Francisco Izquierdo Herrero en Aficionados a leer, escribir y compartir, beBee en Español, Escritores Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 6/3/2018 · 4 min de lectura · +700

Ni el chocolate se libra


Ni el chocolate se libra



   Juan se había adentrado en la alacena, con un morral colgando del hombro, con la intención de llenarle de vituallas, y tras asegurar la puerta con un rudimentario pestillo de metal, les indicó que era hora de emprender la excursión que tenía programada para ese día, de una forma tan imprevisible como usual:

   —Arreando que es gerundio.

   —¡¿No esperamos a que regrese Trinidad?! —dijo alzando la voz Meritxell.

   Juan se acercó hasta la cocina económica, y tras comprobar el punto de sal de lo que sobre esta se estaba cocinando.

   —¡Hmmm!, esto está diciendo cómeme… —dijo mientras retiraba el puchero de la fuente de calor y colocaba la tapadera encima—. Ella regresará, a eso de mediodía. Cada vez que baja al pueblo no sé cómo se las apaña; pero el caso es que cuando no es por una, es por otra; ya sabes, siempre aprovecha para darle un poco a la sin hueso.

   —Bien, pues, siendo así: no se hable más —repuso dando a entender que estaba de acuerdo Alberto.

   Media hora después se encontraban frente a una pequeña y rustica edificación en mitad de un campo repleto de árboles que estaban en plena floración.

   —¡Qué imagen tan preciosa! —exclamó Meritxell.

   —Almendros —respondió Juan, con voz templada—, ¿no los has visto nunca?

   —Pues, aunque parezca extraño: la verdad es que no, ¿y aquellos otros?

   —Son algarrobos —dijo volviendo la vista hacia atrás mientras abría la puerta de la edificación— y eso que hay sobre la estantería son las algarrobas.

   —¡Ah! tampoco las he visto nunca.

   —Estoy convencido que las has comido más de una vez sin saberlo.

   —No creo. No suelo comer nada que no conozca previamente.

   —¿Estás segura? —indagó exhibiendo una leve y sutil sonrisa.

   —Tanto como que estamos aquí.

   Alberto permanecía en silencio dejando actuar a su primo.

   —¿Te gusta el chocolate? —consultó Juan.

   —Me encanta —respondió Meritxell—, es mi perdición; pero sigo sin comprender, ¿qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando?

   —Pues, te diré que prácticamente toda la producción de esta finca va destinada a la manufactura de empresas chocolateras y cosméticos, ya que son de calidad suprema, y que el resto se aprovecha para la preparación de piensos compuestos para animales, y que en tiempos de escasez formaban parte del menú de las personas.

   Meritxell permanecía estática, boquiabierta…

   —¡¿Se pueden comer crudas?! —exclamó sin salir de su asombro.

   —Por supuesto, pero hay que tener cuidado con las semillas. Toma un trozo, prueba.

   Meritxell se introdujo la porción entregada en la boca y estuvo paladeándola durante unos minutos.

   —¿Qué tal, cariño?, ¿a qué te saben? —curioseó Alberto.

   —¡Hmmm!, la pulpa me resulta un poco gomosa; pero el sabor es dulce y agradable.

   —Bueno, pues, como dice el refrán: «Nunca te acostarás sin saber alguna cosa más», o algo por el estilo —señaló Juan luciendo una amplia sonrisa, dejando al descubierto la palidez de su alineada dentadura.

   Al cabo de un rato salieron de la estancia, y tras cerrar la puerta con llave, caminaron por la inmensidad de la finca durante más de una hora.

   El rostro de Meritxell evocaba al de un chiquillo que visita un recinto ferial por primera vez.

   —Estos árboles, a pesar de que nunca los he visto sí sé lo que son    —dijo, tratando de hacerse la entendida.

   —Cariño, ¿estás segura?

   —Sí, por supuesto que sí. Ya sabes cuánto me gustan a mí las aceitunas… así que son aceituneros —soltó al tiempo que cogía una y la introducía en la boca—. ¡¡Puaj!!, ¡por Dios!, ¡¡¡Puf!!!, ¡qué amargas están!

   Alberto y su primo, sin poder evitarlo, rieron a mandíbula partida durante unos minutos.

   —Pero ¿cómo se te ocurre? —dijo estando más calmado, Juan—, las aceitunas requieren de un proceso de endulzamiento previo al aderezo y no, no se llaman aceituneros, sino olivos.

   —Esto me pasa por atrevida; pero no os preocupéis, que, de aquí en adelante, ante cualquier duda: preguntaré antes de precipitarme.

   Al terminar de exponer su argumentación, los tres rieron a mandíbula partida durante unos minutos.

   —Bueno, qué, habrá que ir a echar un bocado —propuso Juan.

   —La verdad es que, no sé si me atreveré a probar nada, visto lo visto… —alegó Meritxell con tono jocoso.

   —No te preocupes querida prima. Puedo dar fe que lo que viene aquí detrás —dijo señalando con el pulgar hacia su espalda—, además de haber sido previamente procesado, se ha degustado antes de echarlo al morral.

   Al retornar del paseo y adentrarse de nuevo en la rústica edificación, Meritxell tuvo la sensación de que esta era más grande de lo que se apreciaba desde fuera, a primera vista. Y, como hiciera en la casa principal, recorrió con la mirada aquel recóndito y austero lugar donde no había más que lo meramente imprescindible: una amplia y tosca mesa rectangular, dos bancos de iguales características flanqueando los costados de esta, un pequeño aparador junto a una de las encaladas paredes —todo ello realizado de manera artesanal por él mismo, en madera de algarrobo— y, sobre un rincón, una pequeña chimenea, y junto a esta, un montón de leña bien seca y apilada, en previsión por si un día de labor amanecía frío o por si hubiese que cocinar algo.

   Unos minutos después, Juan depositó sobre la mesa un  generoso taco de jamón, un tercio de queso de oveja, de media curación, una ristra de chorizo, un trozo de panceta adobada y una hogaza de pan…, y sacando una garrafa de vino de detrás de unos aperos de labranza que había sobre una de las encaladas paredes, haciendo un gesto con la mano invitó a sus acompañantes a que se sentasen a la mesa para dar cuenta de las apetecibles, deliciosas y olorosas viandas que desde los platos gritaban con energía y desesperación: «cómeme, cómeme, cómeme». Y, tras la degustación y saborear el delicioso y pegadizo tinto, sin darse cuenta del tiempo transcurrido: llegó la hora de regresar al punto de partida.

   Puestos en ruta, a lo lejos, Juan divisó a su esposa y partió a su encuentro. Al llegar a su altura, detuvo el vehículo y se bajaron los tres. Y, una vez concluido el protocolo de saludos y cortesías implícitas en las normas cívicas, antes de reemprender la marcha, Meritxell decidió continuar el camino a pie con la intención de acompañar a Trinidad y a Margarita, la burra que utilizaba cada vez que tenía que desplazarse hasta el pueblo en busca de provisiones. Alberto y Juan lo harían en el Nissan, aprovechando el tiempo del trayecto para hablar de sus cotidianidades[…].

                                                                                                      

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Francisco Izquierdo

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