Francisco Izquierdo Herrero en Escritores Aficionados, Escritores, Libros Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 13/1/2018 · 2 min de lectura · +100

Capítulo III, 5ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

Capítulo III, 5ª parte del episodio 18 de Vidas Truncadas

















                                                                                                                                    15 de noviembre de 1996, visita matinal.

   Manuel y Teresa caminaban apresurados por el estrecho corredor que comunicaba con los Boxes de la Unidad de Urgencias Hospitalarias, Antonio estaba situado en el número 1. Impacientes esperaban a que algún auxiliar corriese las cortinas desde el interior… Ambos se quedaron atónitos al contemplar que además haber sido monitorizado e intubado, estaba atado a la cama.

   Teresa percibió como su cuerpo era recorrido por un vertiginoso escalofrío a la par que sintió una necesidad imperiosa de tragar saliva y, sin saber por qué, su corazón comenzó a latir como si hasta él hubiese llegado de repente el triple de sangre que de costumbre; sus piernas flaquearon y, de no haber sido por la rápida acción de Manuel, hubiese caído al suelo… Ambos se miraron a los ojos y, sin pronunciar ni una sola palabra, pudieron comprobar que sobre sus mejillas deslizaban infinidad de gotitas saladas.

   Tras recibir el impacto y recobrar la «compostura» vieron como hacia ellos se acercaba una auxiliar, portando un folio en su mano derecha, y como al llegar a su altura lo extendió y se lo mostró a través de la mampara:

   «Al terminar la visita, en el despacho que hay junto a la salida, a mano derecha, les estará esperando el Dr. García».

   Sala de juntas e información a familiares 13:10h.

   —Buenos días doctor —dijeron los recién llegados.

   —Hola —respondió al tiempo que con su mano derecha les hacía un gesto invitándoles a entrar en el despacho—. Siéntense por favor. En primer lugar, les pido disculpas por no haberles informado a su debido tiempo, han surgido algunos imprevistos con otros pacientes…

   —No se preocupe doctor, somos conscientes de que en la vida hay prioridades, continúe usted, por favor —alentó Teresa.

   —Anoche, sobre las tres más o menos, Antonio vomitó sangre, algo que confirmó mis sospechas, en la actualidad el cuadro que presenta se corresponde con una encefalopatía en tercer grado. Es por eso mismo que le hemos tenido que intubar, conectar ventilación mecánica e introducirle la sonda gástrica para su alimentación. Le hemos suministrado los medicamentos habituales y, solo queda esperar a ver como evoluciona, cualquier pregunta por parte de ustedes o cambio en la evolución del paciente será atendida en esta sala, media hora antes del horario de visitas.

   —Perdone doctor, eso quiere decir que, ¿por qué está atado a la cama?

   —Discúlpenme de nuevo, se me ha ido el Santo al Cielo, el motivo de su inmovilización es debido a que tiene movimientos bruscos e involuntarios y con el único fin de prevenir males mayores.

   —Eso quiere decí que está peó y, ¿que se está muriendo? — inquirió Manuel.

   —Con respecto a lo primero es una complicación bastante habitual en estos casos, en cuanto a lo segundo es algo que no está en manos del equipo médico; pero recuerden que, mientras hay vida, la esperanza es lo último que se pierde.

   —Gracias por atendernos doctor —dijo Teresa a la par que se ponía en pie.

   —Por favor, no hay nada que agradecer, solo hago mi trabajo.

   —Adiós, doctó.

   —Adiós, adiós… ¿mm?

   —Manué, me llamo Manué.

   Al regresar junto al resto de familiares, Teresa por un lado y Manuel por otro fueron poniéndolos al corriente de la actualidad sin entrar en pormenores e indicándoles que solo cabía esperar… El trascurso de las horas era tan pausado y tedioso como las ineludibles murmuraciones que llegaban hasta los oídos de quienes estaban más distantes. «Más vale que se hubiesen interesado antes por él y no estar aquí haciendo el paripé con vistas a los demás», pensó Teresa, sentada con las piernas cruzadas y balanceando enérgicamente su pie izquierdo mientras se comía las uñas desconsoladamente. Frente a ella, sentado, con los brazos cruzados a la altura del pecho, con la mirada perdida hacia el techo, con serio semblante y apretando de vez en cuando las mandíbulas, se encontraba Manuel:

                                                                                           *****


Gracias por la atención.
Saludos