Francisco Izquierdo Herrero en beBee en Español, Escritores, Libros Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 10/2/2018 · 3 min de lectura · +500

A prueba y a cala...


Esa era una de las frases más utilizadas antaño por los vendedores ambulantes para llamar la atención e invitar a sus posibles clientes a probar las sandías y los melones que se vendían los martes y viernes, días de mercado, en Plasencia: esperanzados en que, tras la cata, si no todos, al menos alguno adquiriese la mercancía ofrecia...  

A prueba y a cala...


La cita que aparece en la imagen de arriba es la que elegí para Vidas Truncadas, una de las cinco novelas que tengo en el mercado a través de Amazon.


   Hoy te voy a hablar de Antonio, si es que te apetece saber de él, claro.


   Antonio era el  séptimo hijo de José Hinojal y Manuela Sánchez, peón de albañil, él; sus labores ella. Esta familia, al igual que otras muchas, se instalaron a vivir en  La Data, un barrio obrero surgido en los años 50 en el extraradio de la ciudad de Plasencia.

   Mediando los 60’s, Antonio era un chico extrovertido, sociable, tierno, perspicaz, divertido y que, además de ser observador y creativo, disponía de una imaginación fantástica y un don de gentes que le permitía cautivar con facilidad a los demás chiquillos del barrio, entre otras cosas, por sus alocadas ocurrencias y, como consecuencia de su talante aventurero, se convirtió en el dirigente de la chavalería sin tan siquiera habérselo propuesto: ya que estos le veían como un ejemplo a seguir. El hecho de sentirse querido y arropado por todos aquellos que se acercaban hasta su entorno, le proporcionaba seguridad en sí mismo; aunque era consciente de que su imperio y grandezas estaban allí, junto a las faldas de su madre, al cuidado de los sobrinos.

   Tras la marcha de sus padrinos con los diez hijos de ambos a la capital de España, en busca de una vida mejor, Antonio se hace cargo de una barraca que había sido utilizada para dar cobijo a varias aves de corral y conejos. Y, como imaginación y serguidores no le faltan, decidió crear una banda, la cual estaba compuesta por una veintena de fieles, bravos y obedientes guerreros, cuya edad oscilaba entre los doce años del capitán o el teniente y los cuatro del más pequeño, este último sobrino del «capitán» Hinojal-Sánchez.

   Concluidas las Ferías de junio, dejándose llevar por sus fantasías, Antonio decide que hay que armarse para defender el Cuartel General y para lo que se tercie y anima al grupo a que hay que salir de expedición para conseguir el material necesario para fabricar arcos y flechas y una vez logrado el objetivo se marcharon prestos a comer, con el fin de volver a reunirse después de la siesta, a eso de las cinco.

   La tarde estuvo animada y laboriosa, sobre todo para Antonio, ya que él, asumió la tarea de construir los arcos y la mayoría de las flechas. El suyo, además lo adornó con unas plumas de gallina negra, dándole así el aspecto de ser el arco de un Jefe Indio y después de realizar varios tiros y comprobar que las flechas no se dirigían en línea recta: «¿Qué pasará si le pongo un poquino más d’alambre en la punta?», pensó.

   —Moreno, traime las estenazas que están en el cajón de herramientas —dijo haciendo un ademán apremio con la mano y, seguidamente, con el utensilio en su poder, tomó una de las gamonitas, la sujetó entre las rodillas y, tras darle cinco o seis vueltas, cortó y apretó el alambre con las tenazas.

   —¡A , si ahora hay más suerte! —manifestó, al tiempo que, de un salto, se puso en pie y ordenaba que le acercasen su arco. A continuación, tensó el arma con todas sus fuerzas y, apuntando hacia un milano que sobrevolaba la zona, a la altura de los tejados, efectuó el disparo e impacientemente recorrió con la mirada reiteradas veces la distancia entre el objetivo y la trayectoria de la apresurada saeta, mientras que, con los ojos como platos, observaba abstraído cómo esta se abría paso en línea recta hacia la oscura silueta, que en aquel instante surcaba los aires justo por encima de donde él se encontraba.  Unos segundos después, fue testigo de cómo la flecha impactaba contra la rapaz y de cómo esta abandonaba a toda prisa el lugar después de haber recibido el inesperado impacto, dejando tras de sí una estela de plumas que se precipitaban suavemente en zigzag simulando el vaporoso y pausado vuelo de las mariposas…


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