Javier Guerrero en beBee en Español, Poesía, Libros Técnico atención al usuario 30/11/2016 · 2 min de lectura · +400

Desdibujándote.

Desdibujándote.


Te desdibujas. Sé que es otra manera de decir que te borras, que debo abandonar esa estúpida manía de hablar para que nadie me entienda, pero ya me conoces. Permíteme saltarme lo corriente de nuevo, escribirte a estas horas y tomarme otra licencia más, la última, con respecto a todo lo que tenga que ver contigo.

Me centro: Te desdibujas. Lenta e inexorablemente, los silencios despedazan tu recuerdo, crecen entre nosotros en mi memoria, en todos los sitios donde a veces sólo suspirabas y en otros donde siempre te quedabas dormida, arropada por mis historias sin sentido, en la oscuridad, entre mis brazos.

Ahora es como si hubieran apagado la música cuando mi cuerpo iba abandonado, disparado, hacia arriba; era nuestra canción. Como el sonido de un vaso estallando, el manotazo del amigo que odia que fume; quién cojones me creeré para morir sin él.

Ya pasé por algo parecido a los dieciocho, tranquila, no tienes que hacer nada.

Y la verdad es que precisamente eso, entre todo este ruido, parece que se nos dio genial. A ti, lo de no hacer nada; abandonarte a disfrutar del hecho de que otra persona hubiese aparecido, con la fuerza para tirar de tu mano y despertar tu alegría, más efectivo que tus cafés, más verdad que tus intentos de seguir, esparcidos por el suelo de tu habitación.

A mí, jugar como si todas las fichas de mi partida llevasen tu rostro; cero diversificación del riesgo. Todo el corazón, estómago y mariposas al 13, al rojo. Total, crecimos creyendo que eso de hundirse sólo pasaba en los periódicos, no en los cuentos.

Un fallo natural, quiero pensar, ya que no se me ocurre nada mejor que jugármela por verte reír hasta dolerte la cara, como si nada fuese más importante que mi estupidez, esa que acababa por alejarnos de nuestras grises obligaciones, por hacernos un poquito más libres. Instinto puro, confirmado.

Ahora tras todo, en la oscuridad de mi techo, en el reflejo de un móvil que uso para entrar de puntillas en tu vida como si me hubiese dejado algo, para pincharme con nuestras canciones hasta alcanzar la inmunidad, me doy cuenta de que aquello que querias que sonase a boda del año, a júbilo y vecinos haciéndonos callar, acabó en una exánime, silenciosa y triste salida por la puerta de atrás.

Aun así, me encuentro aquí, delante de uno de tus archivos de audio. Un minuto y cuatro segundos de inmortalidad prestada; una fría prueba de un tiempo en el que ni la necesitábamos, ni éramos conscientes de que la irradiábamos. Como aquél Barcelona de Guardiola que aún pondrán en las escuelas de fútbol. Listo para darle al play y que comience el derrumbe, la explosión; Obertura 1812 en el cielo de Londres clamando su Vendetta.

Vete. O siendo más fieles a nuestra realidad, continúa yéndote. Sigue haciendo con maestría aquello que necesitabas. Sé feliz. Envuelve todas tus palabras de aliento y prosigue tu camino. Entra a hurtadillas en las vidas de otros, desordena sus consciencias y sus sábanas y vuelve a salir.

Ojalá que entre toda esa vorágine de cigarros y pisos, de resacas y proyectos, de móviles en silencio y de vueltas a casa entre las luces de tu ciudad, si vuelves a sentarte en el alféizar de tu ventana, sola, no recuerdes las veces que dimos por sentada aquella oportunidad que nos volvió a dar la vida, que no te ardan los quizás de aquello que hicimos tan real y auténtico, que no pienses en libertad y puertas abiertas, que no veas lo que dejamos escapar, que no eches de menos reírte de verdad.

Gracias. De corazón. Sobre todo, por todas esas cosas que no se pueden contar.

Yo ya no estaré. Habré pasado a ser un conjunto de trazos inconexos, retales de historias que no estarás segura de si soñaste, el sonarte de aquella canción y no recordar por qué. La apertura y el cierre de nuestro paréntesis con tintes de sueño; ese del que decidiste, por ti misma, despertar.