escribir una nota dedicada a Laura. La deja sobre la

mesa del teléfono, da de comer a las niñitas la cena y cierra bien las ventanas. En el baño frente al

espejo lava su rostro y se peina. Saca de la gaveta los remedios que Pablo; su psiquiatra le ha dado y

recuerda sus palabras –son una dosis más suave. Con rapidez las retira de sus sobres y las traga de

una sola vez, no una, sino dos cajas, y se recuesta en la cama, aferrado a la almohada que alguna vez

fue de Patricio. Una vez más las palabras de su doctor resuenan en su mente -el trauma ya está

superado y sólo queda mirar adelante. El luto es muchas veces eterno, doloroso, agotador, pero

llevadero. Ya verás Lorenzo, tomando los medicamentos y ayudándose de familia y amigos, saliendo a

distraerse, todo debería comenzar a  ir bien.

Querida Laura;

No te preocupes por mí, Me voy a ver al Pato.

Todo estará bien.

Te ama tu hermano

Lorenzo.