Rock para los amigos

Rock para los amigos


Finalizaba 1985. Fue el año que el rock progresivo consolidaba su reinvención tras la década de los ’70 del siglo pasado, la época de gloria del estilo que alimentaron bandas como Focus, Yes, Genesis, Gentle Giant, Pink Floyd y JethroTull, con una música caracterizada por canciones extensas, complejas, hasta de 27 minutos. En algunos casos, con exploraciones instrumentales inéditas, a veces, sobrecargadas. Cada músico era un virtuoso en su respectivo instrumento. Era, lo reconozco, música algo pretenciosa y arrogante, pero a mí me fascinaba, y todavía lo hace.

Cuando la escuchaba sentía que potenciaba la melancolía propia de mi adolescencia. Y era la mejor nave que conocía para viajar hacia estados de ensoñación y libertad mental. Recuerdo un programa en radio Chilena que la difundía en AM. Y en Semana Santa la radio Concierto la programaba exclusivamente. Yo me organizaba con tiempo y compraba casetes para grabarla en mi vieja y querida Phillips 466. En esos tiempos era un estudiante pobre. Pero mi niñez no fue desvalida, entre otras cosas gracias a la música.

Desde fines de los ‘70 y a principios de los ’80 del pasado siglo, la música progresiva había recibido fuertes ataques, sobre todo del punk, pero también de la Nueva Ola del Pop de Teclados, que le impugnaban su alejamiento de la simpleza, espontaneidad y desenfado de las vertientes originales del rock.

En respuesta, las  grandes bandas de los mencionados años  ‘70 realizaron pequeños ajustes tendientes a la simplificación, y conocieron un merecido éxito comercial: repletaban estadios y teatros (Pink Floyd ya había alcanzado un hito en ventas con The Dark Side of the Moon en 1973). Entonces, de repente, y una vez más en Gran Bretaña, jóvenes fans deciden retomar el espíritu de la década pasada y restauraron la majestuosidad del rock sinfónico con nuevas y viejas fórmulas: bandas como Pendragon, IQ y Marillion se expandían por el universo del rock. Corría 1985 y yo estaba en shock por el álbum Misplaced Chilhood (Niñez Desvalida), el cuarto de la banda. 

Ya conocía su álbum Script for a Jester’s Tear. Y en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, frente a compañeros sofistas como el Negro Sepúlveda o Cristián Soto, que argumentaban que Marillion imitaba a Génesis, yo alegaba que por lo mismo eran grandiosos.

Íntimamente sentía que mi adhesión a la psicodelia sinfónica de mi pubertad y adolescencia  tomaba sentido, que no había estado equivocado, que no había adherido a una moda.

En diciembre de 1985, Guillermo Hidalgo, compañero de Periodismo, mi gran amigo, cumplió 22 años. Días antes su polola, Diana Massis, me preguntó qué regalo le sugería. Casi sin pensarlo le dije que el disco Misplaced Childhood de Marillion.

Ella le hizo llegar su regalo el día de su cumpleaños, antes de la fiesta que celebramos en la casa familiar de Guillermo, en un pasaje de avenida Macul frente al Pedagógico. Llegué el primero, antes que ella, que vecinos y que compañeros del colegio San Gaspar, de Historia de la UC y de Periodismo de la U. El Guille ya era muy popular.

Haciéndome el gil le pregunté por los regalos. El Guille me mostró el disco y realmente sorprendido me dijo que no entendía por qué. Agregó que conocía a la banda y que le gustaba, pero que no estaba entre sus favoritas. Yo lo sabía, era mi amigo. Era un melómano y vibraba con Elvis, con Led Zeppelin, The Police, Credence… pero con Marillion no. Me lo pasó y lo puse en su tocadiscos por primera vez de entre veinte y tantas veces esa noche.

Yo estaba maravillado, pegado a los parlantes. Pero cerca de la medianoche empecé a sentir una creciente incomodidad. Y luego me di cuenta de mi pequeñez, mi futilidad, mi fruslería, mi puerilidad.

Diana aún no llegaba. Entonces experimentando la extraña mezcla de éxtasis y culpa por la música me acerqué y le dije: “Guille, yo le dije a la Diana que ese regalo te encantaría. Pero reconozco que fue una sugerencia pensando en mí. Lo siento. Parece que la cagué”.

Él me miró con un afecto conmovedor y me dijo, poniendo su mano en mi hombro: “Compadre, súper bien. A mí también me gustó mucho. Está súper bueno. No pienses en huevadas”.

Esa noche inolvidable supe que había ganado un amigo para siempre.


Nombre del autor: Charlie Donoso Astete. /// Fecha y lugar de la publicación: 1985 – Santiago, Chile.  /// Categoría: Amor.


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Roberto Paillao Jul 7, 2020 · #1

A mi también me gusta Marillion !!

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