De pronto...mucha luz


De pronto...mucha luzEsto ocurrió hace bastante tiempo, en el siglo pasado. Era joven, estudiaba en la universidad y cualquier trabajo de tiempo parcial me venía bien, porque se vivían días de penuria económica. Vivía entonces al otro lado de la cordillera. En Santiago, Chile. Quizá porque había trabajado como encuestador o, aún antes, vendiendo tarjetas de crédito de un banco privado a gente que no las necesitaba, me convocaron para que me pasase un fin de semana entregando chequeras o tarjetas, y haciendo encuestas a los clientes de ese mismo banco. Sería comienzos de invierno, pienso, porque ya estaba oscuro cuando llegué a la última de las direcciones: una casa pareada, de dos plantas, en una calle corta a pasos de la avenida Pedro de Valdivia, muy cerca de la también avenida Bilbao.  Recuerdo que sentí una punzada de molestia o frustración al descubrir que la dirección marcada en la ruta correspondía a una residencia que estaba con sus postigos cerrados y completamente a oscuras. Esto último era muy notorio: parecía una lamparita de arreglo de árbol navideño quemada al lado de todo el resto de las casas de esa cuadra, las que brillaban tanto antes como después de ella.

Mi molestia tenía que ver con que me pagaban por entrega y encuesta realizada. Fue esa la razón que me llevó, incrédulo (que mala suerte que justo esta gente no estuviera) a acercarme a los postigos e intentar mirar hacia su interior, sin distinguir nada. Luego, toqué el timbre casi sin esperanzas. Como no acudió nadie de inmediato, me di cuenta que el medidor de luz estaba a un costado de la puerta de entrada y me acerqué a verlo. Era de esos modelos en que una rueda gira y posee una marca, de manera que si esa marca se mueve es que se está consumiendo electricidad. Pensé que si se movía habría alguien. Falsa esperanza. No se movía. Toqué nuevamente para quedarme con la sensación de no haber insistido. Y, pasados unos segundos, para mi sorpresa sentí algún ruido y la puerta se abrió.

Una mujer sobre la cual mi memoria es amarreta, de mediana estatura, educada, tal vez rubia y que transmitía inteligencia; me preguntó quién era y qué quería. Cuando se lo expliqué me invitó a entrar. El recibidor, muy iluminado, daba a una escalera a la izquierda. Pero avanzamos por él hasta una especie de fondo en que había un perchero lleno de paraguas. Sentí un olor intenso, acre. Extraño. Pero no tuve mucho tiempo más de fijarme en detalles porque comencé a hacer mi trabajo, a la vez que un perro (daba pequeño) me ladraba desde la alturas de la escalera, y su dueña lo hacía callar de manera intermitente. El diálogo y la encuesta avanzaron sin problemas. El único hecho peculiar fue que a la pregunta “¿En qué ciudad le gustaría que hubiera una sucursal del banco o en qué ciudad le gustaría que estuviera establecida su cuenta? Ella respondió. “Los Ángeles”. En Chile hay una ciudad que se llama así. De tamaño mediano. Me llamó la atención y para aclararlo le dije algo como: ¿En la VIII región? O algo así. Y ella con naturalidad, me corrigió: “No. En Los Ángeles, California”. Todo habría terminado ahí, pero para concluir el trámite se necesitaba algún documento o que me mostrara algo de la chequera, lo que la obligó a dejarme ahí y subir a buscar aquello. Curioso, aproveché ese momento para dar un par de pasos y ver cómo era el living-comedor adjunto. Apenas lo hice descubrí varias decenas de ojos que me observaban de todo tipo de lugares: ahí estaba lleno, pero increíblemente lleno, de gatos. Ése era el origen del olor. Pero, no estaban solos. En exacta diagonal a mi persona, al otro extremo de aquel espacio, una chica muy bella, de 17 a 19 años, también me enfocaba con su vista. Quieta. Sonreía. Un movimiento brusco me hizo mirar hacia abajo y resultó ser un gato que caminaba sobre la mesa de centro y bajo su pies vi un libro abierto, con hojas de papel Biblia. Lo reconocí de inmediato: Don Quijote de la Mancha. Ahí sentí los pasos que bajaban de la dueña de casa y volví hacia atrás. Mientras revisaba sea lo que fuera que me trajese, otro gato saltó sobre un aparador o algo bastante cercano y pude ver que tenía un ojo lleno de blanco (huero). Creo que la mujer me explicó algo de él. Entonces todo terminó y partí. Una parte mía quería saber más, pero no encontré manera de inquirir nada.

Al salir no pude evitar volver a mirar la rueda del medidor de la luz, la que ahora giraba a una velocidad respetable. Luego de alejarme un par de metros, giré para observar la casa por última vez: ahora la luz se colaba a raudales por las grietas de los postigos que seguían cerrados. De todas partes. ¿Cómo no me había dado cuenta en el momento en que las habían encendido?, ¿las habían encendido todas de pronto y al unísono?, ¿la chica estaba a oscuras en el living con los gatos cuando llegué o había bajado con la madre?, ¿su sonrisa era de burla juvenil contenida al ver mi impresión al descubrir tantos gatos o era una sonrisa de quien se sabe poseedor del acceso a algo distinto?

Sé que es casi seguro que se trataba de una familia cuya única particularidad era tener decenas de gatos y ahorrar luz, pero durante muchos años tuve la sensación de que algo del orden de lo maravilloso o lo mágico ocurría, había ocurrido, ahí.

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Nombre del autor:  Rodrigo Lara Serrano /// Fecha y lugar de la publicación: Santiago, Chile /// Categoría: Misterio