Christopher Paolo Ruiz Jenkinson en Comunicación y Periodismo, beBee en Español, Marketing y Comunicación Audiovisualista y Asesor de Alianzas Corporativas 24/11/2016 · 2 min de lectura · +200

"El humor y la cultura"

"El humor y la cultura"


Miguel de Loyola en migueldeloyola.wordpress.com

Es indudable que el humor y la cultura de los pueblos están íntimamente relacionados, lo uno habla de lo otro y viceversa. Preguntando de qué se ríe la gente podríamos hacernos una idea global de su nivel cultural. En nuestro caso, me temo, estamos en un nivel muy precario, porque ya ni siquiera somos capaces de reírnos de nosotros mismos, actitud fundamental en esto del sentido del humor. Menos aún de la  política y de los políticos, cualquiera sea su tendencia ideológica. Aquí pasamos del amor al odio directamente, sin cruzar aquel pasadizo donde el humor atempera los ánimos y el espíritu. Tampoco nos reímos ya como antaño, de los azares de la vida, los cuales suelen estar siempre llenos de peripecias risibles, de acciones y arrebatos absurdos, de salidas de madres y actos delirantes ejecutados por otros o por nosotros mismos.

Nos reímos poco la verdad, y cuando lo hacemos, lo hacemos con esa infaltable hipocresía que nos caracteriza como pueblo de doble estándar, de doble nivel de conciencia que se niega y se oculta una detrás de la otra, para ser y aparecer aquí, distinto al que se es a solas consigo mismo, en la intimidad, en el silencio nocturno.

El temor al ridículo, bien pudiera ser el freno principal que reprime nuestro sentido del humor. Ese temor a parecer un imbécil delante de los otros, de esos otros siempre críticos –según imaginamos- de la conducta ajena, ese temor que se gesta tempranamente, en la edad escolar, y que sólo algunos superan, mientras en otros crece y se fortalece como tumor maligno, en vez de extinguirse tras el paso de los años. Hay allí también, en ese temor, y eso también nos caracteriza como pueblo oculto detrás de las montañas, delirio de persecución. Cual más, cual menos, lo carga como un estigma limitante de sus pensamientos y acciones. Esto dice relación con nuestro medievalismo, en muchos aspectos aún no superado.

Por cierto, la falta de humor nos convierte en personas graves, y, naturalmente, poco felices, añorantes de una felicidad inalcanzable, pero posible e incluso vista envidiablemente en los otros, en esos otros que no somos nosotros, negando de esta manera la posibilidad de una felicidad propia. El pasto del vecino siempre será más verde que el nuestro. Hay que terminar con esa clase de fijaciones mentales, provenientes de viejas utopías caducas y frustrantes, como la igualdad. Nada puede ser más absurdo que seamos todos iguales, iguales en derecho, sí, pero ojalá siempre distintos en todas las demás áreas.

Las sociedades más avanzadas ilustran muy bien las diferencias de humor. El humor francés no lo entendemos por sofisticado, allí se ríen hasta de los muertos y de lo macabro, tampoco el inglés porque nos parece absurdo y tonto, porque no captamos su maravillosa ironía, la compleja red mental que las urde. Nosotros, en ese sentido, estamos todavía en una era primitiva y bárbara que acusa la falta de cultura, la mala educación y la chabacanería que imponen los medios de comunicación masivos, especialmente la T.V., matando cualquier otra posibilidad más inteligente.

Necesitamos recuperar el sentido del humor para reírnos de lo que nos pasa a nosotros mismos y de lo que ocurre en Chile. Necesitamos reírnos, por ejemplo, que tengamos sobre abundancia de candidatos a presidente de la República, en un país cuya masa de votantes no supera los ocho millones de personas. Del Transantiago, que es un desastre colectivo sin posibilidad de arreglo alguno, de la negativa a crear centrales hidroeléctricas, cuando todos quieren tener electricidad en sus casas y hacer de la noche día.