Albuquerque

Albuquerque


Nos bastaban esas tres frases hechas
que entonaba aquel trasnochado galán
de historias de amor, sueños de poetas,
a los quince años no se saben más.

Palabras de amor / Joan Manuel Serrat

No sé quién me contó la anécdota del huaso que al ser atacado por un puma le mete la mano por el hocico, lo recorre hasta el extremo de la cola y de un sopetón lo da vuelta. Tampoco sé si alguien se le ha ocurrido invertir la letra de una canción de amor (para ser sinceros, yo nunca lo he intentado, me parece inútil. Con los años las escenas en la línea de tiempo que llamamos biografía, se revienen y se desperfilan. Lo que pervive son ciertas sensaciones que fluctúan entre el erotismo y la monstruosidad).

Tenía 18 años (en algún lugar de mi, todavía los tengo) y la testosterona me convertía en un odiseo adicto al canto de las sirenas. Todas ellas se integraban en una sola que yo colmaba de todos los atributos y cuya voz sintonizaba todas las frecuencias del espectro de mi deseo.

La ausencia de celulares y de redes sociales hacía imprescindible la sincronía con un testigo fiel y externo. Pero no de un personaje secundario, sino de El Quijote mismo para dar fe de las aventuras de su escudero, las que, por mi linaje y posición, me eran permitidas.

Como noble, pero escudero, la escritura entonces me era esquiva. Solo ahora, en el crepúsculo temprano de mis días, me tomo la licencia de escuchar las teclas que yo mismo digito. Qwerty no es el nombre de la doncella, su nombre es un nudo con reserva de otra nave y de otro relato. Este parte en un rodoviario, seguido de una noche en vela, de cientos de focos fugaces que el insomnio me llevó a cuantificar entre Santiago y Concepción; ese lugar de la mancha de nombre revelado donde residía mi entrañable Alonso Quijano, cuyo alias era Rodrigo y que era de nariz y no de quijada prominente.

El día previo a mi viaje y de nuestro encuentro vi un capítulo de Bugs Bunny en el que el conejo chocaba con una roca y al emerger de la tierra, con cara de circunstancias dice: “Creo que debería de haber tomado ese desvío a la izquierda a Alburquerque”. Dos meses antes, desvelado, había visto una ridícula película de terror animal: “La noche de los conejos gigantes” donde unos orejotas mutantes del tamaño de un lobo y sedientos de sangre, acechan a los moradores de una granja de Arizona. Ocho patas son dos conejos y un solo acertijo.

Rodrigo me esperaba en la estación. Había comprado al por mayor, dos bolsas de caramelos. Tras ponerme al día de sus variadas lecturas, tomamos el tren hacia Valdivia. Los asientos de palo de la clase económica y las múltiples paradas del itinerario eran un desafío a todo el arsenal de juegos de salón que poseíamos. Frente a nosotros viajaban dos gemelas pre adolescentes, gorditas, con caras redondas, trenzas y mejillas rojas, que llevaban un canasto con cocaví. Eran más tímidas que nosotros. Muy calladas. Yo le informé a Rodrigo que el canasto contenía entre otros comestibles ocho sandwiches de pan amasado, cuatro huevos duros y una bolsita con sal. Un viaje en tren al sur no era lo mismo sin comer huevos duros.

Fue entonces, sorpresivamente, que mi compañero sacó una de las bolsas de caramelos y mirando fijamente a los ojos de la que parecía la mayor de las gemelas le dijo: “Se la cambiamos por unos aliados y un par de huevos duros con sal”. La gemela menor miró a su hermana que sin separar los ojos de mi amigo contestó: “¡Hecho!, ¡Pasando y pasando!”. La mitad párvula de las gemelas y nuestra autoimpuesta tradición de comer huevos duros en el tren quedaron satisfechas. 

De ahí en adelante las gemelas se relajaron y sacaron la voz hasta que se bajaron, dos estaciones más allá. Nos contaron que iban a la casa de sus abuelos y que todo lo que había en sus tierras era pródigo, todo crecía más de lo acostumbrado. Al descender se despidieron sincronizadas, agitando la manito derecha. La más chica nos sacó la lengua. Apenas el tren se puso nuevamente en marcha, Rodrigo tomó el segundo paquete de caramelos, lo abrió y lo arreboló por la ventana. Muchos niños y algunos ancianos los recogieron, y se los repartieron respetuosamente. Luego de unos minutos de alternar posiciones en los asientos de madera y tras la nariz prominente de Rodrigo, a lo lejos, lo distinguí… tomé su mentón y le giré la cabeza; le dije perplejo: “¡Mira!”

En medio de un pasto amarillo un anciano vigoroso posaba su brazo izquierdo sobre lo que asociábamos, desesperadamente, con un pony de orejas desproporcionadas. Sobre su lomo las dos gemelas saludaban al tren con sus brazos otra vez sincronizados. Los dos sabíamos que eso no era un pony. Sacamos la madre hasta que dejamos de verlos detrás de unos árboles.

Ninguna de las cinco razas de conejos gigantes calzaba con esa proporción.

Ese verano no hablamos del tema.

Mi amigo, que se empecina en vivir lejos, dejó Concepción y se fue a Buenos Aires. Hace poco, a décadas del avistamiento, nos imaginamos el tamaño de las zanahorias que alimentaban al titán conejil y nos preguntamos si el ejemplar era el único de su especie.

Luego de mi viaje a Valdívia, la sirena se cansó de cantarle a un solo marino y yo de encallar, y tragar agua salada… al igual que Bugs aprendí a leer el mapa y esta vez enfilé definitivamente a Albuquerque. 


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Nombre del autor:  Hugo Robles Lama /// Fecha y lugar de la publicación: 1979 –  Araucanía,Chile.  /// Categoría: Amor.