José Briceño Diwan en Las Reflexiones de hacen pensar, Comunicación y Periodismo, Escritores Coordinador de redes • Corporación Ezequiel Zamora 11/1/2018 · 3 min de lectura · +500

Una Historia de Horror

 

Cuarenta y cinco grados a la sombra, la calle vacía a las dos de la tarde, pero la resaca pide a gritos una dosis extra grande de lo que sea aunque por el calor es preferible mucha cerveza. Hasta hace doce horas era un fulano normal, tres palabras destrozaron todo, ella  dijo, tenemos que terminar, tomó su cartera y salió para nunca más volver. El hombre no supo nada más, sus palabras rebotaron de manera intensa desde ese momento, no hubo sosiego, destapó una botella del licor más barato y abundante que encontró a mano, lloró hasta deshidratarse y bebió hasta caer de la silla, sin soltar el teléfono, ahí lo encontró la mañana, tirado en medio de la sala, adolorido gracias duro piso de granito sin pulir, la cabeza amenazando con explotar y la tristeza reventando las costuras de la cordura, encendió el primer cigarrillo, desayunó con el fondo de la botella.
Se duchó, intentó la centésima llamada al celular que tampoco respondió, llamó a su trabajo para decir que tenía la tripa revuelta y no asistiría ese día, se vistió y salió hasta el cajero automático más cercano luego desandó el camino hasta la licorería más cercana y barata donde le pidió al vendedor que le diese cervezas hasta que se acabara el dinero, si faltaba no importa que usaría la tarjeta de crédito, los amigos extrañados por el silencio llamaron por horas hasta que contestó y entre sollozos explicó que ella lo había dejado, alguno lo intentó rescatar pero le pidió más alcohol, entre hombres es normal emborracharse hasta perder la conciencia, quizás por eso nadie prestó mayor atención al asunto del despecho.

Así pasaron los días, una interminable sucesión de borracheras y resacas, muy poca comida, no volvió al trabajo, otra vez algún amigo preocupado hizo llegar un reposo psiquiátrico por depresión severa para evitar que perdiese también el empleo, sin embargo al pobre hombre no le importaba nada más que su dolor, pensaba que nadie más lo volvería a querer, la licorería se transformó en parte de su rutina diaria, los borrachitos miserables sus nuevos compañeros de farra, el licor el aderezo de sus pocas comidas. Una tarde cualquiera entre los lamentos que decía entre la nube de cigarro y alcohol alguien le hizo llegar una extraña pipa con yerba, olvido automático dijo el espontaneo, él aceptó porque ya no pensaba que nada sería peor, tenía razón el extraño, el sosiego  llegó pero no el olvido.

Se hizo adicto a la yerba, ya sumaban tres vicios capitales en su nueva vida de indigente emocional; alcohol, cigarro y yerba, su mezcla perfecta para pasar el día, adelgazó más de cuarenta kilos en ese mes, resulta que no comía pues el sueldo de reposante psiquiátrico lo gastaba integro en su nuevo harén de vicios placenteros y tristeza autocomplaciente.
 La familia intervino, perdió la casa para terminar en la de su padre, allí no le fue mejor, se escapaba a beber escondido, como buen adicto encontró otro distribuidor que pronto le hizo llegar más yerba, ahora supuestamente modificada genéticamente por lo que no solo era más cara, también más potente, comenzó a mezclar el peor licor, los peores cigarrillos con la supuesta yerba que ya no le hacía nada de lo prometido, no sentía la misma paz de los primeros intentos, vendió hasta los zapatos.

En una tarde de lucidez forzada por la falta de dinero se enteró que ella se había ido del país y ahora vivía con un español que decía ser su amigo del alma pero que termino de amante de turno, la depresión volvió, el distribuidor le prometió calma instantánea, empezó a mezclar la extraña yerba con unos cristales que les dicen piedras, mezcla fatal para cualquier novato pero perfecta para un organismo acostumbrado a los excesos de drogas, y a veces hasta algunas pastillas robadas a la madrastra mezcladas con ron pusieron su aporte.

Cuentan que una mañana, seis meses después de comenzado el despecho, despertó gritando el nombre de ella, eran alaridos plenos de agonía mezclada con rabia profunda, salió  en pijama gritando de manera ininteligible mientras lanzaba piedras a la pared del fondo de la casa, salieron los vecinos entre  alarmados y curiosos a escuchar el escándalo del loco de al lado.
Llegó el dueño de  casa  intentando imponer algo de su autoridad filial pero no hubo forma de hacerlo entrar en razón, hizo un amago de rezo y lanzó piedras ahora a los presentes, gritaba que la mujer había muerto y ahora lo perseguía su fantasma, dijo además que el diablo en persona le había dicho que estaba castigado por haber pateado al cristo y a su madre el día que lo bajaron de la cruz mil vidas atrás, que por eso ella lo perseguiría hasta el día de su muerte cuando satanás lo recibiría como al hijo prodigo, al grito de ¡vade retro satanás! Salió a la calle a gritar su buena nueva, con tan mala suerte que un autobús lo atropelló, cuentan que mientras agonizaba en medio del pavimento, decía en voz muy baja el nombre de ella, todo acabó aquel domingo de madrugada, agonizaba rodeado de cemento sangre y moscas, rogando que la próxima vida también fuese en los brazos de ella.
José Ramón Briceño, 2016
@jbdiwancomeback
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