Francisco Izquierdo Herrero en Aficionados a leer, escribir y compartir, Comunicación y Periodismo, beBee en Español Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 4/3/2018 · 10 min de lectura · 1,5K

¿Crees en las premoniciones?

¿Crees en las premoniciones?


                                                     4 marzo, 2018 por franizquiero, posted in en el fondo del mar

   


Apenas faltaban cinco minutos para que comenzase la función, Meritxell entró impetuosa en el vestíbulo del Cinesa temiendo que se agotasen las entradas; la ansiedad era tal que no reparó en el hueso de aceituna que se hallaba perdido en mitad de la vasta antesala, lo pisó, y tras dar un aparatoso salto, quedó tendida de espaldas contra el marmóreo suelo. Durante unos interminables segundos, intentó reincorporarse moviendo en vano las piernas y los brazos, tal como lo haría cualquier escarabajo que se encontrase en su misma situación. «¡Uy, por Dios! ¡Qué vergüenza! ¡Tierra trágame!», pensó, al percatarse que el ritmo del corazón aumentaba de manera vertiginosa y que su rostro era invadido por un calor repentino y sofocante.

   Un atlético joven, que se encontraba junto a la taquilla esperando el cambio tras haber adquirido una localidad, acudió en su auxilio:

   —¿Te has hecho daño?, ¿puedo ayudarte? —consultó con voz nasal.

   Meritxell permaneció en silencio por un breve espacio de tiempo, el justo y necesario para darle una repasada de arriba abajo. «No es nada del otro mundo, no es alto ni bajo, no es guapo ni feo, ni tampoco tiene una linda voz; pero, además de lo dulce y atento que parece, tiene unos azulados y preciosos ojos que hablan por sí solos», pensó mientras comprobaba su reloj de pulsera—: «Son las 19 horas del mes 1 del día 19 del año 1991… ¡Ostras!, eso quiere decir que es capicúa, y como intuyo que las cosas no pasan solo así porque sí y creo que todo en este mundo tiene que ver con las benditas señales…», pensó, absorta en sus introspecciones, sin saber si lagrimear o partirse el culo de risa.

   —Sí y no —indicó desgajando el silencio al cabo de un tiempo.

   —Perdona, pero no te entiendo —susurró bosquejando un ademán.

   Ella, sintiendo el aletear de las mariposas en el estómago, puso cara de no haber roto nunca un plato, y tras una amplia sonrisa, que dejó al descubierto por unos instantes su blanca, cuidada y perfecta dentadura.

   —El sí, es para tu segunda pregunta y el no, para la primera: ya me puedes perdonar; pero es que yo suelo invertir el orden de los factores, es algo que también me ocurre con los números y las letras: lo llevo en mis genes.

   —¡Ah!, no sabía: ya lo siento.

   —Nada. Tranquilo ¡Y muchas gracias por el amparo!

   —No tienes nada que agradecerme…, ya sabes, hoy puede ser por ti y mañana, por mí, ¿mmm?

   —Perdona, ¡qué tonta!, aún no te he dicho mi nombre —dijo con voz suave al compás que le ofrecía su pequeña y temblorosa mano—, yo me llamo Meritxell.

   —Encantado, el mío es Alberto Doménech —respondió, haciendo ademán de acercarse para darle un par de besos en las mejillas, y tras el acto de cortesía, él se dirigió hacia el interior de la sala y ella hacia la taquilla.

   Unos minutos después, se apagaron las luces y comenzó la proyección. Y, casualidades de la vida o no, llegó acompañada por el acomodador hasta la fila y el asiento que, bien por suerte, azar o vete tú a saber… le había correspondido.

   —¡Vaya!, parece que el destino se ha empeñado en que tú y yo tenemos que estar cerca el uno del otro —dijo Meritxell, mientras se desprendía de la negra cazadora de cuero y se acomodaba en la butaca con la prenda replegada sobre sus piernas.

   Él asintió un par de veces con la cabeza, dejando ver la emotividad que reflejaba su rostro.

   —Sí, sí, parece ser que sí.

   —¡Sshhh! ¡Sshhh! —emitió una oronda señora que estaba en la fila que les precedía, volviéndose hacia ellos con el ceño fruncido, llevándose el dedo índice hacia los labios, soltando reiteradamente el aire de sus pulmones con ímpetu y desagrado.

   —¡Callarse ya coño! —gritó otro espectador, con tono iracundo y la mirada fuera de sí desde la última fila—: Ya tendréis tiempo de hablar en la puta calle ¡Joder!

   Alberto y Meritxell se dejaron escurrir en la butaca hasta que sus cabezas quedaron ocultas por el respaldo, permaneciendo en silencio hasta el final de la película, dedicándose alguna que otra mirada furtiva entre escena y escena: «No es que sea nada del otro mundo, pero parece simpática», pensó, sin más, Alberto. Ella, por el contrario, se dejó llevar por su hiperactiva imaginación, y tan pronto se veía en mitad de la Diagonal sentada en una carroza imperial del siglo XVIII, de estilo francés, tirada por siete blancos y briosos corceles con dirección al Paseo de Gracia para contraer matrimonio con Alberto Doménech en la parroquia de Santa María de Gracia como en su propia casa cuidando de sus dos retoños, dos, porque ella seguía convencida que, además de escritora y esposa, sería madre de un niño y una niña.

   Al finalizar la sesión, aún en la antesala:

   —¡Vaya!, lo que me faltaba —dijo con voz altiva Meritxell, al observar el brillo que reflejaban las gotas de agua al ser atravesadas por la luminiscencia que sobre estas ejercían las farolas.

   Interiormente, Alberto se sintió pletórico, aunque no lo exteriorizó.

   —Esto… yo, que te iba a decir… he venido en coche y… —entonó susurrando—, si quieres te puedo llevar.

   Ella, sin poder ocultar el brillo de sus ojos ni la emotividad que reflejaba su faz.

   —No. Gracias. No te molestes por mí, esperaré un momento a ver si afloja la lluvia…

   —No, si para mí no es ninguna molestia. Esto, en realidad…   —Tragó saliva, tomó aire y tras aclarar la voz—, es que…

   —Es que ¿qué?

   —Yo, la verdad es que… —soltó tras una breve pausa—, no sé cómo decirlo sin que me tomes por un fresco y te enojes conmigo.

   —¿No puedes dejar de andarte por las ramas?

   Alberto notó que le abrasaba el rostro, y como si el corazón intentase salirse del pecho, y tras contar hasta tres.

   —Pareces una chica agradable, guapa, interesante, y la verdad es que me gustaría conocerte un poco más: si a ti te parece bien, claro.

   Ella asintió con la mirada.

   —Está bien, ya que insistes, aceptaré tu invitación. Espero que entiendas que no tiene porqué significar nada más, ¿te queda claro?

   —Puedes estar tranquila, quienes me conocen saben que soy hombre de palabra…

   —¿Y dónde tienes el coche? —consultó sin dejarle terminar la frase.

   —Es aquel negro que está allí —indicó señalando hacia un Opel negro que se encontraba al otro lado de la calzada—. Espérame aquí, que voy a dar la vuelta y te recojo enseguida.

   —De acuerdo, aquí estaré.

   Al salir del edificio.

   —Alberto —gritó Meritxell

   —¿Sí? —consultó él, girando la vista hacia atrás.

   —Ten mucho cuidado al cruzar… Ya sabes, más vale llegar tarde que… —sugirió acompañando a sus palabras con una dulce sonrisa. Él, levantó la mano derecha con el puño cerrado y el pulgar hacia arriba y le guiñó un ojo antes correr hacia el vehículo.

   Ella, sintiéndose gozosa, siguió con la mirada la trayectoria del automóvil hasta que este se perdió en la distancia. Un par de minutos después, frente a la puerta del Cinesa se detenía con suavidad, y de igual modo, se abría de par en par la puerta del copiloto de un Opel Kadett.

   —¡Vamos princesa! —gritó Alberto desde el interior al tiempo que con la mano hacía el ademán de invitarla a subir.

   —Bueno, tampoco te pases con tanta galantería: cuando te dirijas a mi bastará con que lo hagas por mi precioso nombre  —aclaró al tirar hacia ella de la puerta, mientras se acomodaba en el asiento y se abrochaba el cinturón de seguridad.

   —¡Oh!, perdona. Mi intención no era molestarte, sino todo lo contrario.

   Alberto metió primera, y tras cerciorarse de que no venía ningún vehículo en su mismo sentido, a través del espejo retrovisor, indicó su intención de incorporarse a la vía accionando hacia abajo la palanca que activa el sistema de las intermitencias.

   De súbito, el rostro de Alberto adquirió una desproporcionada tonalidad grana, un nudo se apoderó de su garganta, el sudor de la frente comenzó a deslizarse por sus sonrojadas y candentes mejillas, y tras una larga pausa, para romper el silencio, no se le ocurrió otra cosa que preguntar algo tan arcaico y manido como: «¿Estudias o trabajas?».

   —En la actualidad, yo acudo cada día a la Universidad, estoy cursando primero de Empresariales.

   El rostro de Alberto se transformó de manera vertiginosa hacia un estado de bienestar.

   —¡Por Dios! No me lo puedo creer.

   Ella, ignorando a santo de qué venía la efusividad manifiesta ni el énfasis en sus palabras.

   —¡¿El qué?!… ¿Cómo dices?

   —Pues es bien fácil y…

   —Perdona; pero la verdad, es que: no te entiendo.

   —…me extraña mucho el hecho de no habernos visto por el Campus.

   —Alberto —dijo frunciendo el ceño y alzando un tono la voz, en señal de desagrado—, ¿siempre te muestras así de enigmático?

   —No, no, ¡por Dios!, no me malinterpretes… se trata de que es algo cuanto menos asombroso, ¿no te resulta extraño el hecho de que dos personas que están estudiando la misma carrera, en la misma Universidad y, sin embargo, ninguno de los dos sepa de la existencia del otro?

   —No, para nada; a veces, el destino se muestra así de caprichoso y…

   Alberto apartó uno segundo la vista del tráfico rodado y miró fijamente a los ojos de Meritxell.

   —¡¿El destino?! —exclamó adoptando ademán de incertidumbre.

   —¿Acaso tú crees que las cosas ocurren así, sin más?

   —¡Ah!, y hablando del destino… te recuerdo que aún no me has dicho qué dirección tengo que tomar para llevarte a casa.

   —Sigue recto, y al llegar a la altura del edificio de Planeta DeAgostini giras a la derecha, y un par de calles más abajo te indicaré cuándo tienes que parar… ¿Tú no crees que puede haber algo más que lo que vemos a simple vista? ¿No crees en las señales?

   —La verdad es que no he sentido interés ni me fijado nunca en esas cosas… pero en las señales sí que creo, sobre todo en las de tráfico: de no ser por ellas, posiblemente no sabríamos que hacer ni a dónde ir y…

   —¿Te estás burlando de mí? —gritó enojada, con tono amenazador.

   —No acostumbro a reírme de nadie por principios. En cuanto al resto, decirte que no se trata de escepticismo Meritxell, sino que quizás se deba a que es algo que hasta ahora no me lo he planteado.

   —Está bien. Agradezco tu aclaración, y por otro lado, decirte que fin del viaje.

   Durante el trayecto, ninguno de los dos hizo el menor caso a la emisora sintonizada. Es más, ni siquiera eran conscientes de que estuviese conectada. Alberto paró el vehículo con suavidad.

   —No estarás enfadada, ¿verdad? —consultó con voz baja y melosa.

   —No, no: sencillamente es que ya hemos llegado.

   Ambos se hallaban absortos, diciéndose con la mirada todo aquello que sentían el uno por el otro sin necesidad de romper el silencio, cuando, de súbito, el «Destino» hizo posible que en aquel instante comenzase a ser audible el Je t´aime, de Serge Gainsour, interpretado a dúo por el propio autor y Jane Birkin.

   Al terminar la hermosa y romántica canción, Alberto intentó acercarse para besarla, ella retrocedió a pesar de que era lo que más deseaba en aquel momento. Durante unos segundos, Meritxell luchó contra la arrebatadora pasión que la invadía; pero, se contuvo.

   —Lo siento… he de irme ahora mismo. ¿Nos veremos otro día?

   Alberto se despidió de ella con una caricia, deslizando con suavidad el torso de su mano derecha por la sonrosada mejilla.

   —Eso espero —dijo él sin más y, tras comprobar que la vía estaba despejada, puso rumbo a su hogar.

   Meritxell subió las escaleras de dos en dos, estaba ansiosa por llegar.

   Irene se encontraba en la cocina, terminando de secar los cubiertos que su marido y ella habían utilizado para cenar, cuando fue sorprendida por la arrebatada forma en que su hija se adentró en la vivienda. Durante unos segundos permaneció en silencio y desconcertada:

   —Pero ¿qué te pasa hoy? ¡Cualquiera te entiende! Siempre has manifestado que los días de lluvia te causaban tristeza y desesperación.

   Meritxell asintió reiteradas veces sin ocultar ni el más mínimo atisbo de su satisfactorio estado anímico.

   —Sí, así es y ha sido siempre, mamá; pero hoy, me ha ocurrido algo maravilloso.

   —Cuenta, cuenta: que me tienes intrigadísima.

   —Hoy, he conocido al hombre de mi vida, mamá —soltó de sopetón.

   —¡Válgame el Señor! Espero que no aluda a que te has entregado a un desconocido.

   Al decir esto, el semblante de Meritxell se cubrió de tristeza.

   —Pero ¿cómo te atreves, mamá? —gritó como nunca lo había hecho en casa ni a su madre—, ¿acaso me tomas por una majadera o desvergonzada?

   —Discúlpame hija… me ha cogido todo tan de sopetón, que ni siquiera he tenido tiempo de asimilarlo.

   —¡¿Asimilar el qué, mamá?!

   —Pues todo, tu entrada, tu alegría… la forma en que lo has dicho. ¡Me siento tan estúpida en estos momentos que…!

   —No te preocupes mamá, perdóname tú también por mi atípica y desentonada actitud.

   Irene se abrazó a su hija para colmarla de besos.

   —¿Borrón y cuenta nueva? —dijo a la par que se enjugaba las lágrimas que se deslizaban por su mejilla.

   Meritxell no pudo responder. La voz se quebró en su garganta, y comenzó a llorar.

   Madre e hija se fundieron en un abrazo, apretándose una contra la otra, tratando de apaciguar su desconsuelo mutuamente.

   —Por supuesto que sí, mamá —articuló después de una larga y silenciosa pausa.

   —¿Qué tal ha estado la película?… ¿De qué iba?

   —Tanto la película como los actores han estado espectaculares, mamá.

   El título en español es Línea Mortal. La película va de un grupo de estudiantes de medicina que hacen un experimento que consiste en llevar a uno de ellos hasta la muerte y luego resucitarlo para que cuente cómo ha vivido la experiencia. Luego, después, se van uniendo los demás. Pero el miedo empieza cuando se dan cuenta que, aunque han regresado con vida: ellos no han vuelto solos…

   —¡Uy, por Dios! No sé cómo te pueden gustar ese tipo de cosas.

   —Ya sabes que a mí… los temas del más allá, el esoterismo, las pirámides y todo aquello que no se pueda descubrir a simple vista me envuelve, me atrae, me cautiva y siento una necesidad impetuosa de averiguar qué se esconde detrás de cada palabra, animal, objeto, o persona: es algo innato y soy consciente que me acompaña desde que tengo uso de razón.

   Irene fijó la mirada en los ojos de su hija y dijo:

    —Algo que la familia al completo dábamos por hecho que con el paso del tiempo tus fantasías y excentricidades pasarían al olvido, pero me temo que estábamos equivocados.

   —No lo dudes, mamá. Esto es algo que me acompañará mientras viva y no cejaré en el empeño de conseguir lo que tanto anhelo —dijo blandiendo la mano en alto, clavando la mirada en el cielo, tal y como en su día hiciera Escarlata O’Hara—: ¡A Dios pongo por testigo…!

Cinco años después

   Tras concluir los estudios universitarios, el tiempo siguió transcurriendo tal y como lo tenía previsto ¿el Azar?, ¿la Suerte?, ¿Dios?, ¿el Destino? En fin, qué más da que fuera por lo que fuere, el caso es que, ese día y no otro, con 23 años ella y con 26 él, se unieron en matrimonio, ¡como Dios manda!, quiero decir, por la Iglesia.

   La realidad nada tenía que ver con lo que ella había imaginado y soñado despierta años atrás: no hubo carrozas, caballos y tampoco se celebró en la iglesia de Santa María de Gracia, sino en la de San Juan Bautista. El novio no tenía nada que ver con aquel Lord inglés que tan pronto lo veía a caballo por la Inglaterra Victoriana o como un alto ejecutivo en la actualidad; pero a pesar de todo lo expuesto anteriormente en este mismo párrafo, ella estaba que se desbordaba. Aquel día era muy distinto a los siete desapacibles y tormentoso que le precedieron, el astro rey se había propuesto darle una tregua a Meritxell y decidió acompañarla desde primeras horas. Al salir del templo, y sin importarle lo más mínimo lo que los demás pudiesen pensar de ella, en mitad de la calle, con los brazos y la mirada dirigidos hacia el mediodía: «¡Agradezco la generosidad con la que nos has tratado tanto a mí como a mis invitados!». —Los allí reunidos contagiados por el alborozo que manifestaba el rostro de la recién desposada comenzaron a aplaudir…

   El vestido, de corte evasé, lo había elegido aconsejada por Irene en una galería de Pret-à-porter con el objeto de disimular la anchura de sus caderas, estilizar la cintura y alargar sus piernas. El pelo lo llevaba suelto y tocado con una graciosa corona de flores naturales que hacían resaltar aún más el brillo de los ojos y la melífera sonrisa. Alberto eligió para la ocasión un traje sobrio compuesto por chaqueta, pantalón y zapatos en negro, chaleco grisáceo, camisa blanca, corbata gris plateada y, como complemento, sobresalían del bolsillo de la chaqueta los tres picos de un vistoso pañuelo. Los familiares tanto por la parte de Alberto como por la de Meritxell se habían desplazado hasta Barcelona desde distintas provincias de Cataluña. En total, entre amigos, familiares y vecinos,  se reunieron trescientos cincuenta invitados .




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Francisco Izquierdo

                                                                                                       *****

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                                                                                                      *****

Gracias por la atención y tu valioso tiempo.

Saludos




#8 Me alegro de que te haya gustado. Hay veces que "la liebre" salta donde menos te lo esperas y, de pronto, tu vida da un inesperado giro...

Gracias por la atención, el relevante y por tu aporte.

¡Feliz domingo para ti y los tuyos!

Saludos

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Hector Fong 4/3/2018 · #9

#6 👏👏👍👍🆗✔

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Maria Llopis 4/3/2018 · #8

Me ha encantado !! Así es, a veces tenemos gente a nuestro lado de que no nos damos cuenta , hasta que un día , porque sí y de repente, pasan a formar parte de nuestras vidas !! Gracias!!

+1 +1

@Francisco Jose 🐝 Paredes Pérez Global Brand Ambassador, ♫ volaando voy, volaaando vengo... por el camiiino... yo me entretéééngo ♫

Gracias por la acción y la atención.

¡Feliz domingo para ti y los tuyos!

Saludos

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@Hector Fong, me alegro de que te haya gustado y agradezco tus palabras por intuirlas sinceras.

Saludos

+1 +1
Hector Fong 4/3/2018 · #4

Me ha encantado tu relato es algo que pasa en la vida real lo de la premonición y se que muchos se identificaran con los sucesos en tu novela.@Francisco Izquierdo Herrero muy buena.gracias.buen finde.

+1 +1

@Javier 🐝 beBee, gracias por la atención, la acción y la evidenciada cercanía.

¡Feliz domingo para ti y los tuyos!

Saludos

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