Francisco Izquierdo Herrero en Escritores Aficionados, Escritores, Libros Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 9/1/2018 · 2 min de lectura · +100

Capítulo III, 1ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

Capítulo III, 1ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

9 enero, 2018 por franizquiero, posted in vidas truncadas



                                                                            13 de noviembre de 1996, seis en punto de la tarde, sentada sobre la cama:



   —Cariño, creo que debería avisar al médico de cabecera y…

   —T’he dicho, más de un millón de veces, que no quiero ir a ningún sitio. Así es que déjame en de una puta —irrumpió crispado, con la mirada fuera de sí, sin dejarla terminar la frase.

   —Pero, cariño, debes comprender que no puedo verte así —razonó con voz dulce y apacible.

   —¡Asín!, pero ¿cómo t’atreves? —gritó iracundo, apenas sin fuelle—. Cuando te fuiste, bien poco te importaba mi situación.

   —Debes entender que lo hice por tu bien.

   —¿Por mi bien, dices?

   —Sí, así es. Tan solo quería darte un escarmiento. Recuerda que yo nunca he sido para ti un problema.

   —¡Ale!,  ya puedes irte a ónde te apetezca —chilló todo lo alto que su ronca y gastada voz le permitía, señalando hacia la puerta de entrada con el dedo índice.

   —¡No te importa, ¿verdad?!—exclamó con los ojos inundados.

   —¡¿El qué tiene que importarme?! ¡Bastante tengo con preocuparme por mí!

   —Que la mierda esa, acabe no solo con lo nuestro, sino con tu propia vida —susurró tratando de hacerle entrar en razón.

   —Me da igual morirme… asín descansaréis todos de una puta vé.

   —¡No puedo dar crédito a lo que dices! No te interesa nada ni nadie, ¿verdad? —exclamó, entre sollozos, sin poderlo evitar y sin salir de su asombro.

   —¡¿Y, a quién le importo yo?! —se lamentó—. ¡Nadie me comprende!

   —Me importas a mí, cariño. Y aquí me tienes para lo que necesites.

   —Eso no es cierto. Los únicos que lo hicieron siempre fueron mis padres y ahora, sin ellos a mi láo, ¿pa qué quiero viví?

   —Me tienes a mí y a tus hermanos. ¿Te parece poco?

   —¡No me toques los cojones!, estoy más solo que la una.

   La discusión cesó bruscamente. Antonio comenzó a tener temblores y convulsiones. Teresa, aterrorizada y nerviosa, salió al rellano envuelta en un mar de lágrimas. Aporreó con los nudillos sobre la puerta de enfrente. Salió Pedro, el hijo mayor de Evaristo.

   —¡¿Qué pasa?!, ¿qué son esas voces? —inquirió alarmado por los gritos y el llanto.

   —Rápido, rápido —repetía angustiada—. Llama a una ambulancia que Antonio está muy mal.

   —Sí lo llevamos en mi coche creo que tardaremos menos —apuntó Pedro.

   —No, no. Llámala, llámala, creo que es mejor en la ambulancia. ¡Date prisa!, por favor.

   Tras efectuar la llamada, regresó junto a Teresa, tratando de que esta se tranquilizase. Veinte minutos más tarde, frente al portal, se detuvo el estrepitoso y enervador ulular. De ella, se bajaron raudos el médico, su ayudante y el propio conductor. Estos llegaron al domicilio, exhaustos y sin aliento, tan rápido como les permitieron sus piernas y las angostas escaleras.

   —Hola. ¿Qué es lo que ha ocurrido exactamente? —consultó el facultativo.

   —Estábamos discutiendo, cuando de repente ha comenzado a convulsionar y hace como diez minutos que no se mueve —informó entrecortadamente.

   Tras comprobar las constantes vitales, observando que no respondía a ningún estímulo.

   —Hay que trasladarle al hospital —indicó a sus acompañantes— . Aquí no podemos hacerle nada más.

   Ante la dificultad que presentaban las escaleras optaron por asirle, el conductor por las axilas y el enfermero por los pies.

   El atardecer se presentaba triste, gélido y brumoso, algo que venía siendo cada vez más habitual tanto en la ciudad como en el mes de noviembre.

   Aquella tarde, el frío era insufrible, seco y penetrante… Era uno de esos atardeceres, en los que el crepúsculo vespertino lo invade todo en la más absoluta penumbra revistiendo en su totalidad lo que a su paso abarca la impenetrable y opresora niebla.

   La ambulancia iba abriéndose camino aullando y zigzagueando a través de la maltrecha carretera todo lo rápida que le permitía la exigua visibilidad al conductor, tratando de llegar al servicio de urgencias del hospital… En su interior, acompañado por su compañera sentimental iba delirando, tumbado y sujeto por unas correas sobre la camilla.

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Gracias por la atención.
Saludos