POLÍTICA Y RELIGIÓN. UNA HISTORIA SIMBÓLICA.

En muchas ocasiones la política tiene una meta más alta de la que puede alcanzar, que es solucionar los problemas de la gente de modo definitivo. Como al menos media parte de estos problemas nacen del interior del ser humano, y la política contempla y propone básicamente medidas de acción social, caracterizadas por el cambio exterior, la política sólo puede obtener resultados parciales en aquello que se propone, y por esta carencia de adecuación entre medios y fines se encuentra permanentemente frustrada. Por el contrario, la religión se propone, antes que una medida de cambio social y en todo caso como sostenimiento de la misma, una transformación del interior humano, una purificación del pecado en lenguaje cristiano, del mal interior que nace de las tensiones que atraviesan el alma con diferente dirección, o una iluminación del estado fragmentado de la mente en lenguaje budista, compuesta por elementos diversos, que en definitiva nos hace creer lo ilusorio como real y buscar lo malo como bueno.

A diferencia de la política, que por su pretensión de universalidad suplanta otros ámbitos de existencia, el resultado que obtiene la religión gracias a la transformación interior es satisfactorio porque su meta no es en primer lugar cambiar la vida ajena y solucionar sus problemas, sino edificar en el discípulo un estado de unidad consigo mismo y con el entorno. Mientras que el camino en la política se presenta con apariencia de rapidez y efectividad, el de la religión es lento, hace referencia a las reglas de vida instituidas por personas del pasado y suele ser criticado por falta de progreso. Sin embargo, gracias a la mirada a largo plazo, aquella mirada sobre lo social que otorga el entendimiento profundo de uno mismo, conseguida sólo después de haber vencido la batalla contra la sombra de la propia personalidad, la religión consolida un progreso sólido en el que poder apoyarnos sin empujar a los demás al vacío. 

El equilibrio alcanzado por el trabajo interior del discípulo, que enternece su mirada, lava su corazón, endereza sus piernas y ofrece una mano de auxilio sin acepción de personas, no es una cuerda floja de la que uno tiene miedo de caer sino lo que en física se llama un equilibrio dinámico, una sinergia operativa de fuerzas orientada por la armonía dentro de él mismo, interna, alcanzada por el creyente mediante una disciplina incesante. En este sentido, la siguiente historia simbólica ayudará al lector a comprender un aspecto de la aportación a la sociedad de las prácticas espirituales propuestas por las religiones como camino de vida, la necesidad y la falibilidad de las medidas políticas que regulan la convivencia entre personas, y la conflictividad inherente a la naturaleza humana que convierte lo bueno en malo y lo útil en contraproducente.

Había dos personas en el planeta Tierra que, a partir de su trabajo sobre el suelo, extendieron su propiedad hasta que sus terrenos colindaron en el punto donde crecía una higuera. Durante un tiempo aquellos granjeros, que habían nacido en la misma cuna, supieron conservar el respeto por aquello que se habían encontrado sobre el suelo antes de que ellos llegaran, pero la generación posterior lo olvidó. Una de las familias comenzó a presentar papeles de propiedad a la otra, con el sello legalmente compulsado, mientras que la otra familia, que también reclamaba la higuera como propiedad suya, decía que uno de sus antepasados la había encontrado primero y que gracias a su dedicado esfuerzo el árbol había llegado en buen estado hasta el día de hoy.


POLÍTICA Y RELIGIÓN. UNA HISTORIA SIMBÓLICA.


El rencor entre las dos familias creció y la siguiente generación intentaba por medios violentos arrebatar la higuera, extendiendo el muro que limitaba su terreno. Además cortaba las ramas que sobresalían de dicha frontera, e incluso reforzó los accesos al muro mediante controles electrónicos de seguridad, alambradas y otro tipo de dispositivos disuasorios. De este modo, ninguna de las dos familias podía disfrutar de los higos e impedía con insultos y reproches la recolección, permaneciendo la situación estancada durante mucho tiempo. Finalmente, el Cielo tuvo compasión de aquellas dos familias y envió a una niña que nació en la cuarta generación cuyo entretenimiento era sentarse en silencio a mirar el comportamiento de las dos familias. 

Era tal el beneficio que la niña encontraba en su costumbre de mirar, que cuando sus propios hermanos le acusaban de falta de compromiso en su lucha por la higuera, ella salía aturdida de la casa y regresaba de nuevo al patio, donde a ratos veía la higuera de lejos. En otros ratos que repartía con los anteriores a intervalos regulares, asombrada por la naturaleza de Lo que permanece y de lo que cambia, la niña miraba con ojos cerrados en su interior, viendo cómo se formaban dentro de ella sentimientos y pensamientos, y conforme el movimiento producido por los conflictos entre las dos familias y las acusaciones de sus hermanos se representaban dentro de su mente, después de conseguir con denodado esfuerzo no dejarse arrastrar por ello a un comportamiento inadecuado, la niña tomaba nota y escribía todo en un cuaderno, que era a la vez un libro de reflexiones, un diario y una biografía.

Cuando la niña se hizo mayor y los demás miembros de las dos familias habían envejecido en la amargura, propuso una solución al problema de la higuera. Cansados del sinsentido en el que las dos familias habían transformado la cuestión de la higuera, algunos miembros decidieron por fin atender una palabra diferente a la de su propia familia y escuchar a la chica, ya una persona de mediana edad. La mujer propuso declarar la higuera patrimonio compartido por las dos familias y desplazar la tapia de cada una de las propiedades algunos metros más atrás, y dejar la higuera en paz excepto por la realización de dos esquejes de mazo que cada familia cultivaría dentro de su propio terreno.

Aunque algunos miembros de cada una de las dos familias consideraban que esta proposición era algo inadmisible porque violaba las tradiciones de sus antepasados o bien porque iba en contra de los documentos legales que estaban en su posesión, el resto la aceptó y pusieron en marcha la propuesta de la mujer. La solución que propuso la mujer no era inmediata, así que los miembros que habían aceptado su consejo sufrieron durante un tiempo un aluvión de críticas por parte de aquellos que deseaban regresar a los métodos antiguos y luchar con uñas y dientes por la higuera de los antepasados. No obstante, a los pocos años, la paciencia produjo su efecto saludable y cada familia tenía ya su propia higuera, podía comer de sus frutos e incluso acercarse a la frontera de su territorio donde establecían conversaciones amenas con sus vecinos sobre el sabor dulce de los higos.

Pero ocurrió que la mujer llegó al término de su recorrido natural, murió e igual hizo la vieja higuera, sus consejos se olvidaron y los descendientes volvieron a enfrentarse dentro de cada familia por cada una de las dos higueras que habían crecido en sus territorios respectivos. Y así siguió ocurriendo hasta que un joven, esta vez de la otra familia que la mujer, sentándose a mirar, comprendió de nuevo que la naturaleza del problema que enfrentaba a cada familia consigo misma y con la familia vecina, en realidad no tenía su origen en las higueras, y preguntando se enteró de que una joven a la que algunos conocieron había escrito un cuaderno al respecto de su experiencia. 

Así que el joven buscó, recogió lo esencial del cuaderno y adaptándolo al presente se propuso imitar el ejemplo de la mujer. Aplicó lo escrito en el cuaderno con el objetivo de abordar la disputa de las higueras, y observando atentamente la advertencia de la primera página, que sólo después de haber realizado dentro de él mismo la concordia, la pureza, la gratuidad, la compasión, la paz, la esperanza, la lucidez y la humildad sus propuestas para los demás dejarían de ser contraproducentes, alcanzó en la madurez de su vida una solución verdadera con aquellos principios permanentes que encontró escritos en el cuaderno de la mujer, pero que por la naturaleza cambiante de la vida, el joven sabía que tampoco duraría para siempre.




Foto: higueras de dos años de edad obtenidas con esquejes de mazo (Ficus carica).