Francisco Izquierdo Herrero en Aficionados a leer, escribir y compartir, Comunicación y Periodismo, beBee en Español Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 13/3/2018 · 3 min de lectura · 1,2K

Inesperadamente


Inesperadamente

                                     
 En el fondo del mar


                                                                                                                                                          Miércoles, 18 de febrero de 2004

   Regresaba a la ferretería después de haberse tomado un café con leche y un bollo en el bar de enfrente, costumbre que mantenían desde el primer día los tres descendientes de Vicente Doménech, respetando con excesiva rigurosidad los turnos establecidos en su día por su progenitor y, siempre, dentro de los quince minutos de asueto que les permitía a partir de las diez.

   El recién llegado hizo un ademán de extrañeza, antes de pronunciar palabra alguna.

   —¡¿No ha llegado, papá?! —consultó Alberto.

   —Pues, no, aún no —respondió Alejandro— y la verdad es que es muy extraño en, él.

   —Le hemos estado llamado varias veces, pero no coge el teléfono —informó Jaime, poniendo cara de preocupación.

   —Me acercaré hasta casa para salir de dudas —dijo Alberto, con un pie fuera y el otro aún dentro del establecimiento.

   A eso de las once, después de haber pulsado reiteradas veces sobre el interfono,  al no hallar respuesta alguna e invadido por el desconcierto, asumiendo que no le quedaba más remedio que subir los sesenta y cuatro peldaños que mediaban entre el portal y el rellano donde se ubicaba la vivienda donde él mismo había venido al mundo 35 años atrás, comenzó a subirlos sin prisa pero sin pausa, viéndose  obligado a hacer un alto en el camino: «¡Hay que ver!, con la de veces que me las he subido hasta de tres en tres… ¿Me estaré haciendo viejo? A partir de hoy, cuando se me termine este paquete, dejaré de fumar», pensó, y después de tomar aire y soltar varios suspiros, tras rehenchir los pulmones continuó avanzando de manera sosegada hasta alcanzar su objetivo.

   Una vez frente a la blindada puerta, en sapeli, de manera reiterada y mecánica pulsó el timbre «Sí seré tonto… si no me ha contestado antes por qué lo tendría que hacer ahora», pensó al tiempo que con su mano derecha se golpeaba sobre la frente y, tras sacar la llave de su bolsillo e introducirla en la cerradura, accedió a la vivienda.

   —¿Papá? —dijo mientras se dirigía hacia la cocina, tras darse cuenta que la luz estaba encendida—, ¡¿papá?! —exclamó mientras corría hacia el salón-comedor, todo lo rápido que el mobiliario le permitía, al descubrir que Vicente se hallaba caído en el suelo. Y, sin darle tiempo a pensarlo, se arrodilló junto a él y una vez que comprobó que estaba rígido y frío —aulló más que gritó— llevándose las manos a la cabeza, con el característico ademán que expresan los que se dejan llevar por la desesperación, quedando tan inmóvil como cualquier estatua de bronce durante unos interminables segundos. Después se levantó y comenzó a deambular de aquí para allá por toda la casa sin saber muy bien a quién llamar primero. Al final, se decantó por avisar al Servicio de Emergencias 112, y una vez que informó de todo cuanto sabía, se puso en contacto vía telefónica con sus hermanos.

   Veinticinco minutos después, se personaron en la vivienda tres Mozos de Escuadra (Policía de la Generalidad de Cataluña) y cuando estos procedían con acuerdo al protocolo establecido ante la mínima sospecha o indicio que indique que pueda tratarse de una muerte violenta, llegaban sudorosos y jadeantes el personal sanitario y los técnicos en emergencias. Abajo se había quedado un agente para hacerse cargo de la circulación vial y de la vigilancia de la UVI móvil, mientras atendían la urgencia.  Una vez que Vicente fue reconocido por el médico, este no pudo hacer más que certificar su muerte y así lo hizo constar en el boletín informativo que decía, entre otras cosas, que: «don Vicente Doménech Prol, varón de 65 años, había fallecido como consecuencia de haberse atragantado con un trozo de carne mientras se encontraba en su casa cenando plácidamente».

   La policía, después de haber escrutado cada rincón del lugar de los hechos, al no observar ningún indicio de violencia y dando por válida la conclusión a la que había llegado el facultativo:

   —Por nuestra parte solo nos queda dar parte a la funeraria y que estos le trasladen al tanatorio que le corresponda —informó a Alberto, el agente de mayor graduación.

   Tras consultar con la mirada a los gemelos, que apenas habían llegado a tiempo para escuchar al Mozo.

   —Está bien, de acuerdo —articuló el primogénito entre sollozos mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo de papel.

   Por segunda vez, desde que Vicente se hiciese cargo treinta años atrás de la dirección del negocio familiar, la persiana permanecía bajada en horario comercial, y junto a esta un cartel que decía: «Se ruega disculpen las molestias. El establecimiento permanecerá cerrado hasta las 9:30 horas del sábado 21 del presente por asuntos familiares» y, debajo este, una esquela que indicaba la hora y el lugar del sepelio[…].



                                                                                                     *****

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