Francisco Izquierdo Herrero en Aficionados a leer, escribir y compartir, Comunicación y Periodismo, beBee en Español Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 11/3/2018 · 4 min de lectura · 1,4K

La maja desnuda

La maja desnuda


 … Y, a eso de las cinco y media, fueron recibidos con todos los honores por: una veintena de baladoras ovejas, los efusivos y variados ladridos de los dos canes y el inconfundible y poderoso rebuzno de «Margarita».

—¡Qué graciosos! —dijo con voz altiva Meritxell—, parece como si todos a la vez nos quisieran saludar.

—Parece no: es lo que están haciendo —aseveró Trinidad, mientras se dirigía hacia el vallado para dejar en libertad a los que tras este se encontraban.

—¿Y las gallinas dónde están? —curioseó Meritxell.

—Estarán a punto de meter la cabeza bajo el ala y echarse a dormir —intervino Juan, y tras descerrajar la puerta de entrada, pasaron al interior de la vivienda, y mientras que Alberto y Meritxell subieron a la habitación para recoger sus pertenencias, Juan entró y salió un par de veces de la masía para dirigirse hasta el Nissan.

A eso de las ocho y media terminaron de tomar un poco de sopa y unos filetes de ternera que, Trinidad, había dejado en el frigorífico tras sacarlos del congelador antes de salir de excursión, con la intención de freírlos a la vuelta.

Al cabo de un rato.

—Bueno, la verdad es que se está muy bien aquí, pero habrá que ir pensando en regresar a Barcelona —sugirió Meritxell, después de haber consultado su reloj de pulsera.

—Pues no se hable más —indicó Juan poniéndose en pie con tanta agilidad como lo haría un gato, a pesar de su corpulencia…

—Si esperáis un poco, os acompaño —sugirió Trinidad.

—¡Faltaría más, cariño! —exclamó Juan.

Diez minutos después, llegaban junto al Opel.

—¡Valla!, ¿no hay luz en la plaza? —exclamó Meritxell.

—Se habrá ido —respondió Trinidad—. Hace tiempo que viene dando problemas el transformador y en ello están, pero como ya sabes, las cosas de palacio van para despacio, y en los pueblos aún más.

—Alberto, no cierres aún el maletero —indicó alzando la voz Juan, mientras Trinidad y él se dirigían a la parte trasera del Nissan.

Alberto y Meritxell se limitaron a mirarse durante unos segundos y se encogieron de hombros.

—Pero ¿qué traéis ahí? —preguntó Meritxell.

—Nada, un detalle en agradecimiento a vuestra visita

—Juan, no es necesario: somos familia —repuso Alberto.

—Pues, más a nuestro favor —reafirmó Trinidad.

—Bueno, venga… —comunicó Juan—, que a nosotros no nos gustan las despedidas y, a vosotros, os quedan más de dos horas de camino.

Y, después de abreviar el protocolo de reencuentros y despedidas entre familiares amigos y conocidos, la joven pareja se acomodó en los asientos y, tras abrocharse los cinturones de seguridad, bajando de manera manual los cristales para despedirse con las manos: «Pero eso sí, en cuanto que lleguéis hacernos una llamada para quedarnos tranquilos» —dijo Juan—: «cuenta con ello primo» —dijeron los dos a la par, a la vez que emprendían la marcha.

Un rato después, se unieron al tráfico que rodaba por la AP-7.

—¿En qué piensas, cariño? —preguntó Alberto.

—En todos y cada uno de los maravillosos momentos que hemos vivido y compartido este magnífico y sosegado fin de semana… He disfrutado tanto que incluso he notado como si el tiempo se hubiese detenido para dejarme saborear las fragancias que proliferan en ese paisaje tan puro… Es tan difícil de explicar… he sentido como si la apacibilidad de la campiña se percibiese a través de las fosas nasales y escuchar la esencia de las gentes que la habitan… de cómo afrontan su día a día con otro talante distinto a los que vivimos en las ciudades… de sus mentes serenas y de cómo paladean el agradable sabor de la vida.

—Cariño, me dejas perplejo. Nunca lo hubiese imaginado, y más sabiendo lo del percance con la burra

—He de decirte que a pesar de lo poco que les gusta hablar y expresar sus emociones en público… me he sentido muy cómoda con ellos… Me he dado cuenta de lo atentos, generosos y sinceros que se han mostrado… y se palpa a simple vista lo felices que son.

—Bueno, cariño. Ahora ya sabes que en mi familia nos viene en los genes. Es algo que nos dejó en herencia nuestro queridísimo y extrañado bisabuelo, por parte materna. Prudencio tenía por nombre y puedo dar fe de que era un hombre cabal. Todos los que le conocían le guardaban respeto, y no solo se descubrían ante él cuando coincidían en cualquier lugar, sino que le reverenciaban. Y, ante aquella galantería, siempre les decía lo mismo: «Os agradezco el saludo, pero, ¡por favor!, os ruego que no me hagáis sentir ridículo». Pero, aun así, con sus buenas formas, no logró convencerles y, al final, él, para no ser menos, les respondía de igual manera —Alberto hizo una pausa para tomar aire—. Vivió tan acorde a su nombre que, la prudencia le permitió disfrutar de más de 100 años, en concreto hasta los 103, con sus noches y sus días; y en la tarde-noche del 31 de diciembre de 1977, tras tomarse un vaso de leche que le ofreció su nieta Carmen, su corazón se fue apagando y en un suspiro se fue: sin darles tiempo a enterarse ni a él ni a su descendiente.

Los ojos de Meritxell, enternecidos, brillaron como luciérnagas.

—¡Qué historia más bonita cariño!, ¿te imaginas si llegásemos nosotros?

—En cuanto a la felicidad de los primos, creo que se debe a que viven tan integrados en el medio que ni siquiera necesitan entrar en los bares ni acudir a los supermercados, y no es por no gastar, sino porque no forma parte de su forma de percibir la vida. Ellos aman y respetan a la naturaleza, a los animales y a todo cuanto les rodea… y, ante los demás, se muestran agradecidos de la vida que les ha tocado vivir.

—Quiero algo así para nosotros —dijo Meritxell con voz melosa.

—Todo se andará cariño…

El tiempo anduvo tan rápido que, cuando quisieron darse cuenta, estaban apeándose del vehículo en el interior del garaje. Al abrir el maletero para recoger el equipaje observaron que, junto a un saquete de tela, en cuyo interior había tres quesos, cuatro ristras de chorizo rojo, una garrafa de boca ancha (con capacidad para diez litros) rellena hasta el borde de aceitunas aliñadas, al gusto por Trinidad, y otras dos de aceite de oliva Virgen, de su propia cosecha, en una antiquísima, pero bien conservada huevera de alambre, tres docenas de camperos.

Trinidad y Juan se encontraban recogiendo todo cuando sonó aquella reliquia de aparato que gozaba de ser el primer teléfono que había sido instaló en aquella apartada zona.

—¿Sí? ¡Dígame! —pronunció Juan.

—¡Qué ya hemos llegado! —respondió Alberto.

—¡¿Ya?!, joder… pues sí que le has dado fuerte: no os hacía en casa hasta dentro media hora.

—El GSI 1.8 de inyección directa no está preparado para el campo, pero en autopista pasa de los 220 km/h. si le pisas a fondo; pero vamos, que en ningún momento he pasado de ciento ochenta.

—Bueno, bueno, qué más da el cómo: lo importante es que estáis en casa sanos y a salvo.

—Venga, primo, no te entretengo más, que las cinco dan enseguida. Muchos besos y gracias por todo.

—Besos, igualmente y gracias por la visita.

—Adiós, adiós.

—¡Eh!, cariño no te demores mucho que tengo ganas de ti y te estoy esperando —dijo Meritxell a media voz y tumbada en la cama como si estuviese emulando a La maja desnuda.

                                                                                                        *****


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                                                                                                        *****

Gracias por la atención.
Saludos



Patricia Castaño 11/3/2018 · #12

#11 igualmente Francisco 😊

+1 +1

@Patricia Castaño, gracias por la atención, por el relevante y por compartir.

¡Feliz domingo para ti y los tuyos!

Saludos

+1 +1
Hector Fong 11/3/2018 · #10

👍👍👏👏🆗✔

0
Anca Raileanu 11/3/2018 · #9

#8 Jajaja, no me tientes que igual la burra cuesta menos que el arreglo de mi coche.

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#7 Pues, contando con esa capacidad y metidos en harina ya, imagínate yendo de pueblo en pueblo, megáfono en mano, ofertando tus originales y preciosos pañuelos a lomos de una burra...

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Anca Raileanu 11/3/2018 · #7

#6 Jajajajaja me has matado con la burra. No puedo parar de reír con la imagen mental.

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#5 Sí , como casi en todo, vivir en el campo tiene sus pros y sus contras. Haz como Trinidad, cómprate una "Margarita" para bajar al pueblo y hacer acopio para toda la semana.

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Anca Raileanu 11/3/2018 · #5

#4 Al final somos unos suertudos. En mi caso sin coger el coche estas en la naturaleza tb. Pero para comprar pan, hay que coger el coche. Así estoy yo, subiendome por las paredes después de una semana sin coche.

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