Deborah Michelle Mejía en Escritores, Literatura, Libros Copywriter • Ogilvy & Mather Honduras 6/12/2017 · 1 min de lectura · +200

La niña que solo conocía una palabra

El espacio irreconocible que la rodeaba la recibió de golpe al despertar. En su estado actual, sobresaltada y entumecida, examinó el cuarto iluminado en que se encontraba. La luz lastimaba sus ojos, pero la sensación de calor que por tanto tiempo se volvió ajena a ella ahora era un consuelo y un ancla que la mantenía en la realidad, lejos del pánico que seguramente se apoderaría de ella si se diera más tiempo de calma dentro de sus pensamientos.

            No era un sitio muy amplio, la pequeña cama en la que despertó abarcando más de la mitad del lugar. Notó una bandeja sobre la mesa de noche junto a ella con un tazón de sopa humeante, un trozo de pan que obviamente fue arrancado con las manos, una cuchara y un líquido obscuro en un vasito de cerámica mal moldeado. El olor la lastimó inmediatamente, las punzadas que surgieron en su estómago debilitándola aún más, y las náuseas y el mareo que trajeron consigo pesadez y ligereza la hundieron aún más en el colchón.

           ¿Cuándo fue la última vez que comió?

           No podía recordarlo, ni siquiera sabía cómo había llegado allí.

           Lo último que recordaba era… era…

           La única seguridad que tenía ahora es que había logrado escapar de ese lugar, de esa mano que tanto la reprimía. Nunca imaginó que esas pequeñas cosas de las que su madre tanto se quejaba resultarían tan placenteras y liberadoras para ella. El lodo embarrado en sus pies y ropa; las espinas y los insectos en su piel; el viento helado, la lluvia fría y los rayos persiguiéndola a través de la oscuridad.

           En su momento, los sonidos vacíos que emitía esa mujer fueron bienvenidos, a pesar de no haber podido comprender ni una palabra que ella decía, de no saber quién era ninguna de ellas dos, de no saber qué es una madre o una hija o un humano, una persona, aunque nada tuviese un nombre, porque ni siquiera sabía que tal cosa existía.

           Su instinto le decía que ella odiaría todo esto que tanto amaba en esos momentos. No pudo evitar enamorarse de la vida y el mundo que la rodeaba, tan contrastante