José Briceño Diwan en Comunicación y Periodismo, beBee en Español, Recursos Humanos Coordinador de redes • Corporación Ezequiel Zamora 26/12/2018 · 5 min de lectura · 3,7K

Relatos de un balsero de asfalto IV

 


Salí de Punta del diablo (Rocha, Uruguay), a la una de la tarde del ocho de febrero con menos equipaje del que llevaba cuando llegue, la cámara la había vendido para sobrevivir, la parte amable es que había cambiado la maleta pues en donde vivía era un centro de recolección de ropa usada que luego se vendía para ganar fondos a la escuela así que tomé una de las maletas donadas y la utilicé, esta cuando menos tenía ruedas con lo que ayudaba más que la que traía desde Venezuela y que cargue en vilo por todo Brasil. Desde hacía dos semanas estaba planificando este viaje, aunque en principio la señora que me daba alojamiento sugirió que me fuese a Buenos Aires donde seguramente encontraría algún empleo y quizás hasta mejores perspectivas para el futuro me di a la labor de buscar información, enviar currículos, ubicar posibles alojamientos hasta leer artículos sobre los empleos disponibles así como recabar información entre amigos y conocidos (también exiliados) que residen allí, sin embargo al haber recabado la información además de entender que ninguno de los que conozco allá estaba dispuesto a dar una mano decidí que mejor volvía a mi casa para no repetir la experiencia de este viaje fallido, pues la ropa me quedaba cuatro o cinco tallas más grandes y mi estampa no era la más adecuada para buscar empleo, sin contar con que ya me sentía en extremo enfermo.

Relatos de un balsero de asfalto IV                                                                         Terminal de Punta del Diablo

El problema básico fue la falta de información en internet sobre horarios y costos de viajes por tierra, hay mucho de aviones pero nada de autobuses más allá de la información de las líneas locales, sin embargo decidí que si había llegado hasta allá preguntando no tendría nada de raro volver de la misma manera, lo único que tenía claro es que la ruta del Brasil era imposible por lo costosa, solo disponía de 500 dólares para cubrir todos los gastos. Entre las muchas confusiones leí en un blog que con 190$ puedes hacer la ruta entera pero haciendo postas lo que hace un viaje ya de por sí bastante largo en una odisea casi interminable, sin embargo en mi inocencia pensé que con las rutas directas era lo mismo, más adelante sufriría una decepción pues nada es lo que parece hasta que investigas en el sitio. Al salir a Montevideo lo único que tenía claro era que el terminal de autobuses de Buenos Aires estaba cerca de donde atraca el Buquebus, este es un ferri que comunica Uruguay con Argentina que en aquel tiempo de verano prestaba servicio continuo.

Tres días antes de la partida, en una agencia de viajes de El Chuy compré el pasaje en Buque bus, hasta que salí de aquel pueblo pensé que salía por la madrugada a Argentina por lo que llegaría al amanecer asunto que por experiencia sé que es más cómodo al momento de improvisar, tarde, mientras estaba en la ruta caí en cuenta que había perdido el pasaje pues era para las dos y media de la madrugada del ocho de febrero, es decir que mi viaje había salido diez horas antes, lo único que podía hacer era rogar a la gente de la línea para no perder el dinero del pasaje, cualquier gasto extra podía ser determinante con lo que tocaba evitar cualquier cosa en ese sentido.

El viaje al argentina, a pesar de que nadie ofrecía ayuda para alojamiento, algunos si lo hicieron para cuando menos una comida al día, un caraqueño que ahora regenta un restaurante había ofrecido una comida al día en su local, lo que ya era un adelanto pues aunque pensaba salir muy pronto de aquella ciudad una comida caliente y decente además de gratuita sería una maravilla con lo que por lo menos aquel día comería algo mejor de lo que había ingerido en los últimos meses.

A la seis y media llegué a Montevideo, al bajar del autobús salí corriendo hasta el mostrador de la empresa a ver si podía cambiar el pasaje de la madrugada, resulta que no había posibilidad de reembolso, tocó comprar otro, asunto doloroso pues el pasaje cuesta (al cambio) 50 dólares que golpeaban (más) mi economía, sin embargo no había de otra, con el resto del dinero se me ocurrió cambiarlo a dólares pues los tenía en pesos uruguayos y al cambiarlos por lo menos me quitaba la tentación de gastar en algo antes de comprar aquel pasaje hasta Venezuela del que no tenía idea de cuánto costaría por lo que había que ahorrar al máximo. El terminal central de Montevideo es una cosa espectacular, funciona un centro comercial donde hay de todo y un hotel de cuatro estrellas, sin embargo hasta los precios del supermercado estaban por encima de mis posibilidades con lo que la última comida de aquel día la hice en un carro de hamburguesas que está en la calle lateral del centro comercial, allí comí una Milanesa al pan con una Coca-Cola , luego cambié en un local de Western Unión el resto de los pesos en dólares, quedaban ya 440 de los quinientos con los que salí.

Resulta que el tal Buque bus sale de un puerto que está a tres horas de la ciudad de Montevideo (es el Puerto de Colonia, allí tomas un autobús bastante lujoso que traslada justo hasta el sitio de embarque. El paso por aduanas fue de lo más curioso que he pasado alguna vez, en el mostrador de Uruguay me preguntaron por cual razón me iba y les respondí que me había ido muy mal, el funcionario herido en su honor nacionalista dijo que era facilísimo sobrevivir y sacar los documentos a lo que le respondí que la verdad era otra y que por eso me despedía, me dejo ir pero sin mucho convencimiento, imagino que me creía un malviviente por aquella estampa de andar con ropa prestada, sobre todo cuando todo mi guardarropa no se ha renovado en cuando menos tres años y eso también se nota. Cuando pasé por el mostrador argentino fue más gracioso ya que el funcionario me pregunta que voy a hacer allá en su país y le respondo que nada pues pensaba irme por tierra al día siguiente, el hombre acostumbrado a que le mientan repite la pregunta con lo que le doy la misma respuesta, al ver la cara de incredulidad del señor le pedí que viese la foto de mi pasaporte donde aparezco con cuarenta kilos más, tanto así que parece otro señor, completo diciéndole que me fue muy mal y que me iría en el primer autobús que saliese al día siguiente por lo que pensaba amanecer en el terminal, que en teoría estaba cerca del puerto en Buenos Aires , aproveché y volví a pedir señas del sitio con lo que el funcionario quien constató lo que ya sabía gracias a Google maps , este por lo menos me deseó buena suerte y sello mi entrada al argentina con la visa regular de 90 días.

Terminal Buque Bus, Colonia.

A las seis de la tarde abordo el Ferri, como tenía pasaje de tercera clase tocaba gallinero, una sala común llena de asientos que están ubicados mirando de frente a un cafetín de estampa económica pero con precios de lujo. Como estábamos en pleno verano, todo era un pandemónium de familias volviendo a casa con todo y niños groseros, una experiencia para no repetir por cierto, a medio viaje abre una tienda libre de impuestos en la cual me entretuve viendo cosas que no podía comprar por aquello del bolsillo vacío, a las dos horas de viaje tenía sed pero no dinero y ni en el baño se podía tomar agua del lavamanos por lo que se hizo algo más dura la cosa. El único evento que llamó mi atención fue que en una de las entradas al baño me tropecé de frente con un fulano que había sido mi compañero de asiento de Montevideo hasta el puerto, un hombre con pinta de abogado y actitud de potentado, él tipo, al verme dijo, como al aire en ese ton de indirectas que hace que algunos enriquezcan a sus dentistas “si andaba buscando alguna cartera en aquel baño porque en el autobús no pude”, una grosería que bien merecía un par de trompadas que fue mi primer pensamiento, sin embargo la cordura de andar sin dinero ni condición física para esos trotes preferí hacerme el sordo, habían cosa más serias que un estúpido mal informado en las cuales ocuparse.

Llegué a Buenos Aires a las 10 y media de la noche, el buque recala en Puerto Madero, la salida es lo normal, gente corriendo, taxistas ofreciendo sus servicios y además niños y padres de paseo pues al lado del puerto hay un parque de diversiones, como en Uruguay se hacen los trámites aduanales la salida es solo retardada por la espera de las maletas, para ese momento había cambiado mi maleta por una que tenía ruedas así que el viaje de ida fue menos agotador , solo tenía que arrastrar el equipaje, no como cuando pasé por Brasil que tocaba cargarla, un alivio. Al salir a la calle, un taxista ofrece su servicio el cual rechazo diciendo que iba hasta el terminal que quedaba cerca, el hombre responde ; que no es tan cerca y además eso se considera zona roja por aquello de la inseguridad , no respondí si no que encendí mi último cigarrillo y comencé a caminar hasta el “cercano terminal” pensando que si eso lo hacía en Venezuela donde la violencia es algo común no iba a tener miedo en aquel país donde eso era una rareza así que me fui andando, luego de media hora ya iba agotado, al final la noción de cercanía de los argentinos difiere mucho de la mía, ahí descubrí que su “cerca” es algo así como un par de kilómetros.

Cuarenta minutos más tarde llegué al terminal de Buenos Aires y no es un sitio bonito, pero igual estaba abierto, al entrar vi actividad en los andenes, kioscos de libros y revistas abiertos, locales de comida así como algo de público lo que me alegró pues pensé que quizás las líneas internacionales estarían abiertas y saldría de la duda de una vez, veinte minutos más tarde , luego de caminar por largos y solitarios pasillos que recuerdan alguna película de Stanley Kubrick encontré que las oficinas de las rutas internacionales estaban cerradas hasta la mañana siguiente así que tocaba dormir allí, fue una muy larga noche pues no tenía cigarrillos, tenía dinero pero como era moneda extranjera nadie la aceptaba, no hay casa de cambio y lo que si tenía era muchísima hambre sin embargo no había más que aguantarse, entré a un baño público donde (por fin) tomé agua de un lavamanos y me apropié de un asiento a disponerme a dormir. Una mujer policía de muy bella estampa (habían unas cuantas preciosas) se me acercó a buscar información sobre que hacía allí le contesté una verdad a medias, que estaba esperando un autobús que saldría más tarde, ella me dejó quieto y me advirtió que tuviese mucho cuidado con mis cosas pues los ladrones abundan en aquel sitio, en especial uno que se hacia el desentendido dos puestos más allá y que al llegar la policía se desapareció, le agradecí y abracé el morral del pc y la maleta con el equipaje. Las misma respuesta me salvó tres horas más tarde cuando un celador iba espantando a los que tomaban el terminal como casa y como cargaba todo el equipaje la versión era verosímil, menos mal no pidió el pasaje pues allí hubiese tenido que pasar la noche al descampado y en aquel lado de la ciudad no es recomendable hacerlo.

Fue una larga noche, amaneció y el hambre fue peor, llegó la hora en la que los locales de comida abrieron y el aroma de pan fue demoledor, sin embargo seguía con el drama del pasaje. Fui hasta la oficina de una línea colombiana que según ofrecía ruta directa entre Buenos Aires y Caracas, ahí me enteré por boca de un muy antipático funcionario que esa ruta ya no existía y que solo llegaban hasta Bogotá pero el pasaje costaba quinientos dólares, casi lloro pues no llegaba a esa cifra, busqué un poco y encontré una peruana que también solo llegaba hasta Bogotá pero cobraban cuatrocientos dólares , lo que si podía pagar pero que no dejaba fondos para llegar hasta Venezuela ni mucho para comidas, además saldría el sábado siguiente (era martes) por lo que tocaría dormir en la calle y pedir limosnas al llegar a Bogotá, pero consideré eso solo un tropiezo, saqué cuentas y decidí tentar la suerte, quizás la gente que no me daría alojamiento pudiera guardar la maleta además había conseguido un hostal donde cobraban 10$ la noche, con los cincuenta dólares que me quedaban algo podría hacer, unos días más de hambre no me iban a matar y además tenía una comida al día asegurada en el restaurante de mi amigo, así que compré el pasaje luego de un largo regateo, el día traería sorpresas pero para eso falta un rato así que mejor les dejo la historia para el próximo post.

José Ramón Briceño 2018




José Briceño Diwan 7/1/2019 · #2

#1 A ti por leer

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Ignacio Orna (Nacho) 2/1/2019 · #1

Muchas Gracias por compartir tus vivencias.

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