Luis Alberto Bandeira Machuca en Marketing y Producto, Moda y belleza, Hostelería y Turismo Director creativo • NTG 27/2/2018 · 1 min de lectura · 4,5K

Metamorfósis turística.

Vivir y disfrutar despacio.

Era un palacio. Ahora es una empresa la propietaria, en vez del conde.

Era un convento. Ahora su religión es el estómago. Y el claustro con su fuente un auténtico obsequio a la relajación.

Era una fábrica. Ahora es un hotel con camas y habitaciones donde se producen y venden servicios.

Era un cortijo. Ahora los aperos de labranza forman parte de la decoración que da cobijo a turistas ávidos de nuevas experiencias.

Y así “ad infinitum”. La sed y el hambre de las nuevas clases medias (sobre todo de otros países de la Comunidad) lo están transformando todo. Lo próximo, posiblemente, será una iglesia. Aprovechando la escasez de vocaciones y de creyentes, se la exime del culto -ya se sabe: “pagando, San Pedro canta”- y se monta un bar de copas tranquilas.

La idea no es novedosa. En Londres se puso en práctica hace ya muchísimos años. Además, el tañer de campanas tiene su qué. Existe otra arquitectura, íntima y silenciosa, que ha sido concebida no sólo para tener un impacto sobre nuestra retina, sino para crear un ambiente atento a los otros biorritmos y a nuestra relación con la tierra, el clima y el paisaje, dando forma y soporte a una verdadera filosofía de la vida.

¡Hay que aprovecharla!

No todo va a ser hacer “shopping” por las calles más fashion de las ciudades cosmopolitas. Cada día hay más turistas dispuestos a comprar un trozo de disfrute relajado. Conscientes de que, en verdad, es eso lo que “no tiene precio…” Es, si se quiere, la versión moderna del balneario de Battle Creek o una nueva -los cinéfilos le llamarán remake- de “Muerte en Venecia”.

Disfrutar de una comida reposada ausente de bullicio es un regalo para el espíritu; un obsequio para los sentidos. Al fin y al cabo, comer es el placer más repetido. Dejar caer el cuerpo en la cama de una estancia acogedora, con las prestaciones necesarias y exenta de las últimas novedades en tecnología es una oportunidad de parar y reencontrarse a si mismo.

Son muchos los turistas que, por lo menos para sus vacaciones se apuntan al movimiento ”slowly”. Es toda una filosofía. La misma sabia e ilustrada forma de pensar que asegura que en la vida hay que tomárselo todo con calma. Menos la cerveza, que se calienta. Y beber cerveza caliente, si no se está muy acostumbrado, puede provocar una “birrachera”. O, sea: una borrachera de birra.

Conventos, iglesias, palacios, granjas, fábricas, cortijos, masías.., no dejan de ser una apuesta de ocio diferente. La nueva aventura turística con la que sorprender y relajar a la prisa que nos envuelve.

Y, de paso, recomponer y afinar la cuerda rota de nuestra sensibilidad.

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Metamorfósis turística.



Ignacio Orna (Nacho) 27/2/2018 · #1

Así era la casa que la familia de mi abuelo tenía en Toledo y en Boadilla del Monte parte del convento de monjas, se hizo un hotel.

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