Francisco Izquierdo Herrero en Escritores Aficionados, Escritores, Libros Albañil OF 1ª Hace 7 d · 2 min de lectura · +700

Capítulo III, 2ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

Capítulo III, 2ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas


                                                                                                                                                                       Siete y cinco de la tarde.

   Al llegar al centro hospitalario, fue conducido directamente desde la ambulancia hasta la zona de triaje. A simple vista, eran evidentes y preocupantes tanto el aspecto físico como el de abandono que presentaba el recién llegado. La extrema delgadez, su demacrado rostro; su piel, al igual que el blanco de sus ojos, tenía un visible tono tan amarillento como la misma muerte, aquellos signos aconsejaban evitar la demora en que este fuese atendido cuánto antes y, tras comprobar la temperatura, tensión arterial, frecuencia cardíaca, saturación de oxígeno… Ante la imposibilidad de comunicarse directamente con el paciente, una joven, rubia y agraciada celadora se dirigió hasta la puerta que comunicaba con la sala de espera e inquirió con voz clara y altiva:

   —¿Algún familiar o acompañante de Antonio Hinojal Sánchez?

   —Sí, yo —respondió poniéndose en pie, Teresa. —Sígame, por favor

   Ambas caminaron, en silencio, a través del largo corredor hasta comparecer en la pequeña sala donde las esperaba el del Dr. García:

   —Perdone señora ¿mm?

   —Teresa, me llamo Teresa.

   —Teresa, ¿podría decirme qué vínculo mantiene usted con el enfermo?  —indagó el galeno.

   —Vivimos en pareja.

   —¿Sabe usted si es alérgico a algún medicamento?

   —No. No me consta.

   —¿Podría usted ponerme al corriente de los antecedentes? Es decir, ¿cómo ha venido evolucionando hasta alcanzar el lamentable estado en el que este se encuentra?

   —¡Sí, claro! Verá usted, en marzo de este año, fue ingresado con unos síntomas parecidos a los que presenta ahora y le diagnosticaron hepatitis aguda…, desde hace unos días, se ha sentido fatigado, ha tenido algunas décimas de fiebre, ha vomitado y sufrido fuertes dolores en las articulaciones. Y, además de haberle salido un sarpullido por todo el cuerpo, lleva varios días negándose a comer, y cuando orina, el color es bastante oscuro y de un olor fuerte y desagradable.

   —Y, ¿cómo es que no han acudido antes al hospital? —irrumpió el internista, con un tono áspero y seco.

   —Él, se negaba a venir —argumentó con voz clara y suave—, e incluso estando así: sus fuerzas son superiores a las mías.

   —Ya, ya me imagino… e incluso la puedo comprender; pero eso no justifica nada —replicó y juzgó con frialdad, el facultativo.

   —Quizás para usted no lo sea, pero sí para mí,