American Painters

American Painters

Debe haber sido a mediados de 1972, en plena Unidad Popular gobernando Chile; yo por entonces un niño de 8 años.

A menudo –un fin de semana al mes, un par de semanas en verano, la mitad de la quincena de las vacaciones de invierno- visitaba a mi tía Alicia, hermana de mi padre, quien residía en Colina, a unos 30 kilómetros al norte de Santiago. Tenía un gran partner: Luis Lobos Araya, el guatón Lucho, mi primo, unos pocos meses mayor que yo. Él integraba, como cualquier niño, su banda de amigotes. A mí me parecía que era el líder debido a su personalidad y porque sus padres, mis tíos, eran dueños del principal negocio del barrio: un gran almacén y un bar restaurant. El Lucho siempre tenía y compartía golosinas, bebidas (¡oh, Limón Soda!), y nos enseñaba a jugar a la rayuela en el patio interior de su casa, junto a un canal de agua cristalina y bajo un palto gigante y generoso. El tradicional juego ardía con competencias profesionales los fines de semana.

Por esos años Chile era un país muy pobre. Por eso siempre había mucha gente, sobre todo niños, gastando el tiempo en la calle. Yo lentamente me iba dando cuenta de la realidad. En medio de ella, jugábamos fútbol, a las paletas, leíamos historietas o compartíamos alguna conquista amorosa, probablemente inventada.

Un día entró al almacén -mi primo y yo lo atendíamos ante la atenta mirada de mi querida tía- uno de los muchachos corriendo y gritando que en la esquina frente al consultorio “¡hay un negro!”.

Salimos raudos los tres y a menos de una cuadra vimos a un grupo de personas limpiando y pintando la fachada del edificio de salud municipal. Eran siete. Lo extraño es que no parecían de por ahí. Eran como esos actores gringos que uno veía en las películas de vaqueros o de policías: rubios y muy blancos, excepto uno moreno y uno increíblemente negro. Nunca ninguno de nosotros había tenido contacto directo con una persona de color. Literalmente, enmudecimos por largos segundos.

Recuerdo que entre ellos hablaban y reían, con discreción. Parecían muy cómodos trabajando en la refacción de la fachada del consultorio. Era un mediodía de verano, caluroso. Vestían jeans y camisas del tipo leñadoras. Claramente no era la ropa más adecuada para la tarea. La piel del afroamericano brillaba de una manera que yo no había visto ni en el cine. Llegaron más niños y algunas niñas: un grupo de gringos pintando el consultorio era un espectáculo.

Lo conversamos en el grupo, pero nadie tenía una buena explicación. Y un problema adicional es que ninguno de nosotros hablaba una pizca de inglés. Y ellos casi nada de castellano. De pronto uno de ellos se dirigió a nosotros con una palabra: “¿Dónde?” E hizo un gesto de llevarse una cuchara a la boca. Mi primo y yo le indicamos el restaurante de su padre. Luego, el pintor de color sacó de su bolsillo varios paquetes de chicles: los maravillosos Wrigley’s: aplanados, con un sabor levemente mentolado. Nos regaló uno a cada uno. Ninguno de nosotros los conocía. Nos parecieron mucho mejor que nuestros Bazooka o Dos en Uno.

Nos alejamos contentos.

Al rato los gringos entraron al bar. Se sentaron, miraron la carta que, por suerte, tenía fotos: hot dogs y cazuelas fueron los elegidos. Tomaban mucha Coca Cola. No hablaban tanto pero sí reían harto. Parecían contentos.

Cuando se iban pedimos más chicles a nuestro nuevo amigo de color. Yo recordaba la palabra Bubble Gum, de alguna peli, seguro. Me gané un paquete entero como premio por mi inglés. Cuando se acercó mi prima Adelina y pidió una goma de mascar, el gringo puso la mano a la altura de su vientre, e hizo un gesto de sí con su cabeza. Luego subió su mano hasta el hombro e hizo el de no. Fue una interacción muy entretenida.

Estuvieron trabajando toda la semana. Siempre venían a almorzar al restaurante. Recuerdo que mi tío advertía que ya casi no le quedaban Coca Colas. Yo cada vez tenía un par de palabras en inglés, que me esforzaba en recordar. Me transformé en el rey del Wryglei’s.

Un día los gringos no llegaron. Ni a trabajar ni a almorzar. Desaparecieron. Lo lamentamos con mi primo y su banda, a esas alturas “mi” banda. Queríamos saber más, que nos enseñaran inglés y, en mi caso, resolver el misterio de por qué habían venido a Chile a pintar fachadas.

Con los años pensé que debieron haber pertenecido a la CIA o algo así, y colaboraban en la preparación del golpe de Estado. Esto conectaba con el hecho de que en las afueras de Colina había y hay una base de la Fuerza Aérea de Chile. Años más tarde supe que también la NASA operó allí una antena para supervigilar vuelos y satélites. Ahora pienso que talvez pertenecían a alguna ONG o fundación norteamericana de ayuda a países del Tercer Mundo.

Como sea, fueron momentos de esos que dejan más preguntas que respuestas. Pequeñas emociones inolvidables. Cuando llegaron a Chile los Wrigley’s me hice adicto. Aún lo soy.


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Nombre del autor: Charlie Donoso Astete. /// Fecha y lugar de la publicación: 1972 – Santiago, Chile.  /// Categoría: Misterio.