Francisco Izquierdo Herrero en Aficionados a leer, escribir y compartir, Comunicación y Periodismo, beBee en Español Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 10/3/2018 · 4 min de lectura · 1,8K

El tesoro de Tivisa

                     

El tesoro de Tivisa


   Tres cuartos de hora después, dejando atrás el núcleo poblacional e incorporándose a un camino de tierra, bastante adecentado, por cierto, llegaron al destino:

   —¡Hala!, ya podéis bajaros —indicó Juan, con la intención de dejar estacionado el todoterreno ocupando la mitad de la cuneta para dejar la vía libre y no obstaculizar el tránsito rodado.

   Al descender del vehículo, a eso de las once, frente a ellos, a unos cincuenta metros, destacaban, a ambos lados del camino, dos torres de defensa pentagonales que custodiaban y permitían el acceso al extenso yacimiento ibérico (superficie cercana a los cuarenta y dos mil metros cuadrados). Unos minutos después, los cuatro se adentraron en el poblado, y Juan, a modo de guía turístico, comenzó a narrar con todo lujo de detalles lo que almacenaba en su testa:

   —El llamado Tesoro de Tivisa fue descubierto en mil novecientos veintisiete y está formado por cuarto páteras de plata dorada y dos collares; aunque, anteriormente, en mil novecientos doce, aparecieron un conjunto de pendientes, pulseras, anillos y monedas… y, en mil novecientos veinticinco, un par de bueyes de bronce. En la actualidad, muchas de las espectaculares piezas arqueológicas localizadas en el asentamiento se encuentran en el Museo de Arqueología de Cataluña, en Barcelona.

   A medida que transcurría el tiempo y avanzaba la interesante y caudalosa información, la intensidad de la voz de Juan fue disminuyendo hasta el punto de llegar a pasar inadvertida para los oídos de Meritxell… De pronto, el espacio se llenó de rumores, de animales y de gentes que iban de aquí para allá. Por un lado, vestidos con un traje de tela con ribetes rojos, al más puro estilo de los romanos, los guerreros se estaban preparando para algo; por el otro, con una especie de peineta sobre un trabajado moño y cubierto todo por una mantilla, se paseaban con tanta parsimonia o más que un camaleón, un par de sacerdotisas que semejaban la viva imagen de la Dama de Elche. La paz y el sosiego que reinaba entre aquellas gentes que conversaban apaciblemente unos, y, construyendo vasijas otros, que adornaban con todo tipo de animales y escenas de caza fueron irrumpidos, sin previo aviso, por la algarabía que hizo que todo diese un giro de 180º. En lo alto de las geométricas torres, aullaba, con pesar, una pareja de lobos que hacían presagiar que algo no iba bien. El estridente relinchar de los recelosos corceles evidenciaba un nerviosismo colérico y, como por arte de magia, los nobles, y hasta entonces pacíficos guerreros, se habían transformado por completo.

   Los aguerridos íberos calzaban alpargatas que se ataban a los pies y hasta las piernas y avanzaban gritando cubiertos con el sagum —una prenda de lana utilizada en invierno— para protegerse del tan fugaz y variable cambio climático y los otros con las piernas y los pies enfundados en una especie de botas de piel y pelos de animal. Unos y otros corrían blandiendo sus armas con la intención de dar alcance a quienes huían despavoridamente ladera abajo, unos seres ataviados a la usanza de principios del siglo XX, quienes, a diferencia de los unos y los otros, el objetivo principal por el que estos galopaban con tanta angustia y desesperación no era otro que el de ponerse a salvo de sus perseguidores y, a pesar de que iban cargados como bueyes con los tesoros más preciados de quienes trataban de apresarlos, sus ágiles piernas les permitieron arribar hasta una embarcación que, además de lucir en lo alto del palo mayor una ondeante y negra bandera cuya implícita simbología me voy a permitir obviar, estaba anclada en la misma orilla del río que goza de tener la fama de ser el más caudaloso de la península ibérica.

   Entre el poblado y la barcaza mediaban ciento quince metros y, entre la realidad y la ficción, una hora en la que Juan no había dejado de narrar ni para tomar aliento.

   —Meritxell —gritó acongojado y reiteradas veces Alberto—, ¿te ocurre algo?

   La joven permanecía inerte, con la cabeza ligeramente ladeada hacia la izquierda, con la mirada centelleante y, de la comisura del labio inferior, de la entreabierta boca, pendía un fino y viscoso hilo de saliva.

   —Cariño, Cariño —insistía Alberto, al tiempo que le agarraba de los hombros y le zarandeaba con sumo cuidado.

   Meritxell volvió a la realidad.

   —¿Qué?, ¿qué pasa?, ¿qué son esos gritos?

   —Me has asustado, cariño —respondió con voz trémula—. Ha sido terminar de hablar Juan y al volverme hacia ti y verte en ese estado tan…

   —No, no. Tranquilo mi amor: es tanto el sosiego que aquí se respira, que, sin darme cuenta, me he dejado llevar por los pensamientos hasta donde estos han querido.

   Juan y Trinidad se miraron a los ojos y, ante semejante situación, y, sin nada que decir ni objetar, se encogieron de hombros dando el asunto por zanjado.

   —¡Jo!, como pasa el tiempo —repuso Meritxell al sentir lo vivido como algo efímero.

   —Sí, que ya va siendo hora de regresar…

   —¿Perdona?… ¿cómo dices? —consultó fijando su mirada en los ojos garzos de Juan, cuyos párpados llamaban la atención por marchitos y enrojecidos, como suelen tenerlos quienes leen mucho.

   —… a la civilización —afirmó Juan poniendo rumbo hacia el Nissan.

   Al llegar al núcleo poblacional, tras detener el vehículo bajo un árbol.

   —Cariño, ¿dónde vamos ahora? —susurró Trinidad.

   —Siendo la hora que es, y aprovechando que estamos junto al bar, ¿se os ocurre otra cosa mejor que entrar a comer?

   —¡Lo que hay que ver, Señor mío! —dijo alzando la voz Trinidad—, a pesar de los años que llevamos juntos aún consigues sorprenderme.

   Alberto y Meritxell guardaron silencio.

   —Y eso, según tú propio criterio, ¿qué quiere decir?, ¿que es bueno, malo? —consultó Juan con marrullería.

   —Eso, cariño mío, quiere decir lo que he manifestado sin más: ya sabes que yo no soy de andarme por las ramas.

   Entraron al establecimiento y, una vez que dieron cuenta del variado menú del día y tomar café en la sobremesa, tras abonar la cuenta el mismo que conducía y hacía de anfitrión, propuso retornar al punto de partida. Los demás asintieron con diferentes gestos.


                                                                                                         *****

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                                                                                                        *****

Gracias por la atención.
Saludos




Patricia Castaño 20/3/2018 · #10

#9 😊

0

@Patricia Castaño, gracias por la atención, el relevante, compartir y comentar.

Saludos

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@Sergio Weinfuter, gracias por la atención, por compartir y por el desinteresado apoyo que me brindas
¡Feliz domingo para ti y los tuyos!
Saludos

+1 +1

@Hector Fong, gracias por la atención y por compartir.

Saludos

+1 +1

#5 Sí, pero a pesar de que, _a priori_, pueda parecer que se trata de una novela negra, policíaca, de misterio, de suspenso, thriller… en realidad no lo es al uso, aunque si que hay un poco de todo; pero a mi manera.

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Hector Fong 10/3/2018 · #5

La intriga esta servida: La inmediata reacción de sus lectores, a través de las Redes Sociales por donde esta participa, exigiendo respuestas claras y concisas con respecto a «¿Qué ha pasado?, ¿quién ha sido?, ¿cómo ha ocurrido?, ¿cuándo ha acontecido?, ¿dónde está?, ¿por qué ha desaparecido?», hace que la alarma social generada consiga poner en marcha un dispositivo policial con un único objetivo: encontrar la solución a las seis incógnitas planteadas.

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@Anca Raileanu, para una persona normal sí resulta difícil; pero como ella anhela convertirse en escritora y, como bien sabes o deberías de saber, según dicen por ahí: La personalidad creativa parece caminar por la frontera entre cordura y locura... o dicho de otro modo, que existe una estrecha línea entre la genialidad y la locura, y hasta aquí puedo desvelar...

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Anca Raileanu 10/3/2018 · #3

#2 Si, eso, que se quedó imaginando tan profundo que se salió de la realidad. Es difícil llegar a ese grado.

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