Francisco Izquierdo Herrero en Escritores Aficionados, Escritores, Libros Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 12/1/2018 · 2 min de lectura · +100

Capítulo III, 4ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas


Capítulo III, 4ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

   












   Al llegar junto al oficinista:

   —¿Quién me llama? —indagó intrigado.

   —Ha dicho que es tu cuñada, Teresa.

   «¿Pa que me llamará, esta?», pensó, mientras se acercaba al desgastado, negro y polvoriento teléfono—: ¿Sí?, dígame.

   Al otro lado de la línea, con voz entrecortada informó sin poder contenerse.

   —Hola, buenos días. Soy Teresa. Te llamo para informarte de que tu hermano está ingresado en el hospital; creo que será mejor que te acerques cuanto antes.

   —Pero ¿l’ha ocurrio algo? —exigió sobresaltado.

   —¡Está muy grave! —exclamó, todo lo alto que le permitió su angustiada voz—. Es todo cuanto puedo decirte.

   —Bien, bien. Ahora mismo voy, ¿en qué planta está?

   —Está en la UCI —respondió entre sollozos.

   Emiliano, intuyendo, por lo que este había escuchado, y sin querer entretenerle ni un segundo más, instó al operario.

   —No te preocupes por el trabajo, atiende lo urgente y tómate el tiempo que precises ¡A ver si hay suerte!

   Manuel salió con toda celeridad y, sin cambiarse de ropa, se montó en su blanco Renault 19 Chamade.

   Llegó al hospital nervioso y tan pálido como desesperado. — Faltó muy poco para llevarse por delante a un peatón que transitaba por el parking—. Seguidamente se dirigió hasta la sala de espera y, una vez que Teresa le puso al corriente de todo cuanto había acontecido, después de divagar y pasear sin rumbo fijo por toda la sala durante más de un cuarto de hora y, estando un poco más relajado…, una vez concienciado de que allí poco podía hacer por la vida de su hermano:

   —Voy a subí a la cafetería pa llamá por teléfono a mi mujé y a mis hermanos —dijo a la par que comenzó a caminar y, unos segundos después, se giró en mitad del pasillo.

   —Teresa, ¿te apetece un café o alguna otra cosa?

   —No. Gracias. Te lo agradezco, pero prefiero quedarme aquí, por si surge alguna novedad.

   —Está bien, como quieras. Yo, no tardaré en volvé.

   —Aquí estaré —respondió sin levantar la mirada.

   Un par de horas después, la sala de espera se encontraba desbordada; la familia de Antonio al completo se había desplazado hasta el hospital: para interesarse por su estado de salud y, al comprobar que no podrían verle todos a la vez, estos se distribuyeron por toda la estancia. Los hermanos de Antonio fueron a tomar un refrigerio a cafetería. Allí acordaron que, en cada uno de los turnos de visita, Teresa, tendría preferencia sobre el resto de familiares (Aunque, en realidad, no la creyesen con más derecho que cualquiera de ellos).

   En la primera visita, Teresa y Manuel, a través de los cristales observaron que parecía estar sonriendo. «Quizás recordando algún momento interesante de su paso por la vida», pensaron, aunque ninguno de ellos lo exteriorizó. Mientras estos le visitaban, el resto de familiares aguardaban impacientes y deseosos de tener noticias: con la incertidumbre de si la situación actual remitiría a la normalidad…

   Además de que el tiempo, en el hospital, transcurría pesado y tedioso, se notaba cierto distanciamiento entre los presentes, sobre todo entre ella y los hermanos de Antonio. De alguna manera, con sus miradas y la exigua conversación con esta, la hacían sentir culpable de la nefasta situación en la que este se encontraba. La tensión era tal, que el menor de los movimientos inducía a tener que justificarse, ya que todos tenían la misma impresión con respecto al deterioro al que había llegado su pariente.

   Por otro lado, la información que recibían a través del equipo médico era poco reveladora, aunque sí muy preocupante: el estado era crítico, permanecía invariable y no progresaba como cabía esperar después de haberle suministrado la medicación. Y, para más INRI, los doctores no intuían cuanto podría demorarse aquella penosa situación. Eso causaba, en los familiares, gran desesperación.

   En la visita de la tarde, Teresa y Carmen, contemplaron pasar el tiempo, a través de la mampara que les separaba de Antonio, sin descanso, sin esperanzas, sin ilusiones… Mientras que, a los que aguardaban noticias en el exterior, la espera se les hacía larga, soporífera e incómoda: parecía como si el maldito tiempo hubiese decidido hacer un largo y pausado alto en el mismísimo umbral…

                                                                                                    *****

Gracias por la atención.
Saludos