Eva Tejedor Alarcon en Club de lectura, Lectura, Libros Escritora • Mi aventura de escribir 6/12/2017 · 5 min de lectura · ~100

El Guardián: el último berserker.

El Guardián: el último berserker.

“Por el campo de concentración de Auschwit pasaron más de un millón trescientas mil personas las cuales fueron torturadas y asesinadas durante cinco años y…”

Paul estaba aburrido y estremecido a partes iguales.

La guía, una mujer que aparentaba más de cuarenta, rubia y con un rostro bastante anodino repetía de memoria y sin atisbo de emoción los datos que llevaba apuntados en una libretita. Datos que, junto con el ambiente lúgubre del lugar, le ponían los pelos de punta.

No importaba cuantos años hubieran pasado desde aquella masacre ni cuanto llevara ese lugar clausurado. Aun se notaba en el aire la tristeza y la desolación de todas las personas que fueron masacradas allí. Podía sentirla, abrumándole.

No entendía porque su novia Leah deseaba hacer ese tour.

Cierto que un compañero de universidad les había aconsejado visitar el lugar, insistiendo en que era algo obligatorio si te encontrabas en Alemania.

Cierto también que aquello era un suceso horrible de la historia que no debía ser olvidado nunca para que no se repitiera, pero… ¿por qué tenían que ir?

El lugar, el antiguo campo de concentración de Auschwit, seguía en pie y en unas sorprendentes condiciones a pesar del maltrato del tiempo. Pero era un lugar gris, de pesadilla que Paul no podía esperar para dejar atrás y olvidarlo.

Miró de reojo a su novia, quien escuchaba con atención las explicaciones de la guía. Su preciosa Leah, con su larga y sedosa melena rubia, sus ojos azules y su cuerpo de medidas perfectas. A pesar del largo trayecto hasta el lugar seguía luciendo impecable. Su ropa sin una arruga, su trenza sin un pelo fuera de su sitio y perfectamente maquillada.

Paul prefirió no comprobar su propio aspecto.

Conociéndose su camiseta estaría arrugada, su cabello rubio oscuro revuelto y no para bien. Además, había olvidado afeitarse, de nuevo, y las gafas le habían dejado una marca rojiza en la nariz porque no recordó ponerse las lentillas esa mañana.

Leah le regañó por ello nada cuando subieron al autobus con el resto del grupo presente, para su vergüenza. Ella odiaba sus gafas e insistía en que debía operarse la vista y, así, librarse de ellas. Pero a Paul le aterraba la idea de operarse ya que un compañero de clase le había contado cosas horribles sobre el proceso y cometió el error de buscar videos del tema en internet.

Su mirada se volvió posar en Leah.

Más de una vez se preguntaba que hacía una chica como ella con alguien como él. Sabía perfectamente que estaba muy lejos de su liga y, muchas más veces de las que quisiera, ella parecía empeñada en cambiarle.

Y sin embargo, para su sorpresa y la de más de un conocido, llevaban tres años juntos y un año conviviendo.

Su amigo Lucas, el cual estaba celoso de su relación, siempre le decía que solo le quería porque tenía un puesto asegurado en el bufete de su padre…

Pero eso no era verdad. Leah estuvo con él cuando su madre murió repentinamente de un infarto, apoyándole y consolándole. Le ayudó a buscar un apartamento cuando no pudo seguir conviviendo con su padre y su nueva novia. También estuvo con él todas las veces que se enfermó y le animaba cuando se sentía demasiado inseguro, aconsejándole cuando necesitaba tomar una decisión importante.

Puede que solo tuviera dieciocho años pero Leah tenía todas sus prioridades muy claras y unos planes de futuro trazados con precisión milimétrica.

Si, cierto que tenían altas y bajas, como cualquier relación. Cierto también que ella tuvo una aventura con antiguo ex novio suyo en una ocasión que habían discutido pero… solo fue esa vez y estaba arreglado. Le juró que nunca más volvería a engañarle y él la creía.

- Y estas son algunas de las calderas donde solían quemar los cuerpos que…

A Paul se le revolvió el estomago solo con la imagen mental. Casi podía ver las filas de mujeres, hombres y niños esperando su turno para ser empujados dentro de las enormes calderas, oler a carne y pelo quemado y oír sus gritos de agonía.

Se sintió tan enfermo que incluso Leah lo notó.

- Paul, te has puesto verde. ¿Te encuentras bien? – debía estar muy mal si Leah lucía tan preocupada. Él intentó sonreír, quitándole hierro al asunto, pero solo consiguió hacer una mueca.

Había empezado a sudar frio. Se pasó una mano por la frente, intentando secarse el sudor y vio a su novia arrugar la nariz.

- Creo que necesito un poco de aire fresco. – contuvo como pudo una arcada. Esto no iba nada bien. Si se descuidaba iba a vomitar en mitad del pasillo. - Voy a volver a la entrada.

- ¿Quieres que te acompañe?

- No, no… termina el tour. Yo te esperare junto al autobús. – ella pareció aliviada con su respuesta y, sinceramente, Paul también. No le apetecía que le viera así de mal solo por su viva imaginación.

El chico vio alejarse al grupo y se giró para regresar a la entrada.

Recorrió el largo pasillo todo lo rápido que podía sin que su estomago le jugara una mala pasada e intentando no fijarse demasiado en lo que le rodeaba. Sobre todo, intentando no imaginar que más había pasado en ese lugar.

El pasillo se le estaba haciendo eterno, así que, cuando a mitad de camino vio una puerta lateral abierta que daba al exterior, decidió salir por ahí, con la idea de que podría rodear el edificio por fuera y ahorrarse seguir en aquel maldito lugar.

Una vez fuera, respiró profundamente varias veces hasta que, para su alivio, el mareo cesó. No se había sentido tan mal desde aquella vez que se indispuso en aquella montaña rusa. Aquel día estuvo tan mal que vomitó encima del vestido nuevo de Leah y ella se enfadó tanto que se fue a casa de su madre y estuvo sin hablarle por ello durante una semana.

Desde entonces no soportaba las alturas… ni los perritos con chile.

Cuando ya se encontró mejor, decidió dirigirse hacia la entrada principal. No quería que Leah llegara antes que él y empezara a interrogarle sobre donde se había entretenido.

Y, mientras andaba, oyó la voz.

Era una voz profunda de hombre, casi cavernosa y pedía ayuda con tono desesperado. Paul miró a su alrededor, agudizando el oído para averiguar de dónde provenía y le pareció que llegaba del bosquecillo que estaba justo al lado del edificio.

Más que bosquecillo era, en realidad, un diminuto grupo de arboles, con varios pinos y cipreses. Eran viejos, con troncos anchos y ramas que se doblaban por el peso de las hojas.

Oyó de nuevo la voz y, más por curiosidad que por una razón más altruista, se adentró entre los arboles siguiendo el sonido, que cada vez le llegaba más fuerte y claro.

Era curioso. Estaba seguro de que esa persona no hablaba su idioma pero él era capaz de entender que decía. Pedía ayuda.

Finalmente llegó a lo que parecía un montón de escombros cubierto por maleza y matorrales en un claro en el centro del grupo de arboles. Al acercarse comprobó que eran los restos de alguna clase de casita o pequeño edificio. Un granero, tal vez, que acabaría derruido durante la guerra.

Debía llevar años ahí. Probablemente, ni siquiera la habrían visto. Los arboles mantenían la zona oculta a la vista.

La voz volvió a oírse, esa vez parecía llegar de debajo de las ruinas, lo cual era de lo más extraño. ¿Cómo había llegado ahí? Los escombros incluso estaban cubiertos por vegetación. Nadie los había tocado en años.

Con cuidado Paul se acercó, pateando un par de ladrillos. Al moverlos, vio que debajo había una vieja trampilla de madera oculta bajo todo aquel montón de piedras y yeso. Tenía un candado pero estaba roto y abollado.

- ¿Hola? – llamó Paul, sin decidirse a abrir la trampilla. - ¿Estas ahí? – la voz no tardó en contestar. Sonaba aliviado de escucharle.

- ¡No puedo salir! – gritó. - ¡Ayúdame! ¡Estoy atrapado!

- Vale… no se preocupe. Iré a por ayuda y…

- ¡No!

- Pero si no voy por ayuda no podré…

- ¡Por favor, no me dejes sólo! - el tipo parecía bastante asustado. - ¡Está oscuro! ¡Siempre está oscuro!

Paul se mordió el labio. Tomando una decisión y sacando un valor que no sabía que tenía, empezó con la tarea de despejar del todo la trampilla. ¡A la mierda las consecuencias! Si después le ponían una multa por tocar un posible monumento histórico ya explicaría sus motivos. No podía dejar al pobre hombre ahí abajo.

La trampilla resultó más grande de lo que creía en un principio y le llevó un buen rato librarla de todos los escombros pero al menos estaba abierta y no pesaba tanto como pensaba cuando por fin pudo abrirla.

Al asomarse al interior vislumbró una escalera que parecía llevar a lo que debió ser el sótano del edificio. Estaba muy oscuro, así que usó su teléfono móvil como linterna.

Lo primero que pensó al entrar era que parecía estar entrando en la boca del lobo, cosa que le puso los pelos de punta.

- ¿Cómo demonios has llegado hasta aquí? – preguntó a la nada, bajando con cuidado las escaleras. La última cosa que necesitaba era caerse y romperse algo.

Si se rompía el cuello, Leah le mataría por fastidiarle las vacaciones, eso era seguro.

Siguió bajando las escaleras y suspiró aliviado cuando estas parecían que iban a acabarse. Pero al llegar al último tramo, resbalo y lo bajó rodando.

Con un quejido de dolor, se sentó en el frio suelo mirando a su alrededor y evaluando los daños. Por suerte, aparte de dolerle la espalda y el trasero, no parecía haberse hecho nada grave.

- ¡Sácame de aquí! – le apremió la voz, sonando cada vez más desesperada.

¿Dónde demonios estaba? , se preguntó Paul enfocando la luz del móvil para mirar a su alrededor.

Ahí fue cuando vio algo parecido a una urna de cristal como de dos metros de alto y uno de ancho cubierta de escarcha y hielo que brillaba fantasmagóricamente en el centro de la habitación. Estaba colocada sobre un soporte con botones, luces y cables que debía ser lo que la mantenía funcionando.

¿Qué demonios era eso?

El chico se levantó, sacudiéndose los pantalones y caminó inseguro hacia el aparato.

- ¿Cómo has entrado ahí? – no podía ser… quien fuera quien pedía ayuda no podía estar ahí dentro… ¿verdad?

Y, sin embargo, podía distinguir una silueta en el interior de la urna. No era capaz de ver con claridad su interior, pero alguien estaba ahí.

- Me encerraron… Hace mucho tiempo. ¡Sácame!

¿Encerrado? ¿Cómo? ¿Y por qué? ¿Para qué, mejor dicho?

- ¿Quién te encerró? – preguntó, extrañado.

Era absurdo. ¿Tal vez fuera una broma estúpida que había salido mal? Recordaba las pesadas novatadas que sufrió a principio de curso. Podían llegar a ser estúpidas y crueles. Esto parecía ser una de ellas que se hubiera salido de madre.

Paul ya estaba pulsando todos los botones, buscando como abrir la urna cuando oyó un chasquido. La vio abrirse, llenando la estancia de humo y vaho helado pero nadie salió de su interior.

Se acercó a mirar y algo extremadamente pesado cayó sobre él y tirándole dolorosamente contra el suelo. Su móvil se escurrió de sus manos, girando y dejándole a oscuras en ese lugar.

Pero incluso sin luz alguna pudo distinguir dos ojos enormes y gatunos de color celeste brillando frente a él y la cara de un gran felino acercándose para olfatearle el rostro.

- Tú si eres digno. – rugió el animal antes de colocar su pesada zarpa sobre el corazón de Paul.


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