Francisco Izquierdo Herrero en Comunicación y Periodismo, Escritores, Libros Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 11/2/2018 · 5 min de lectura · +700

DIEZ HORAS ANTES DE DESAPARECER

DIEZ HORAS ANTES DE DESAPARECER


   Como cada día, antes de iniciar la jornada laboral, «Dolores Claramunt» se dirigió hasta la máquina expendedora que estaba situada al final del corredor para extraer y degustar una deliciosa infusión de té africano, un ritual que lleva practicando desde el mismo día en que se incorporó a la empresa. Con paso firme, portando el bebedizo en un vaso desechable, se adentró en el pequeño despacho que tenía asignado, y tras depositarlo sobre el escritorio, se desprendió de su abrigo de paño, lo alojó en el perchero, reajustó su indumentaria, y tras dar el visto bueno, se arrellanó sobre un negro y confortable sillón de piel y, a continuación, se inclinó hacia la derecha para conectar el ordenador y, mientras la operatividad de este permanecía inactiva, disfrutó del aromático y suave sabor a vainilla que aportaba esta última al hallarse la mezcla perfectamente dosificada con el té.

   Ese día, sin saber por qué, estaba nerviosa, tensa y suspiraba estrepitosamente con frecuencia:

   —Pero ¿qué me ocurre? —se dijo para sí misma—. Se supone que ya debería de estar acostumbrada, llevo un año haciendo lo mismo y tengo los cabos bien atados: solo es cuestión de ordenarlos.

   —Hola, buenos días —saludó Mara, su compañera de despacho, con voz clara—. ¿Qué tal?, ¿fuiste a verla?

   «Dolores» alzó la mirada de la humeante taza, enarcando una ceja con ademán de sorpresa.

   —Perdona, ya sabes lo despistada que soy —se excusó la recién llegada—: ¿Cómo se titulaba? —consultó esbozando una sonrisa.

   —Sí, sí. Al final, llamé a mi marido y disfrutamos de una excelente velada. Mis hijos, en cambio, optaron por quedarse en casa viendo la programación televisiva; de nada me sirvió el intento de soborno, al hacerles saber que después iríamos a cenar al MacDonald’s: «No te preocupes por nosotros mamá, hoy nos apetece pizza y será tan sencillo como abrir el congelador para sacarla, mirar el tiempo de preparación, introducirla en el microondas y, unos minutos después, ¡ñam! ¡ñam!» —«Dolores» negó con la cabeza—. ¡Hay que ver lo rápido que pasa el tiempo!, por un lado, me parece que fue ayer cuando me casé; y por otro, no soy consciente de que tengo dos hijos adolescentes que ya pueden valerse por sí mismos.

   Mara se volvió hacia ella tras depositar su abrigo, de piel sintética, en el perchero.

   —¿Por cierto, ¿de qué va la historia?… Me refiero a la película.

   El rostro de «Dolores» adquirió la expresividad de interesante.

   —Es un drama que está ambientado en la década de los sesenta, en Nueva York me parece, aunque no me hagas mucho caso. ¡Tengo tantas cosas en la cabeza!… va de unos jóvenes artistas y músicos… El protagonista es, un tal Llewyn Davis, un joven que quiere abrirse camino en el mundo de la música… Ya sabes, trabajos mal remunerados, hambre, frío, audiciones en sitios de mala muerte. ¡Un peaje muy habitual que tenemos que pagar aquellos que soñamos con alcanzar nuestras metas! —exclamó y suspiró ruidosamente—. Pero un día, aparece un director y le da una oportunidad. ¡Ojalá me pasara a mí como a él! ¿Te imaginas?¡Vivir de mi pluma!, sin duda sería lo mejor que me pasara en esta vida. ¡Bufff! No quiero ni pensarlo…

   Mara asintió con la cabeza.

   —El argumento parece interesante. Procuraré verla en cuanto pueda.

   «Dolores» esbozó una sonrisa.

   —Estoy convencida que no te arrepentirás. Pero eso sí, permíteme un último consejo: no te olvides de echar por lo menos un paquete de pañuelos de papel al bolso: yo he llorado a moco tendido.

   —¡Je, je, je! Pero qué exagerada eres, ya sabes que no soy de lágrima fácil.

   —Bueno, bueno, yo te aviso, luego: ya me contarás.

   —Sí, claro. Por supuesto que sí. Pero ¡dejémonos de parlotear!, o de lo contrario, puede que las lágrimas broten como consecuencia de haber sido despedidas por no presentar la auditoría dentro del plazo señalado.

   Ambas guardaron un silencio que, de no haber sido irrumpido por el incesante tic-tac que emitía el que desde lo alto parecía controlar todo lo que allí ocurría, y el alborozo organizado por el vertiginoso teclear, me atrevo a nombrar como sepulcral; pero el tiempo, como siempre, continuaba su transcurrir sin prisas, sin pausas: como si tal cosa, y dos horas después:

   —¿No sales a tomar un tentempié? —susurró más que habló con buenas intenciones, Mara—. Te vendrá bien estirar un poco las piernas, oxigenar la cabeza y relajar la tensión cerebral…

   «Dolores» asintió, en señal de agradecimiento.

   —La verdad es que a mí en estos momentos no me apetece comer nada, así es que aprovecharé para revisar mi correo personal y ver qué se cuece por las Redes Sociales… Una escritora ha de estar al día, ya sabes, cualquier titular puede venir bien y, tras un buen desarrollo, convertirse en una obra fantástica.

   —¡Ja, ja, ja! Está bien. Si es solo por eso, me rindo; pero, aun así: a la vuelta nos tomaremos un par de barritas energéticas —admitió e indicó su amiga y compañera, antes de abandonar la estancia. Y, nada más quedarse sola, comenzó a abrir los e-mails en el orden en que estos se habían ido almacenando; y tras su lectura, los fue eliminando. En total recibió trece, una docena de ellos de sus seguidores en Twiter, Facebook, Blogger…, y, por último, con ese número tan significativo para ella, el de una de las editoriales más importantes de España.

   —¡Ufff!… ¡No me lo creo ni yo!, ¡por Dios!, ¿qué hago?, ¿lo abro?, ¿lo dejo para cuándo llegue a casa? —se dijo para sí misma, apoyando los codos sobre el escritorio, introdujo la testa entre sus manos, y de súbito, comenzó a hiperventilar de manera exagerada, notó que la cabeza no paraba de darle vueltas, que deseaba vomitar, que sus manos estaban frías y que su visión borrosa.

   —¿Qué te pasa ahora?, ¿te ocurre algo? —irrumpió Mara, al retornar de sus veinte minutos de asueto, y sin pensarlo, se acercó, y en ademán cariñoso, le pasó la mano suavemente por la espalda. Sin mediar palabra, «Dolores» levantó la vista y señaló con el mentón hacia la pantalla… Mara leyó con voz normal el nombre del remitente. Durante un par de segundos se hizo presente el silencio—: Esto, entiendo que quiere decir que se han puesto en contacto contigo, pero, aún continúo sin saber si el e-mail es portador de buenas o malas noticias.

   «Dolores» le miró con los ojos fuera de sí y el semblante asustado.

   —No lo sé… no lo he leído… ¡No me atrevo a abrirlo!

   Mara negó con de cabeza antes de pronunciarse.

   —La verdad es que cada día me cuesta más entenderte… creí que anhelabas tener noticias de la editorial y…

   —No, no se trata de eso. —Hizo una breve pausa y aprovechó para tomar una bocanada de aire fresco—. Las cosas no son tan sencillas como en un principio se presuponen o, al menos para mí…

   —¡¿Entonces?! —exclamó Mara desconcertada, alzando la voz, a la par que se encogía de hombros.

   —Ya sabes lo maniática que soy con esto de las señales, las fechas, los números… Pero, te prometo que al llegar a casa lo abriré y, tanto sea para bien como para mal, tú serás la primera en saber el contenido de este correo que tanto me aterra. —Suspiró, hizo una pausa y tomó aire hasta henchir los pulmones—. ¡Es tanto lo que me juego en ello que…!

   —Desconozco el nivel que hayas podido adquirir con respeto a las manías; pero de lo que sí puedo dar fe, es de lo mística que te muestras cuando quieres.

   Ambas rieron durante un instante y retornaron a sus quehaceres.

   Las dos y treinta minutos apuntaban las manecillas del sicodélico y plateado reloj que se hallaba entre el techo y la jamba de roble de la puerta de doble hoja que comunicaba con los demás despachos.

   —Buenos días chicas —irrumpió con voz grave, un alto y apuesto joven de pelo negro y engominado, cuya misión consistía en recoger los informes y depositarlos encima del escritorio de Tomás, el jefe de personal.

   »Ya sabéis que no me gusta apremiar a los compañeros, pero «el amigo», susurró haciendo un gesto con la cabeza, señalando hacia el despacho contiguo—, está que se sube por las paredes.

   Ellas sonrieron tímidamente y se hicieron las remolonas durante unos minutos…

   —Bueno, ¿qué?, ¡¿no decís nada?! —dictaminó el fornido joven, acompañando sus palabras moviendo con ímpetu la cabeza hacia arriba, en señal de desconcierto.

   —No te preocupes, está todo bajo control… la demora se debe a que a nosotras sí nos gusta someterle a presión —especificó Mara, con una pícara sonrisa dibujada en su rostro—. Ya sabes, se trata de un círculo vicioso como el de la pescadilla que se muerde la cola, él nos presiona, y nosotras le puteamos hasta última hora.

   —Sí, si hasta ahí lo entiendo, pero ¿sabéis qué?… Al final, el único que sufre las consecuencias: no es otro que el «menda lerenda» —aclaró señalándose reiteradas veces sobre el pecho con el dedo índice.

   —Está bien, siendo así, no dilatemos la situación —admitió «Dolores», al tiempo que le entrega los documentos solicitados—, pero que conste que lo hacemos por ti y no por ese tirano.

   —Os lo agradezco enormemente chicas… ¡No os imagináis el peso que me quito de encima! —exclamó antes de desaparecer por el mismo lugar que había llegado.

   —¡Hay que ver lo malévolas que somos! —exclamó Mara.

   —Ya sabes que me encanta terminar mis obras con finales felices. ¿Acaso la vida no podría ser cómo una novela?, ¿te imaginas?, poder poner un bonito final a todas y cada una de las circunstancias y vicisitudes que puedan acontecer mientras estás viva.

   —La verdad es que a veces siento envidia sana de tu capacidad inventiva, pero, afortunadamente para mí, aún no he alcanzado ese punto de locura que te caracteriza.

   —Querida, ¿me estás llamando loca así, sin más? —consultó alzando la voz con tono jocoso—. Si no fuera por lo buena amiga y compañera que eres, puedes dar por hecho que de ser la protagonista de una de mis novelas romperías con todos mis esquemas… ¡Jejeje! incluido el final: por supuesto.

   «Dolores» se levantó y dirigió sus pasos hacia el perchero, recogió y enroscó sobre el cuello un vistoso fular, tomó su maxibolso, de asas cortas, a juego con el abrigo, y después de ponerse este último, sobre su cabeza, se colocó un sombrero de cloché color chocolate con un pequeño adorno floral en el mismo tono.

   —¿Sabes qué te digo? —informó tratando de poner punto en boca—, que, con esto y un bizcocho, me despido de ti hasta mañana a las ocho —dijo con gesto y tono festivo, mientras volvía la puerta del despacho hacia ella.

   Mara, alzó los brazos al cielo.

   —¡Señor, por fin podré librarme de esta pesadilla!

   Unos segundos después, ambas condujeron sus pasos hacia el ascensor, y al salir del edificio, se dieron un beso de despedida. Al llegar junto a su Scooter, «Dolores» se detuvo un instante para levantar el asiento, y tras el intercambio de sacar el nacarado casco integral y meter con sumo cuidado el borsalino, de tipo cloché, en el lugar que ocupaba el primero, después de ajustar sobre su cabeza la medida de protección, pulsó el botón de arranque, y una en su ciclomotor, y la otra en su plateado Peugeot 206, a eso de las 17:45h., tomando rumbos distintos, se perdieron por las concurridas y transitadas calles de la Ciudad Condal[...].

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