Un relato escalofriante

Un relato escalofriante

Resulta que con Tony a veces tenemos problemas de territorialidad. El se echa al lado de Dalia y cuando me acerco a ella para despedirme me gruñe como a un desconocido. En general basta un reto, seguido de una caricia, para que mueva la cola y se vaya gruñendo bajito. Hasta ahí estoy dispuesto a negociar.

A veces, como hoy, el gruñido es más fulero y hasta me muestra los dientes. De lo cual resultan escenas represivas con distintos grados de violencia, ya que, acepto las críticas, no estoy dispuesto a vivir en una casa en que todo el mundo le tiene miedo al perro. Dientes que brillan, patada que va, algún mordisco viene y una batalla campal con sillas caídas, gritos de Dalia y Tony y yo que terminamos alterados, angustiados, etc. 

Por suerte me voy triunfante porque el que raja es él y queda más o menos claro que en esta casa el perro alpha (o el bicho más bruto) soy yo, al menos por ahora. No pasa muy seguido, y es un bajón, pero horas después las reconciliaciones son hermosas y terminamos la noche jugando abrazados por el piso. Como hoy. Pero hoy ocurrió algo que me hace dudar de mis derechos territoriales. Y aquí viene lo bravo, eh. No digan que no avisé.

A las 10 de la noche Dalia me comentó risueña que Tony, desde hace dos horas, está obsesionado persiguiendo una cucaracha debajo de su escritorio (uno de sus deportes favoritos) y hace ruidos, tiró el tachito de basura, gruñe y mueve la cola olvidado del mundo. Ja ja, je je, perro loco vení a comer. Ni bola, dale con la nariz metida bajo el escritorio.

Pero hete aquí que justamente cuando cenábamos, dando muestras una vez más de esa ubicación que lo caracteriza, Tony logra desenterrar de bajo el escritorio de mi amada esposa una cosa blancuzca que sale corriendo hacia la cocina.

Instantáneamente Dalia, con ese instinto femenino que tienen las femeninas, aparece trepada sobre una silla y a los gritos, cuando vemos esa rata de respetable tamaño (unos 25 cms. de punta a punta) que se arroja sobre Tony como el hombre araña; el perro se arquea, la esquiva y le lanza una dentellada que la agarra en el aire. La rata cae tras el tachito del agua y comienza a arrastrarse -sin dejar de mostrar los dientes- con las patas delanteras, ya que Tony le ha roto-roto la columna con el mordisco.

La situación es espantosa. El bicho que agoniza, Tony excitadísimo que se le abalanza, Dalia que grita y yo no quiero que la rata muerda a mi perro, nunca se sabe qué peste le puede pegar o le saque un ojo o qué se yo. Y mucho menos que me muerda o me saque uno ojo a mí. Antes de que pueda reaccionar Tony le cae con las patotas encima, logro correrlo hacia atrás. La rata ya fue, pero todavía se arrastra. 

¿Cómo terminar el asunto? Me pongo los guantes gruesos de la salamandra, lleno un balde con agua, dos trapos de piso y, haciendo de tripas corazón, termino con la agonía del roedor de la manera más humana que se me ocurre en ese momento (mejor sin detalles). Espero que Dios comprenda. El bicho ahora descansa en paz en una bolsita de residuos en la esquina (ahí donde me quejo de que me hacen basural) y Tony se pasea como Aquiles después de cargarse a Héctor. Hasta aquí todo termina escabrosamente bien.

Dalia todavía no se sobrepone a la impresión de haber tenido esa ratota entre los pies (recordar que todo empezó bajo su escritorio) y está tratando de acomodarse para dormir arriba de la silla. Y yo me pregunto. ¿Quién tiene derecho a dormir en la cama matrimonial? Porque es cierto que yo le di el golpe de gracia, pero también es cierto que ni loco meto mi nariz debajo de un mueble, si se que ahí hay una rata de cualquier tamaño. Ni hablar de morderle la espalda (¡qué asco!) cuando salta a atacarme. Más bien creo que me hubiera dado un pequeño infarto o, seguro, algún tipo de arritmia cardíaca.

Le hubiera dejado una nota indicándole donde encontrar el queso y me hubiera ido a parar en la esquina con los vagos que se quedan toda la noche, ya que no hay una plaza cerca donde tirarse a dormir. Pero ojo, que el que terminó el asunto también fui yo, y eso no es poco.

No fue solo desfilar delante del palco presidencial, me ensucié bien las manos (bah, los guantes) con la sangre de ese roedor. Me parece que esta noche dormirmos por turnos. Dalia en su silla, Tony en mi cama y yo en su frazadita con el hueso de plástico. Dos horas él, y dos yo. Sería lo más justo. Y si mañana me gruñe le invito una ginebra en el bar de la esquina y lo hablamos como soldados veteranos que somos.


Si querés enviar tu historia a Creando Experiencias, ¡haz clic acá!


Nombre del autor:  Gustavo Lencina /// Fecha y lugar de la publicación: –  /// Categoría: Animales



Creando Experiencias May 25, 2020 · #2

#1 Genial!Muchas gracias

0
Daniel Gutierrez Perez May 22, 2020 · #1

Hola @Leandro Smiriglia te recomiendo leer esto, probablemente sea de tu interés https://bit.ly/2zVJ09Z

0