Francisco Izquierdo Herrero en Aficionados a leer, escribir y compartir, beBee en Español, Escritores Albañil, auxiliar de almacén y escritor diletante 2/3/2018 · 5 min de lectura · 1,3K

¿Qué significa anhelar?

¿Qué significa anhelar?


                                                       2 marzo, 2018 por franizquiero, posted in en el fondo del mar



                                                                                                         1



                                                                                                                                      Calella de Palafruguell, agosto de 1978

   En la orilla de la playa principal, llamada Port-Bo —La misma donde el cantautor Joan Manuel Serrat dio vida a su preciosa canción, Mediterráneo—, sentada frente al mar sobre una de las enormes rocas, dejándose llevar por el vaivén y la claridad de las aguas, los fondos  habitados por infinidad de peces y piedras de mil formas… Meritxell, una niña de siete años, bajita, regordeta, de pelo castaño y mirada risueña, se pasaba las horas viajando a lugares y viviendo historias insólitas como consecuencia de su capacidad inventiva, sin necesidad de tener que relacionarse con Carla y Miguel, sus hermanos mayores, ni con ninguna otra persona de su edad. Durante las noches, justo antes de dejarse llevar por Morfeo, comprobaba que las ideas que durante el día habían ocupado su mente quedaban reflejadas, bien en su cuaderno, o bien en cuartillas de papel que ordenaba y reordenaba antes de echarse a dormir. Su capacidad de soñar despierta le hacía creer que en el futuro podría ser descubierta por un cazatalentos, que firmaría un contrato millonario y que todas sus obras serían llevadas a la gran pantalla…

   Meritxell era la hija menor del matrimonio formado por Andrés Capdevila e Irene Doménech, ambos naturales de Barcelona y propietarios de dos comercios dedicados al textil. El de mayor envergadura, habilitado para la venta al por mayor de géneros de lana y algodón, regentado por él, y el otro, algo más modesto, consagrado a la atención al público, ofertando artículos para bebés y prendas íntimas tanto para jovencitas como para señoras, dirigido por ella. Ambos locales estaban contiguos y ubicados en una de las principales arterias de la Ciudad Condal.

   Apenas contaba siete años, pero Meritxell tenía claro y estaba convencida que su futuro estaría en la escritura, que su capacidad de imaginar le había sido concedida por obra y gracia del Espíritu Santo y que el día de mañana sería famosa y reconocida en el mundo entero por sus obras literarias.

   Por aquella época, durante la estación estival, Meritxell junto a sus dos hermanos y abuelos maternos se trasladan a vivir a un apartamento que había heredado Andrés de sus difuntos progenitores en Calella de Palafruguell. Lugar donde los tres pequeños disfrutaban del sol y la playa bajo la atenta mirada de sus yayos, mientras que sus padres atendían los negocios que les permitían llevar tan holgada vida. —Calella de Palafruguell es un lugar pintoresco situado sobre una costa rocosa caracterizada por pequeñas calas, donde la mayoría de sus moradores pertenecen a antiguas familias de pescadores. Calella tiene mar y montaña y es conocida a nivel mundial por la conservación de sus playas y la preservación de sus zonas rurales a las afueras, y por supuesto, para la pequeña Meritxell, sin duda alguna, el lugar más maravilloso del mundo.

   Una tarde, arrellanada sobre la roca que hacía de puente entre la realidad y el mundo imaginario donde se sumergía cada vez que acudía a la playa, estaba tan absorta en sus mundos imaginarios que, a pesar de los gritos que, a corta distancia, le lanzaban sus hermanos, no regresó de su letargo hasta que Concha, su abuela, le golpeo suavemente sobre la espalda:

   —Vamos cariño, que ya va siendo hora de regresar a casa…Ya tendrás tiempo de continuar mañana.

   Meritxell, aún sin ser consciente de dónde se encontraba, se giró hacia la voz con la mirada iluminada y una amplia y disonante sonrisa semejante a la de los delfines.

   —¿Sabes qué, abuela?

   —¡Dime, cariño!

   —No te oía bien porque estaba en el futuro.

   La abuela enarcó la ceja derecha en señal de desconcierto.

   —¡¿En el futuro?!, ¿y qué hacías allí?, si es que se puede saber, claro.

   —Me veía caminando hacia el altar con una amplia sonrisa y allí, junto al sacerdote, me estaba esperando él y…

   —¡¿Quién te esperaba allí, cariño?!

   —Pues, ¡quién va a ser!, mi novio.

   —¡Ah! Pero ¿es qué tienes novio?

   —Qué nooo, abuela, que no te enteras. Que aún soy pequeña… y, además, ya te he dicho que es para mi futuro.

   —Ya puedes perdonarme hija mía —susurró afligida Concha—. Me estoy haciendo vieja y…

   —No te preocupes abuela, y quiero que sepas que para mí eres la mejor abuela del mundo.

   —Gracias, cariño mío. Tus hermanos y tú sois los nietos que cualquier abuelo puede anhelar.

   Con la mirada risueña y la inocencia que cualquier niño posee a esa edad, le preguntó:

   —¿Qué significa esa palabra?

   —Anhelar es lo mismo que ansiar, apetecer, codiciar, desear, esperar, querer, perseguir, pretender o soñar con alcanzar algo…

   —¿Algo como que se cumpla un deseo?

   —Sí, eso mismo cariño.

   —¿Aunque sea para el futuro?

   —Sí, aunque sea para el futuro…

   —Entonces, yo tengo algo de eso abuela: de mayor quiero ser escritora.

   Un tiempo después, al poco comenzar el curso escolar, Irene recibió una nota enviada por la directora en la que le instaba a pasarse, en horario escolar, por su despacho cuanto antes.

   Al día siguiente, sobre las diez de la mañana, después de haber golpeado suavemente con los nudillos sobre la oscura puerta, una voz altiva, jovial e impetuosa le invitó a pasar:

   —¡Adelante!

   La austeridad con la que estaba equipado el pequeño, impoluto y ordenado despacho no pasó desapercibida para la vista de Irene y, de igual modo, se sorprendió de encontrar frente a ella a una joven que apenas tendría treinta años, cuya indumentaria bien podría ser llevada por una monja de clausura sin que por ello desentonara con el resto de la congregación. Su lacio y negro pelo estaba recogido en un moño semejante al de la Dama de Elche. Sus grisáceos y tristes ojos se hallaban detrás de unos gruesos cristales que a su vez estaban engarzados en una ancha y desfavorecedora montura de pasta negra. Era tan alta y delgada que no bastaba con mirarla una sola vez para cerciorarse de que: efectivamente, se trataba de una persona y no de cualquier otra cosa. Sin embargo, cuando alguien escuchaba la calidez y la entonación de la voz con la que se expresaba, todo lo dicho anteriormente quedaba relegado a un segundo plano, ya que, además de cautivar al oyente, le otorgaban un carisma que causaba en los demás una desmedida y perentoria necesidad de admiración.

   —Hola, buenos días —dijo con voz clara—. Soy la mamá de Meritxell.

   —Buenos días, señora —respondió acompañando sus palabras con un movimiento mecánico—. Siéntese, por favor. Tengo que comentarle algo sobre su hija.

   —¡Prosiga!, soy toda oídos.

   —Verá usted… señora ¿Mmm?

   —Irene, me llamo Irene Doménech ¿Ha hecho alguna travesura mi hija?

   —Encantada Irene —dijo tendiendo su mano—, yo, Asunción Berenguer… No, no ¡por Dios! La niña se comporta correctamente… se trata de algo que hemos venimos observando desde que entró en este colegio; pero, vayamos por partes, por un lado, Meritxell tiene problemas para mantener la atención, con la lectura y la escritura, quiero decir con esto, que, traspone las letras, cambia el orden e invierte los números; y por el otro, tiene gran curiosidad por saber cómo funciona todo y una imaginación increíble… Es por ello, que, por los rasgos que hemos analizado, podría tratarse de dislexia.

   —Asunción, perdone usted mi ignorancia, pero es que desconozco el significado de dicha palabra, ¿es alguna enfermedad?, ¿es grave?, ¿tiene solución?

   —No, no, que va. Tranquila. La dislexia no se considera enfermedad y la curación depende únicamente de mucha práctica, quiero decir, que, escribiendo y leyendo se puede corregir; pero siempre y cuándo, alguien se cerciore de que lo está haciendo bien; ya que, de no ser así: no serviría de nada.

   Irene se dio aire con la mano, había notado un sofoco y no sabía si echarse a reír o a llorar.

   —¡Ah!, no sabe usted el peso que me quita de encima, en cuanto a lo demás: yo misma me encargaré de acompañarla en las tareas —dijo antes de levantarse y abandonar el despacho.

   A raíz de la visita, por las tardes, al salir del colegio, Meritxell comenzó a leer novelas de aventuras, y como consecuencia de ello, a escribir y a narrar los sucesos del día de viva voz. Cada día buscaba sucesos que llamaran su atención, y a partir de entonces, siguió contando con pelos y señales los sucesos de su día a día a quienes quisieran escucharlos, endulzándolos con detalles de su propia cosecha, inventando un pasado para los personajes ajenos a su devenir, cambiando su expresión al son de lo vivido, dándole un tono gracioso, terrible, agrio…

   En el colegio, había una gran extensión de jardines que eran cuidados y mimados por Eulalio, un jardinero tranquilo y un tanto mayor que se pasaba los días trajinando de acá para allá transportando sobre una chirriante carretilla de mano los útiles de jardinería.

   Un buen día, a Meritxell se le ocurrió la idea de contar a sus compañeras de clase algo que había presenciado:

   —Hola chicas —dijo al acercarse al grupo, con voz misteriosa, antes de entrar en clase—. Tengo que desvelaros algo que he descubierto hace un par de días…

   —¿De qué se trata? —consultó la más alta.

   —De algo que he visto y que…

   —No será otra de tus absurdas e imaginarias historias, ¿verdad? —expresó otra, poniendo cara de saberlo todo.

   —Os juro que no es producto de mi imaginación, esta vez se trata de algo real.

   —Cuenta, cuenta… —retumbó por todo el vestíbulo la voz de la que parecía mandar en el extraño grupo.

   Meritxell consultó su reloj.

   —Ahora no tengo tiempo, pero cuando salgamos al recreo podréis comprobarlo con vuestros propios ojos, pero antes: hay que hacer un pacto de silencio.

   —Está bien, nos veremos en el lugar de siempre —dijo la más alta, al salir corriendo hacia el aula, antes de que se disgregase la caterva de chiquillas.

   Dos horas después, intrigadas, se reunieron en el patio.

   —Y bien, Meritxell ¿qué era eso tan importante que teníamos que saber? —consulto la de siempre.

   —Ya os lo dije antes, primero tenemos que hacer un pacto de silencio —señaló antes de ordenar y formar un círculo entre todas, y tras extender su mano hacia el centro, alzando un tono la voz dijo—: Ahora tenéis que poner una mano sobre la de quien os precede y cuando cierre con mi otra mano el conjunto y lance la pregunta. Sí, respondéis y quedará sellado el pacto. ¿Os habéis enterado? ¿Os queda claro?

   —Sí —respondieron enérgicamente al unísono.

   —¡Juráis por Dios y por nuestra propia vida que lo que aquí se diga no saldrá de vuestras bocas!

   —¡Sí, lo juramos! —gritaron de igual modo.

   Meritxell bajó la voz y puso cara de misterio.

   —Eulalio no es un simple jardinero y…

   —¡Ah! —exclamó el conjunto al completo, abriendo los ojos hasta más no poder, poniendo las manos y las bocas como en El Grito, de Vicent Van Gogh. Y, al percatarse de que había conseguido lo que pretendía, continuó con su enigmática historia.

   —Se trata del guardián de los secretos del colegio… y los ha escondido en un cofre en uno de los jardines donde se ocultan los restos antiguos del misterio de unas criaturas mágicas que han descendido de las estrellas.

   —¿Estás segura de lo que dices? —consultó la que parecía llevar las riendas del grupo.

   —Tan segura y tan cierto como que estamos aquí reunidas —afirmó poniendo serio el semblante y sin que le temblase la voz lo más mínimo—: Así es que hay que andar con cuidado y con los ojos bien abiertos…

   —¡¿Por qué dices eso?! —exclamó la más alta, con voz trémula, sin salir de su asombro.

   Meritxell, con el misterio dibujado en su rostro, mirando en todas direcciones y recalcando cada una de las palabras que consideró oportunas, prosiguió relatando.

   —Eulalio… es un agente secreto… y puede tener micrófonos por todos lados… lo primero que tenemos que hacer… es asegurarnos de que no está al corriente de lo que sabemos.

   La de siempre, angustiada y nerviosa sin ser consciente reiteró por dos veces la misma frase.

   —Sí, pero ¿cómo lo haremos?

   Meritxell, cuál si fuera una experimentada actriz interpretando el papel de una misteriosa agente secreto, tratando de generar ansiedad en sus oyentes, continuó alternando el énfasis de algunas palabras con los espacios de silencio.

   —Hay que escudriñar con disimulo cada palmo de los jardines…, mirar detrás de cada seto…, de cada flor… y os lo advierto…: no descartéis ningún objeto o lugar por inverosímil que os parezca… o, de lo contrario

   —De lo contrario, ¿qué? —indagó con más miedo que curiosidad, Marga—. Sigue, no te detengas ahora.

   —Podría darnos con la pala en la cabeza y deshacerse de nosotras…, podría cavar una fosa por la noche para enterrarnos…, y a la mañana siguiente, sin levantar sospechas, sembrar bulbos de jazmines sobre nuestros cadáveres.

   —¡¿Qué hacemos entonces?! —consultó de nuevo Marga, la más alta del grupo y la misma de siempre.

   Meritxell, dando muestras de entereza, confiando en sí misma y en sus fuerzas, propuso.

   —Le vigilaremos durante los recreos… y simulando que estamos jugando…, iremos eliminando los micrófonos que vayamos encontrando…, pero recordad, que nuestro objetivo principal será encontrar el cofre y descubrir qué alberga en su interior…

   Durante un mes, Eulalio se sintió perseguido, vigilado, y sin saber por qué le llamó la atención el extraño comportamiento de un grupo de chiquillas, que a distancia le seguían cada uno de sus pasos, capitaneados por una simpática y regordeta muchacha de pelo castaño, y disimulada mirada.

   Unos días después, a eso de la hora del Ángelus, al levantar la tapa de la arqueta de riegos:

   —Pero ¡qué diablos! —se dijo para sí mismo llevándose las manos a la cabeza, al descubrir que alguien le había cambiado de sitio la botella de vino, que acostumbraba a llevar para ayudarse a ingerir el bocadillo y calmar la sed a cualquier hora de la jornada laboral—. Juraría que la he dejado aquí esta mañana.

   Extrañada por los aspavientos, Asunción caminó hacia él.

—Eulalio, ¿le ha ocurrido algo?

   Al escuchar y reconocer la voz de la directora este se puso en pie de un salto, y como si la cosa no fuese con él, trató de mantenerse al margen evitando que cualquier ademán le pudiese delatar.

   —No, no. Tranquila…, acabo de recordar que la tijera de podar está en la caseta —respondió con lo primero que se le ocurrió. Era consciente que, si le descubría por segunda vez haciendo algo que tenía totalmente prohibido dentro del recinto escolar, su puesto podría peligrar…

                                                                                                       *****

En el fondo del mar , a través de los siguientes enlaces podrás acceder a las entradas (presentación, capítulos, episodios y particiones) siguiendo el orden cronológico, y sin que tengas que salir de beBee: Si te gusta la lectura,  Prefacio,  Capítulo I, 


Gracias por la atención.
Saludos



#5 @Anabel Timor Tornero, gracias por la atención. ¡Feliz sábado!
Saludos

0

#3 Gracias por ayudarme a difundir algo tan importante para mí.

¡Feliz y productivo viernes para ti y los tuyos!

Saludos

0

@Hector Fong, me alegro de que te haya encantado. Me siento complacido por la adjetivación, el argumento y tu deseo.

Gracias por la atención, tu tiempo y por el apoyo moral implícito en tu acción y palabras.

¡Feliz viernes para ti y los tuyos!

Saludos

+1 +1
Hector Fong 2/3/2018 · #1

Interesante narrativa que engancha a cualquier lector,me ha encantado.@Francisco Izquierdo Herrero Feliz viernes.

0