José Briceño Diwan en Comunicación y Periodismo, Profesores y educadores, Escritores Coordinador de redes • Corporación Ezequiel Zamora 7/1/2019 · 5 min de lectura · +700

Relatos de un balsero de asfalto V

 Buenos Aires verano del 2017

Siempre había pensado que la suerte no existe, que todo es una cadena de acontecimientos basados en alguna decisión cuyo desenlace no es más que la consecuencia lógica de una serie de eventos que termina arrojando cierto resultado. Horas después de pasar la frontera de Uruguay, al llegar a la Argentina, pude comprobar que la suerte si existe y todos los acontecimientos que cayeron de improviso desde que salí del barco en Buenos Aires así lo demuestran.

Al amanecer, cuando me dirigí a comprar el pasaje hasta Bogotá, obtener el ticket del bus se cerró luego de un proceso que de negociación bastante largo para lograr (aparentemente) que el empleado hiciera una rebaja de cincuenta dólares en el precio del boleto pues la tarea era lograr que me quedase algo para poder hacer la magia del pobre ya que todavía quedaban 72 horas en aquella ciudad y miles de kilómetros hasta casa, en aquel instante lo único seguro era que viajaría a Bogotá, nada más. Aunque preocupado por el futuro inmediato no había más opción que seguir en movimiento.

Como plus, el empleado de la línea de autobuses ofreció guardar mi maleta en la oficina mientras resolvía lo del alojamiento alegando (muy acertadamente) que dormir al descampado con el equipaje encima es peligroso, sin embargo di las gracias alegando que ya tenía alojamiento para luego ir a buscar un teléfono con el cual contactar a una prima que vive allá. Como se cuál es la condición de muchos paisanos migrantes así como su natural reticencia a dar posada a gente en retirada pues temen que la tal retirada termine siendo un peso muerto por largo tiempo, el contacto era solo para pedir que guardase la maleta mientras resolvía de alguna forma el alojamiento, además claro de darme una ducha.

Una cosa curiosa es esa de tener dinero pero no poder gastarlo por no ser moneda de aquel país donde muy pocos son capaces de cambiarla sin problemas, así que tocó peregrinar para encontrar quien cambiase 10$ para los gastos inmediatos, el presupuesto integro era de 8 dólares diarios y si sobraba gastarlo todo en alguna “comida” para la semana de camino que quedaba por delante, luego vería. En argentina el tema cambiario para aquel momento era bastante álgido por lo que cambiar divisas fue todo un tema, al final y luego de mucho preguntar por todo el terminal encontré una oficina de alguna línea internacional de autobuses donde una poco simpática rubia platinada hizo el cambio, fui a buscar un teléfono público con el cual hacer los contactos para cubrir la primera fase. El teléfono de alquiler lo encontré en la planta baja del terminal donde hay un “locutorio” que no es más que un local donde alquilan computadoras y teléfonos, por fortuna nunca pude marcar el móvil al que pensaba llamar, es que en cada país hay un prefijo telefónico que todos dan por sentado que uno sabe (o adivina) y la verdad siempre se hace muy complicado, lo afortunado de no saber marcar es que no tuve más opción que alquilar el pc más caro de la vida (4 dólares la hora o 60 pesos) , como estaba muy corto lo hice por media hora, abrí Facebook y localicé a varios amigos y familiares, afortunadamente quien tenía en mente fue la única persona en Buenos Aires que no hizo el feo, me dio su dirección y las señas para llegar, mientras hablaba con ella, en otro chat de Facebook, un primo a quien tengo años sin ver ya que vive en otro continente, saluda y pregunta donde ando, le cuento y enseguida sin preguntar mucho pide mis datos para girar fondos vía Western Unión, en principio no me lo creí, sin embargo di todos los datos y dijo que un rato después giraría algo para que no tuviese que mendigar ni pasar más hambre, casi lloro de la emoción, ya estaba por quedarme sin tiempo en la pc alquilada , me despido de todos los conectados y por último apareció el amigo del restaurante quien también dio las señas del sitio, además de la bienvenida a la ciudad.

Resulta que en Buenos Aires el transporte público no se cancela en efectivo, toca comprar una tarjeta que valía en aquel momento 50 pesos (4$) más saldo para pagar, total me gasté casi ocho dólares que no estaban en la cuenta, sin embargo ya estaba más tranquilo por la ayuda de aquel generoso primo que había quedado en girar fondos, aunque no dijo cuánto, eso era lo de menos ya que cualquier cosa lo consideraba una fortuna, cuando uno está perdido, solo y a miles de kilómetros de casa cualquier ayuda se siente como ganarse la lotería sin haberla jugado jamás. Salí con mi maleta a rastras otra vez por el gigantesco terminal y fui directo a la parada más cercana, algo particular de esa ciudad es que al contrario de lo que uno piensa, por aquello del estereotipo mediático de los porteños, no son antipáticos, muy al contrario a todos los que pregunté direcciones (incluidos policías) fueron bastante amables, es que perderse en aquella megalópolis es de lo más fácil.

Siempre quise conocer (aun quiero volver en pero otras condiciones menos complicadas) esa ciudad, desde muy joven varios de mis escritores, poetas y cantantes favoritos son de allá además nadie que hable mal des su estadía allá, todos los comentarios son excelentes y vaya que conozco gente, desde viajeros ocasionales hasta verdaderos sibaritas del buen vivir, todos coinciden en hablar maravillas. A pesar del estrés que llevaba por las razones que ya conocemos debo admitir que todo lo que me contaron es cierto, aquella es una ciudad hermosa que me tragué desde las ventanas de todos los autobuses que tomé.

Llegar hasta donde vivía mi prima con su esposo tomó casi un par de horas, no tanto porque fuese muy lejos, la verdad es que me perdí y caminé muchísimo de más intentando decodificar la nomenclatura de las direcciones porteñas, si no fuese por el hambre y el cansancio tuviese mejores recuerdos de esa caminata. Ella y su pequeña familia vivían en un hotel (pensión) del centro de la ciudad, a pocas cuadras del obelisco , es una edificación antigua que en algún momento convirtieron en pequeños apartamentos , el de mi prima era de dos estancias; una muy pequeña con una nevera ejecutiva (de las mínimas), la habitación principal tenía la cama matrimonial, una litera y la cuna del bebé de la pareja, al llegar y preguntar por mi prima al portero olvidé que estaba en aquel país pues como seña hablé de una joven catira de ojos verde , algo así como el equivalente de llegar a un juego de basquetbol y preguntar por un fulano negro, alto y de cabeza rapada, la descripción bien podía ser clara en Venezuela donde los blancos son minoría, allá es otra la historia, pero todo se resolvió cuando hablé de una pareja venezolana , en ese instante aparecieron los primos , hubo saludos, abrazos y curiosidad por ponernos al día, es que en tierra extraña hasta el familiar más olvidado se recibe con cariño por aquello de la nostalgia del terruño.

Relatos de un balsero de asfalto V

La familia que me recibió aparece en la escalera y al verlos noté cierta expresión de sorpresa pero nada dijeron, luego de los saludos pedí que guardase mi maleta y una ducha pues tenía casi tres días sin bañarme, fueron de lo más amables permitiéndome usar su baño sin omitir aclarar que no podían dar posada pues la litera estaba ocupada por otros dos paisanos con quienes compartían el alquiler, la verdad es que con la ducha y sitio donde guardar la maleta ya hacían bastante, así que no hubo mayor contratiempo, ya conocía su situación.

En aquel amplio baño con agua caliente me vi desnudo en un espejo de cuerpo entero por primera vez en mucho tiempo, entendí la razón de que al recibirme se hubiesen quedado tan sorprendidos, es que estaba más flaco de lo que jamás volveré a estar a menos que pase otra hambruna, había envejecido como cuarenta años en tres meses, es que cuando adelgazas muy rápido la piel no se amolda a la nueva situación y queda como si fuese prestada de alguien más grande, en vez de tristeza apareció la rabia por haber pasado por eso, sin embargo en aquel momento no había chance para tonterías ya que tenía por delante aún cosas importantes por resolver, el alojamiento y la remesa enviada desde Australia, de hecho eso pasó hace casi dos años y es ahora que tengo el valor de escribirlo sin terminar con alguna explosión emotiva cercana a la bronca.

Luego de conversar un rato , matar la sed con unos cuantos vasos de agua fría , dejé la maleta para ir en pos del restaurante del otro amigo , una comida caliente era imperativa además de volver a conectarme desde algún wifi gratuito que supuse habría en alguna que si algo tienen en común las grandes (y pequeñas) ciudades de Latino américa es que en algún lado hay señal de internet gratis, cosa que en mi país no hay, además la computadora que tenía en aquel tiempo no despertaría la codicia de nadie por lo que sacarla en público nunca fue problemático y al no tener móvil no tenía otra opción.

Otra vez a la calle, esta vez mejor presentado y oliendo a hombre limpio, cosa importante para mí. La nomenclatura de las direcciones en aquel país es complicada, más aun cuando hay un transporte público bastante eficiente, con rutas definidas y tiempos de respuesta que sorprenden que además tienen una red inmensa de rutas en aquella megalópolis donde vive casi más gente que en mi natal estado Aragua allá en Venezuela, lo que sumado a mi eterna manía de andar despistado hizo el viaje al sitio donde iba algo más largo de lo esperado, al cabo de una hora y luego de mucho preguntar llegué al restaurante ( @maleburgerbar ), el amigo me recibe con la resistencia natural de quien sabe que la visita viene muy pobre y que quizás le pida algo más, asunto que zanjamos rápido pues le expliqué que había comprado pasaje para dentro de tres días y que si iba hasta allá fue por tomarle la palabra. Todos los empleados de aquel establecimiento eran venezolanos por lo que el recibimiento fue caluroso, tanto, que al enterarse que volvía, quisieron llamar a sus contactos para que encontrase empleo en negro mientras resolvía la documentación, con mucha vergüenza tocó rechazar el gesto pues otro mes allá requería dinero para alquilar algo y de eso no había nada, ya había gastado en el pasaje comprado que además no tenía devolución, aun no sabía cuánto giraría el primo australiano pero de seguro no cubriría un mes de comida ni alojamiento.

Estuve un par de horas donde comí una hamburguesa ( de lujo acompañada de una cerveza artesanal de la zona (excelentes ambas), debido a la gentileza de mi amigo quien me dio la clave de su wifi, hice contacto con mi primo quien confirmó el envío, a seis cuadras había un western unión al que salí raudo a buscar el dinero. El proceso de retirar los fondos fue todo un drama, resulta que allá (a diferencia de otros países) las oficinas de la empresa exigen que quien reclama el giro sepa exactamente de cuánto dinero vas a recibir, además de entregar una copia del documento de identidad, dirección de habitación y un número telefónico, los últimos tres requisitos son normales así que ya tenía apuntados esos datos, el problema es que no sabía cuánto era el giro que mi primo había enviado por lo que el tramite duró más de lo normal pues hubo que volver al restaurante a esperar que mi primo se conectase (Australia está a varios husos horarios de Buenos Aires) para saber cuánto era , al enterarme casi grito, me había girado 400$, quizás a unos le parezca una miseria pero para mí era la fortuna de Rey Salomón pues ya tenía con que pagar comida y alojamiento durante lo que quedaba de viaje, no más hambre ni dormir en bancos de terminal, media hora después ya tenía esa cantidad en mano, aunque en moneda local pero ya no (tan) indigente.

A golpe de siete de la tarde (allá oscurece tarde en verano) , otra vez el bus y directo a casa de mis primos, al llegar a dejar la computadora para salir a buscar hotel, pero como caído del cielo me encuentro con que uno de los compañeros de habitación se mudaba esa noche por lo que podría quedarme allí hasta la salida tres días más tarde, previa demostración del pasaje y mi no-intención de vivir allí, quedó resuelto el tema del alojamiento, ese día fue pura suerte, algo poético, gracias a la generosidad de gente de la que no esperaba tales gestos, ellos saben cuánto aprecio eso y que llegado el momento tengo la esperanza de pagar el favor con la debida exageración del agradecimiento infinito, así terminó mi primer día en Buenos Aires además del inicio de otra aventura.

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José Ramón Briceño, 2018