Francisco Izquierdo Herrero en Aficionados a leer, escribir y compartir, beBee en Español, Escritores Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 5/3/2018 · 5 min de lectura · +700

La masía

La masía




                                                                                                                 2

              


                                                                                                                                                                                          Enero, 1997

   Meritxell se hallaba en la cocina de camino hacia la fregadera, con la intención dejar el plato y los cubiertos que había utilizado para comer, cuando, al percibir el repique del teléfono, y tras dejarlo todo precipitadamente sobre la pileta, se dirigió hasta la sala de estar para descolgar el ruidoso aparato:

   —¿Sí?, ¡dígame!

   —¿Qué tal os va la vida? —consultó con voz clara y altiva.

   —¡Hombre, Juan!, qué alegría más grande —exclamó—. La vida, gracias a Dios, nos va bastante bien. Ya sabes, tu primo sigue trabajando en el almacén con los mellizos y acatando sin rechistar las órdenes de tu querido tío Vicente y yo sigo codo con codo trabajando junto a mi madre encargándome al mismo tiempo de atender a los clientes, de la contabilidad y la fiscalidad de los dos negocios.

   —Me alegro de que todo os vaya viento en popa… y, hablando de todo un poco, ¿por qué no os animáis y pasamos un fin de semana juntos aquí?... Estoy convencido que un descanso os vendría bien.

   —Sí, sí, ¡por supuesto, que sí! ¿os viene bien el próximo finde?

   —Ya sabes que aquí podéis venir cuando os apetezca.

   —Sí, lo sé y se agradece que así sea. ¿Está por ahí Trinidad?

   —No. En estos momentos se encuentra en el pueblo, ya sabes que aquí el pescado fresco solo llega los martes.

   —Bueno, pues, dale recuerdos de mi parte, y si no tienes nada más que decirme, el sábado a primera hora estaremos ahí.

   —Okey, prima. En eso quedamos.

   —Adiós, hasta entonces.

   El tío Vicente era un sexagenario alto y corpulento de cortos y plateados cabellos, que, tras el inesperado fallecimiento de su esposa, había tenido que asumir la ardua tarea de sacar adelante a sus tres hijos y el almacén de ferretería que este había heredado tras la defunción de sus progenitores, veinte años atrás. Adela, su esposa, murió cuando Alberto, su primogénito, apenas contaba seis años de edad y cuatro los gemelos Alejandro y Jaime; pero, a pesar de tener que lidiar con las vicisitudes que se vio obligado: el tío Vicente vivía convencido que percibía motivos de sobra para sentirse dichoso de todo cuánto había alcanzado. Para él, el hecho de haberse dedicado en cuerpo y alma durante años para que resurgiese un negocio que tenía los días contados, dar estudios a sus tres hijos y conseguir que estos se mantuviesen unidos como una piña y con intenciones de seguir al frente del negocio que durante generaciones había proporcionado el sustento y cierto nivel de vida a los descendientes de D. Alberto Doménech Castellblanc. El tío Vicente nunca consideró a su actitud como un sacrificio, sino como un deber para con sus descendientes más directos.

Sábado ocho y media de la mañana

   Era la primera vez que la pareja se desplazaba hasta el lugar, aunque no así en el caso de Alberto; ya que durante su infancia este era el lugar donde los mellizos y él pasaban los periodos estivales.

   Al acceder a la población, el traqueteo de las ruedas al transitar por las empedradas calles propició que Meritxell se quedase anonadada al comprobar que todas ellas conducían hasta una pintoresca plaza donde las fachadas intercalaban de manera artística las zonas encaladas con las de mampostería y sillería vista.

   —Mira —dijo apuntando con el dedo índice—, allí junto al estanco está tu primo.

   —No se te escapa una, cariño —respondió él haciendo un leve movimiento con la cabeza y guiñándole un ojo.

   —Menudo morlaco está hecho, cómo para pasar inadvertido…

   —Siempre le he oído decir que cuando fue tallado para cumplir el servicio militar, que por aquel entonces era obligatorio, le indicaron que medía 185 centímetros y que pesaba 92 kilos, aunque, según tengo entendido, con el paso de los años se puede menguar un par de centímetros o tres.

   —La estatura no sé si habrá perdido algo; pero de lo que sí estoy segura es que ahora pesa más de cien.

   —Sí, es posible que alguno más —admitió, sonriente, Alberto.

   Al detenerse y estacionar junto a Juan, tras efectuar las correspondientes muestras de cortesía y trasladar el equipaje desde el maletero del Opel hasta el del Nissan Terrano II 2.7 TDi Confort Plus 5p., color verde aguamarina, por entender que la fragosidad del único camino que conducía hasta la masía no era apta para el vehículo recién llegado, iniciaron el recorrido que distaba desde el núcleo poblacional —unos tres kilómetros—, hasta detenerse junto a un vetusto edificio.

   Un poco antes de llegar salieron a su encuentro galopando, dejándose llevar por el alborozo que en ellos infundía el reencontrarse con su dueño, gritando y saltando uno sobre el otro, sin dejar de manifestar su estado de júbilo, un blanco y negro Mastín del Pirineo, de tres años y un peludo Pastor Catalán de capa gris, de dos, entonando ambos los ladridos que efectúan los canes cuando están excesivamente contentos.

   —No morderán, ¿verdad? —consultó Meritxell temerosa.

   —Solo cuando presienten el miedo en las personas —le vaciló Juan.

   —Entonces yo no me bajo —advirtió ella convencida.

   Juan la miró a los ojos exhibiendo un gesto festivo.

   —No te preocupes mujer. Ellos solo muestran su fiereza cuando tienen que defender nuestras pertenencias.

   Animada por la explicación se apeó del vehículo, y al comprobar lo cariñosos que se mostraron los «careas»: su temor se esfumó por completo. Superado el pavor, Meritxell aprovechó para deleitarse de las panorámicas vistas que desde allí se vislumbraban en su rededor, y se encontraba valorando para sus adentros las extrañas sensaciones que le causaba aquel lugar tan desconocido y agradable a la vez, cuando observó que, junto a sus pies, una huidiza gallina roja, cuya cabeza y cuello lucían tan pelados como el de los buitres leonados, corría que se las pelaba al ser esta perseguida por dos hermosos y escandalosos gallos. Gallos que, justo en frente de Meritxell, comenzaron a revolotear lanzándose envites, intentando clavarse los espolones, al igual que si fueran de pelea. Ella no tenía ni idea de por qué aquella desagradable situación hasta que, unos segundos después, al ver que la culpable de toda la algarabía estaba esperando tumbada con la intención de que al llegar el vencedor junto ella dejarle posarse encima. La recién llegada fue testigo de cómo, tras el fugaz encuentro amatorio… después de batir enérgicamente sus alas, prorrumpió alternando entre cacareo y cacareo con un reiterado y ensordecedor «qui-quiri-quí», como diciendo: «¡Ea!, ahí queda eso», y tras una distendida y ruidosa carcajada, Meritxell se interesó por aquel caserón, cuya antigüedad constaba en números romanos «AÑO Ð MCM» en mitad de la clave del arco que permitía el acceso a la casona a través de un portalón de estilo románico que, por el tamaño y las nobles maderas con las que este había sido construido evocaron en ella, en principio, al Medievo y después hasta el escenario de una película de época y, más tarde, hasta un lugar donde se habían descubierto infinidad de espeluznantes y horripilantes crímenes que aún estaban sin resolver...

   Meritxell regresó de su abstracción al percibir el sonido que propició, Juan, al introducir en la cerradura una enorme y pesada llave de hierro.

   Al percatarse, Alberto, de la palidez que reflejada en su rostro:

   —Cariño, ¿te ocurre algo?» —consultó, acercándose a ella.

   —Tranquilo, no me pasa nada… Es algo que me ha sobrevenido de repente y he sentido en mis propias carnes de manera espectacular…, es difícil de explicar… He notado cómo si al entrar en un entorno rural estuviera saliendo de una máquina del tiempo y pudiese respirar la esencia de otras épocas y lugares.

   Juan se volvió hacia su primo enarcando la ceja derecha y le consultó con la mirada. Alberto movió la cabeza hacia los lados con sigilo y, sin pronunciar palabra alguna, se encogió de hombros.

   Al pasar los tres por el umbral de aquella impresionante y destartalada masía, lo primero que le llamó la atención, fue la calidez y el delicioso olor que emanaban desde un mismo punto; lo segundo, valiéndose de la vista comenzó a recorrer cada rincón, con la precisión que lo haría un águila que va en busca de una presa con la que saciar el apetito de sus polluelos; y ayudándose de su fino olfato, tal cual lo haría un lebrel, olisqueando en todas direcciones con la nariz en alto, llegó hasta una de las paredes que estaba recubierta con pequeños azulejos blancos, allí se ubicaba la cocina económica, un artilugio desconocido para ella, que, además de estar capacitado para cocinar los alimentos, se encargaba de proporcionar calor a la descomunal estancia y, junto a esta, dos enormes barreños donde se lavaban y aclaraban los enseres; y, a su lado, un artesanal y rústico escurridor. En tercer lugar, a mano izquierda, se hallaba un amplio aparador que había sido realizado, ¡vete tú a saber cuándo y por quién!, con madera de pino natural y barnizado con un tono caoba, y junto a este, colgando de unos ganchos, se hallaban un caldero de cobre, varias y diversificadas cacerolas, cazos y pucheros de color rojo oxido y alguna que otra sartén; y, bajo estos utensilios, dos arcones frigoríficos y una vieja nevera donde poder abastecerse de carne, pescado y verduras como si estuvieses en un centro comercial. Meritxell prosiguió curioseando y observó que, en la pared de la derecha, se encontraba el acceso a través de una pequeña portezuela a la despensa donde pendían los apetecibles y deliciosos productos derivados del cerdo… y, descansando sobre las repisas de esta, un número importante de quesos de oveja, unos tiernos, otros curados y el resto a medio curar.

   —¿Os apetece comer algo? —propuso Juan.

   —No. Gracias, ya hemos desayunado al salir de casa  —respondió la pareja a la par.

   —Está bien, como queráis —dijo al tiempo que les indicaba con un gesto que le siguiesen y accedieron a la parte de arriba de la vivienda.

    El distribuidor de esa planta servía para conducir hasta los cuatro dormitorios. Dormitorios que, además de la espaciosidad, contaban con un voluminoso armario empotrado y una formidable balconada, que permitía disfrutar de las espléndidas vistas que ofrecían las fachadas orientadas al Norte y al Sur sobre la vasta comarca de Tarragona. Y, una vez instalados los huéspedes en la extensa y austera habitación, tras dejar el equipaje sobre un sillón de mimbre que estaba junto a la cama, después de que los anfitriones les mostraran la casa desde el desván hasta el leñero: un caserón amplio y desvencijado —como los que aún quedan por la comarca de Ribera de Ebro (Tarragona)—, retornaron a la cocina[...].


                                                                                                       *****

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Francisco Izquierdo

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                                                                                                      *****

Gracias por la atención y tu valioso tiempo.

Saludos





Hector Fong 8/3/2018 · #4

👏👏👍👍🆗✔

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Patricia Castaño 5/3/2018 · #3

#2 Sé de primera mano que no depende de vosotros, y que como nos pasa a los artistas es muy fustrante ver como gente vende libros solo por salir en la tele, gente que sinceramente te cuentan su vida en las revistas y en televisión y para qué escribir un libro sobre lo mismo, pero como eso da prestigio a las editoriales lo sacan, sin embargo buenos libros y novelas de gente desconocida y que haría falta sacar a la luz no lo hacen.

Mucha fustración sentí cuando mi marido me comentó que en este mundo o tienes un padrino o no vives de escribir.

¡¡Igualmente!! Pasa una feliz semana :)

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#1 Me alegro de que te haya gustado. Agradezco tus palabras por intuirlas sinceras, pero te informo de que estoy al corriente de mis limitaciones, de que aún me queda mucho camino por recorrer y de que continúo instruyéndome con el fin de, al menos, escribir con las reglas contempladas por la RAE. Lo de vender libros es otro cantar, ya que es algo no solo depende de mí.

Gracias por la atención, el deseo y la intención implícita en tus palabras.

¡Feliz lunes para ti y los tuyos!

Saludos

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Patricia Castaño 5/3/2018 · #1

Me ha encantado leerte Francisco. Escribes muy parecido a mi marido y lo haces muy bien, espero que tengas mucha suerte con tus publicaciones.

Un saludo!

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