Francisco Izquierdo Herrero en Comunicación y Periodismo, beBee en Español, Escritores Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 8/3/2018 · 5 min de lectura · +600

Huevos camperos


Huevos camperos



   Alertados por el alboroto que formaron los canidos, Alberto y Juan salieron de la masía para recibir a sus respectivas parejas.

   —¿Qué os pasa con ese barullo que os traéis? —curioseo Alberto con tono agradable.

   Meritxell comenzó a narrar con todo lujo de detalle y valiéndose de exagerados aspavientos consiguió que todos se contagiasen de su inesperado ataque de risa.

   —¿Pasamos a comer o qué? —preguntó Trinidad.

   —Yo estoy llena —repuso Meritxell pasándose la mano a la altura del estómago.

   —También estoy servido —objetó Alberto imitando el gesto.

   —Yo comeré algo, aunque solo sea por acompañarte —anunció Juan.

   —Cariño, tampoco hace falta que te sacrifiques tanto por mí. Entiendo que si habréis echado un bocado a media mañana ahora no os apetezca comer.

   Al finalizar Trinidad de manyar, tomando café y una copita de licor, los tertulianos pasaron la tarde intercambiando opiniones sobre la vida, los gustos personales, la familia, la Ciudad Condal…, y sin ser conscientes del transcurso del tiempo, llegó la hora de cenar.

   —Bueno, qué, ¿echamos sopas o comemos? —propuso Trinidad.

   —Comemos, comemos —respondió Juan—. ¡Qué tengo más hambre que los pavos del tío Manuel!

   —A ver chicos —dijo Trinidad, para llamar la atención de los huéspedes—. Nosotros vamos a cenar parte del cordero estofado que había preparado para mediodía. Imagino que será mucho para vosotros a estas horas, ¿verdad?

   Meritxell asintió e informó:

   —Por las noches, solemos cenar algo ligerito, una tortilla francesa, sándwiches vegetales o de jamón de York y queso.

   —Pues, aquí os puedo preparar unas tortillas y queso fresco y algo de picoteo, aceitunas, almendras y poco más —repuso Trinidad.

   Después de consultar con la mirada a Alberto.

   —Tomaremos tortilla y queso.

   Trinidad fue en busca de los huevos a la alacena y, a continuación, del frigorífico sacó medio queso fresco y regresó.

   Meritxell se puso en pie y se acercó hasta la cocina económica.

   —Deja, no te molestes. Las tortillas las puedo hacer yo misma.

   —Bien, como quieras… ahí en el escurridor hay platos y en el aparador están los cubiertos.

   Al cascar los huevos para batirlos, a Meritxell se le escapó un chillido.

   —¡Hala!, hay uno con dos yemas.

   —Salen bastantes —añadió Trinidad, mientras retiraba del fuego las porciones de estofado que había separado previamente de la cazuela grande—; tenemos seis gallinas que suelen ponerlos con esas características.

   —Qué distintos son a los que compramos en Barcelona —dijo al observar el naranja fuerte de las yemas.

   —Estos no tienen tanto colesterol como los de granja —intervino Juan orgulloso.

   Unos minutos después, sentada a la mesa.

   —¡Hmmm!, las tortillas están deliciosas, y que conste que no lo digo porque las haya hecho yo, sino por su sabor… ¿Y por qué tienen menos colesterol?

   —La alimentación es la base fundamental, recuerda que animales y personas somos lo que comemos, y los productos naturales carecen de tantos potingues como se añade a los piensos para el ganado, los conservantes y, ¡vete tú a saber!, cuantas inmundicias comeremos sin ser conscientes de lo nocivas que puedan resultar para nuestro organismo.

   —Anda, cariño, calla un poco y déjanos cenar tranquilos —sugirió Trinidad con tono afable.

   Al cabo de un rato, después de haber dado por finalizada la cena, Meritxell se ofreció para fregar y recoger todo antes de reunirse en torno a la mesa con la intención de relajarse e intercambiar opiniones con respecto a los pros de vivir en el campo y los contras de hacerlo en la ciudad… Dos horas después, tras desearse mutuamente «¡felices sueños y que paséis buena noche!», partieron hacia sus respectivos dormitorios.

   La austeridad en la habitación era tan pronunciada que Meritxell no tuvo que invertir más de medio minuto para darse cuenta que el conjunto estaba formado por un armario empotrado, donde se hallaban perfectamente dobladas y colocadas un par de juegos de blancas sábanas y tres o cuatro mantas de pura lana, en color hueso, decoradas con dos estrechas franjas en marrón, un altísimo lecho de matrimonio, cuyo cabecero y pie de cama estaban realizados con algún material que, aun si ser de forja se asemejaban bastante a esta, embellecidos con adornos  de metal dorado, y por encima del cabecero, realizada en escayola, una pequeña réplica de la Virgen del Claustro.

   Las paredes, pintadas de azul pastel le hicieron pensar que tal vez se debiera a que los primos lo hicieron proyectando que algún día la familia se incrementaría, y también en que después de los años transcurridos desde que estos se habían casado: daban por finiquitado el asunto con respecto a los tonos azules, los rosas y la descendencia.

   A eso de media noche, dando por hecho que los anfitriones estarían dormidos, la cama donde se hallaba la joven pareja comenzó a emitir un chirrido que puso sobre aviso de que ambos estaban entregados en cuerpo y alma al placentero y gozoso arte amatorio.

   —¡Vaya!, parece que lo han cogido con ganas —susurró, irrumpiendo el silencio, Trinidad.

   —Déjalos que gocen y se aprovechen cuanto puedan, que con el paso del tiempo: lo irán dejando, al igual que lo hemos ido haciendo los demás, ¿o es que ya no te acuerdas cuando teníamos su edad?

   —Sí, claro. Recuerdo aquellos días en que lo hacíamos tantas veces como días tiene la semana, y ahora quedamos satisfechos con hacerlo una vez cada siete días.

   —Los años no pasan en balde para nada ni nadie, cariño mío… y los que están al caer son cincuenta y cinco.

   —No, no, si no estoy recriminándote nada: afortunadamente para mí, me siento realizada como mujer y persona y, en parte, te lo debo a ti.

   —Gracias por hacérmelo saber, cariño. No hay mayor satisfacción para el ser humano que se precie, que, cuando alguien está intentando hacer las cosas lo mejor que puede, le sea reconocido.

   En torno a las tres, Meritxell se despertó con una perentoria necesidad de evacuar aguas menores, y procurando no hacer más ruido del necesario, a tientas, con los pies, buscó las cómodas pantuflas que había dejado bajo la cama justo antes meterse entre las blancas y frías sábanas. El apremio era tal, que, a pesar de desconocer la ubicación de los interruptores de luz, se lanzó a la aventura a oscuras y comenzó a bajar las escaleras en penumbra y, enseguida, al observar que a cada paso que daba le seguía un pequeño crujido, aguzó el oído con la intención de averiguar qué era aquello que le generaba tanta incertidumbre y había contribuido a aumentar notoriamente su ritmo cardiaco. Al llegar al último peldaño, cesó el misterioso crujir y al comenzar a caminar sobre aquellas baldosas, cuyos dibujos y formas geométricas, a las claras del día, le habían hecho imaginar que estas  formaban  parte de un mosaico que remedaba a las preciosas y vistosas alfombra persas, el silbido que emitían las tejas al ser atravesadas por la ferocidad del insomne y trasnochado viento, que, dicho sea de paso, parecía haberse puesto de acuerdo con los muebles y las sombras que acechaban en la oscuridad, le hicieron ver que estas se iban transformando poco a poco y que cada vez estaban más cerca, de pronto, notó que el corazón quería salirse del pecho, que un nudo en la garganta se había empeñado en impedir el paso al aire que demandaban sus pulmones, que un sudor tan extraño como desagradable se apoderó de la frente y, al sentir cómo un escalofrío recorría su cuerpo de arriba abajo, comenzó a desandar el camino que hasta allí había recorrido…, y sin importarle el crujir de los peldaños ni si despertaba a los demás, subió las escaleras con tanto miedo y celeridad  que ni siquiera fue consciente de que su perentoria necesidad había cesado, tras haber sido liberado el amarillento, húmedo y tibio líquido que a través de sus piernas se había ido deslizando a su libre albedrío.

   Al llegar a la habitación, cayó en cuenta de que si se había levantado era debido a algo y fue entonces cuando se percató de todo cuánto había acontecido en tan desventurada acción, y tras desprenderse con sigilo de todo cuanto estaba mojado, cogió una toalla, que previamente había sacado y colocado sobre el sillón de mimbre justo antes de acostarse, y se enjugó las piernas y sus partes íntimas y, seguidamente, después de ponerse una braga limpia, se metió en la cama como si nada hubiese ocurrido[…].

                                                                                                            *****






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Francisco Izquierdo

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Gracias por la atención y tu valioso tiempo.

Saludos



#3 @Francisco Jose 🐝 Paredes Pérez Global Brand Ambassador, gracias por la atención, el relevante y por compartir.
Saludos

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#1 Agradezco la acción y tus palabras por intuirlas alentadoras y sinceras, pero te recuerdo que, por mis limitaciones, no soy más que un escritor diletante.

Saludos

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Patricia Castaño 8/3/2018 · #1

@Francisco Izquierdo Herrero es un gran escritor y creo que merece un poquito de tu tiempo. 😊

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