Luis Alberto Bandeira Machuca in Marketing y Producto, Marketing, Profesores y educadores Director creativo • NTG Feb 21, 2020 · 3 min read · 3.0K

Le tocó la lutería.

Cambió el ojo por el oído y ¡premio…!

Mejor que el gordo. Diego Vila era ayudante de cámara de cine y músico aficionado. Pero asomarse al visor no era lo que más le entusiasmaba. Lo suyo era rasgar las cuerdas de una guitarra. En su adolescencia formó parte de varias bandas de rock.

A este argentino le sonó muy bien la historia que le contó su abuelo, un carpintero de Mallorca que cruzó el Atlántico para adentrase en el callejero de Gardel: en las noches de luna llena los lutieres de Cremona se adentraban en los bosques del Val di Fiemme. Iban iluminando con sus antorchas los abetos rojos antes de arrancar un trozo de corteza y escuchar el sonido que producía al desprenderse del árbol”.

Vila hizo el camino contrario: "desemigré a España hace 20 años como ayudante de cámara en proyectos de cine y publicidad". Pero fue un incidente con una vieja guitarra Hagstrom lo que precipitó el giro de los acontecimientos. Hace cosa de 10 años, tras un ensayo con unos amigos en Madrid, el bajo se le cayó a lo más bajo: el suelo.

En lugar de mandarlo a reparar, decidió aplicarse. Intentarlo por su cuenta. De forma totalmente autodidacta. Comenzó leyendo libros e indagando en los foros de internet y acabó intercambiando información con los mejores profesionales del mundillo. Al final lo consiguió. El resultado fue espectacular. El bajo resucitado sonó por todo lo alto.

Y así, sin querer, se inició en el arte de la construcción de instrumentos. De tocar la cámara a tocar la cuerda. Y le tocó la mejor lotería posible: la lutería. Su buen ojo para el cine cedió el paso a su mejor oído para la música.

El lutier Fernando Alonso Jaén le animó a dar el salto y se decidió a montar su propio taller. El ex-ayudante de cámara lo reconoce: "sin sus consejos no habría pasado de reparador de roturas y desperfectos. Él me enseñó a dar rienda suelta a la imaginación con diseños propios que contaran una historia diferente".

Cuando se quiso dar cuenta, el tango de la vida le había cambiado el paso. En 2011 abrió en Madrid un pequeño negocio de fabricación de guitarras eléctricas. Y, por supuesto, también bajos. Empezó desde cero, con cariño artesanal y respeto a la tradición. Y con un único objetivo en su mente: crear instrumentos que se adaptaran perfectamente a la técnica y a las necesidades de cada persona, no al revés.

Su taller de la calle del Olmo, en el barrio de Lavapiés, desafía las leyes del ingenio: ubicado en el semisótano de una antigua corrala, apenas mide 20 m2. Eso sí, muy bien aprovechados.

Las guitarras de Diego son herederas de modelos clásicos, como la Fender Jazzmaster y la Gibson Firebird. Incorporan elementos de la iconografía americana de los años cincuenta.

Parecen antiguas, pero en realidad juegan al despiste con referencias retrofuturistas y guiños a diferentes estéticas: una caja Les Paul, una pastilla Telecaster, un mástil atornillado allí, un clavijero inclinado allá... El resultado es una silueta inusual que sirve de vehículo a épocas pretéritas". Lo que marca la diferencia tanto al ojo como al oído es la elección de las maderas.

Vila utiliza materiales inusuales, como una variedad especial de pino importado de bosques de Suecia o un tipo de cedro español que imprime carácter y personalidad a la guitarra. En su opinión, el arce puede ser muy cañero y agresivo. Captura mejor el armónico fundamental. En cambio, la caoba produce un sonido más meloso.

"Recurro a la última tecnología para tallar las tapas y cortar las cajas con suma precisión, pero en algunos modelos sigo doblando los aros como se hacía a mediados del siglo pasado. Parto de diseños en 3D elaborados en una fresadora. A partir de ahí todo el proceso de fabricación es artesanal”.

El resultado es una mezcla de precisión digital y acabados inspirados en los viejos cánones de la construcción de instrumentos de cuerda. A Diego la lutería le tocó de lleno. Y lo ha aprendido todo. Sabe, por ejemplo, que las guitarras hechas a mano no son necesariamente mejores que las industriales. Su calidad depende, en última instancia, de su adecuación a la personalidad del intérprete.

Cada cliente requiere de una serie de adaptaciones a medida. Por eso lo más importante antes de confeccionar este “guante musical” no son tanto los materiales sino hablar mucho. Antes de encerrarse para elaborar el primer boceto, hace una batería de preguntas sobre la guitarra: ¿para qué la quiere?, ¿qué sonido busca?, ¿qué música escucha?

No son iguales las necesidades de un virtuoso que vive de la música que las de un coleccionista que quiere darse el capricho de poseer un instrumento exclusivo. Pero los dos tienen algo en común: a diferencia de otras disciplinas musicales, la guitarra eléctrica goza de cierto estatus como icono cultural. Aun colgada en la pared, seguirá funcionando como símbolo de un estilo de vida y una forma de entender el mundo.

Hoy sus guitarras alcanzan precios de 6.000 € y viajan a EEUU.

Entre las piezas más cotizadas de su taller su mayor éxito es el modelo Lezama (a partir de 3.600 €). Desde que lo presentó en el famoso NAMM SHOW de la localidad californiana de Anaheim, una de las ferias de productos musicales más importantes del sector, no ha parado de recibir encargos.

Una vez superado el umbral del medio centenar de guitarras, ha alcanzado un ritmo cómodo de trabajo. A razón de 2 al mes, que construye siempre sobre pedido y que no bajan en ningún caso de los 4.000 €. La más demandada de su catálogo tiene por nombre Austral.

Está diseñada a partir de maderas tropicales, abedul de carelia o arce rizado. Su precio puede llegar hasta los 6.000 €. El 60% de sus clientes son españoles, seguidos de cerca por los norteamericanos y los británicos. Vila firma secretamente cada guitarra con unos rebordes especiales y un tallado que garantiza la autenticidad de cada instrumento. No hay dos iguales.

2 guitarras al mes, un mes sí y el otro también. Trabajando en lo que le gusta: tocar; afinar el oído y las cuerdas. Mucho más de lo que ganaba mirando por cámara. Y con lista de espera...¡Infinitamente mejor que ganar el premio gordo de la lotería!

...Que le toque la lutería...

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Le tocó la lutería.