Octavio Perez en Escritores Literatura Amateur, Escritores, Historia Support engineer • MES Automation 23/3/2017 · 5 min de lectura · +100

Caudillos: El juego por el poder en una nación destruida. Parte I

Esta es una obra de ficción histórica. Los lugares y algunos personajes están basados en personas reales, sin embargo esta solo es una interpretación personal y ficcionalizada de los personajes y eventos. El propósito de esta lectura no es informativa sino recreativa.

Caudillos: El juego por el poder en una nación destruida. Parte I

Prologo


Mi nombre es Charles Francois Aunnard, nací en 1898 en Jaén, España. Mis abuelo era militar francés y visitó México durante el gobierno del emperador Maximiliano. Cuando era niño me llego a platicar sobre los mexicanos, sobre el país. Sus historias de guerra eran impresionantes, tanto así que me propuse visitar México tan pronto pudiera. Al cumplir los diecisiete tome una pequeña maleta y me propuse viajar a México. Mi madre me lo impidió. Era 1915 y la guerra de México era una trivialidad,, si acaso un pie de página en los periódicos comparado con la gran guerra de Europa. Por suerte la gran guerra no llegó a afectar a España como lo fue con Francia o el imperio Alemán.


Estudié periodismo en la universidad de Jaén. Para después trabajar en una pequeña gazeta política que se distribuía por todo Andalucia. Mi sueño no había muerto, debía ir a México y conocer las hermosas selvas y los peligrosos desiertos. Las maravillas del mestizaje y los estragos de la guerra. Así que junte todo el dinero que tenía y tome un trasatlántico de Huelva hasta Veracruz en Mayo de 1925 durante el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles. Al llegar a la Ciudad de México trabaje por un corto tiempo en un pequeño periódico de izquierda.


Fue ahí que conocí sobre la revolución. Mis compañeros alababan al ex presidente Francisco Madero y Venustiano Carranza como verdaderos heroes y martires de la democracia y de México y así mismo criticaban todo lo que podían al ex presidente Álvaro Obregón y al actual presidente Calles. Aunque solo de palabra, temían escribir sus pensamientos y repartirlos pues cientos de periodistas y escritores que se oponen al presidente Calles terminaban desapareciendo. De hecho esa fue la primera advertencia que mis compañeros me dieron al entrar.


Fue en una pulquería en la colonia de la Condesa llamada “la pulga” donde conocía a varias de las personas que fueron tan amables de compartir su historia conmigo. Algunos de ellos solo quieren desahogar sus pecados de la guerra. Otros buscaban alguien que los hiciera famosos y algunos otros transmitir su versión de los hechos sobre la guerra.


Fuera como fuera, los escuche a todos los que venían a hablar conmigo. De ellos junte sus historias para tratar de contar los eventos ocurridos durante la guerra. Una guerra que aún continuaba mientras escribía este libro. Algunos de estos amigos murieron mientras yo escribía sus historias, Me atreví a completarlas respecto a lo que conocía de ellos y de los eventos que terminaron sus vidas.




Manuel I


“Ya llegaron esos cabrones” fueron las últimas palabras que escuche de mi padre antes de que saliera a defender la hacienda de los hombres de Zapata que querían saquearla. “Correle mijo” fueron las últimas palabras que escuche de mi madre. Agarre uno de los rifles winchester de la armería, un puño de balas y corrí con mi padre a la entrada de la hacienda.


Ellos dispararon primero y le dieron a unos criados que nos ayudaban a defenderla. Disparamos después nosotros. El retroceso del rifle me golpeó en la cara. Por lo que no supe si le atine a alguno. Me apresure a recargar el arma. Cuando volví a apuntar ya los tenía casi enfrente. Así que disparé y le di a uno de ellos en la cabeza. Corrí para alejarme de ellos y tener la ventaja. Todos nosotros teníamos rifles y pistolas. Ellos en su mayoría solo tenían machetes o picos. Una vez que estaba a distancia segura volvi a cargar el arma y a apuntar de nuevo. Ya no pude ver a los criados o a mi padre. Tenían encima a los saqueadores con sus calzones de manta ya bañados en sangre. Mi primer impulso fue correr de nuevo a la hacienda y esconderme.


Por suerte don Armando me jalo de la camisa. Don Armando era uno de los administradores de la hacienda. “Sígueme hijo” me dijo. En la confusión decidí hacerlo. Corrimos hasta el establo. Se subió él a una yegua marrón y me ordenó subir con el. Yo en cambio le exigi que regresaramos por mi madre. “Ella se esconde en la capilla, vamos por ella”. Me subí en el caballo y cabalgamos hacia la capilla. Azote la puerta al abrirla. Pero estaba vacía, “¡Madre!” grité. Ni un murmullo contestó. “¡Madre!... ¡mamá!... ¿mamá?...” volví a gritar y a suplicar pero fue en vano, nadie contestó. “No está aquí” le reclamé a don Armando. Bajó apresuradamente del caballo y grito en la capilla “¡Doña Leonor!” y tampoco consiguió respuesta. “Súbete” me ordenó. “Vamos a la hacienda sigue ahí”. Don Armando no me contestó solo se volvió a subir al caballo y cabalgó por un camino empedrado que no conocía. “¿Que hace? ¿a donde vamos?” jalé a don Armando para que me escuchara. Sin embargo él siguió cabalgando sin contestar. Continue gritando y suplicando que volvieramos pero no me hacía caso. Incluso pensé en saltar del caballo. Pero como cabalgamos a todo galope me asusté y decidí no hacerlo.


Después de alejarnos suficiente, dejamos de correr y ahora viajamos a paso lento. “No había nada que pudiéramos hacer, perdóname hijo” dijo don Armando su grave y autoritaria voz ahora se escuchaba cortada. Yo no contesté, no podía hablar, no podía llorar, no podía entender nada de lo que acaba de ocurrir. “¿Estas bien?”. Preguntó don Armando. Seguí sin contestar. No sentía nada ni entendía nada, solo un nudo en la garganta y una sensación extraña en el vientre. Antes del atardecer nos detuvimos en una posada. “Vamos por algo de comer”.


No era las posadas como las que llegué a ir con mi padre donde todos vestían de catrines y damas. No, aquí los hombres llevaban camisas rotas y manchadas y las pocas mujeres que había llevaban los pechos descubiertos. Nos sentamos en una mesa en la esquina pegada a la barra. Don Armando se levantó y regresó con dos platos de frijoles y una botella de pulque. “¿Qué pasó?” le pregunté. “¿eh?” contestó. “¿Dónde… Estamos?” pregunté otra vez. “Puebla, mañana llegamos a la capital”. “¿Qué fue lo que pasó don Armando? ¿Porque a nosotros?” Don Armando me sirvio pulque en el vaso y me dijó. “Los campesinos de la hacienda lo llamarón, beber esto te ayudará a descansar y dormir”. “¡Mi madre! Prometió que regresamos por ella”. Le reclamé con lágrimas que por fin empiezan a brotar de mis ojos. “Quizá nunca me perdones por eso, pero mi prioridad era salvar tu vida y no te arriesgaria por la posibilidad de salvarla” sentía un gran coraje hacia don Armando por mentirme pero también me sentía agradecido por lo que hizo. “¿por que no estaba en la capilla?” volví a preguntar. Ahora ya no podía contener las lágrimas. Trate de beber de golpe el pulque pero lo vomite de inmediato. Don Armando lo volvió a llenar y me contestó. “Tu padre le ordenó a Macedonio proteger a las mujeres en la capilla, el cabrón de seguro se acobardó”. No pude contestar así que tomé el vaso de pulque y antes de que le tomara don Armando me agarro el brazo y me dijo “Con calma hijo”. Poco a poco me fui adaptando al fuerte sabor del pulque hasta que empeze a sentir náuseas y la visión me dió vueltas. “Suficiente” dijo don Armando.


Fue la luz del sol en mis ojos lo que me despertó. “Vámonos” dijo don Armando. Al volver a subir al caballo y ver la posada me di cuenta de que ahora todo era diferente. A mis dieciséis años perdí a mis padres, mi fortuna, mis tierras, todo. Solo me quedaba el anciano de don Armando y una cansada yegua.


Macario I


“¡Cucaracha!” gritó uno de los hombres amarrados. “Ya se lo cargó la chingada” pensé. El general volteo colérico y gritó “¿Quién dijo eso cabrones?”. El hombre volvió a contestar “cucaracha”. El general desenvainó su cuchillo y lo puso en la garganta del hombre. “¿así que tienes muchos huevos cabrón?”. El general quito el cuchillo del cuello del hombre y se lo pasó a uno de los cadetes. “Cortale los huevos” le dijó. El cadete tomó el cuchillo pero se quedó parado sin hacer nada. “¿acaso tartamudé? Que le corten los huevos” el general empujó al cadete del hombro hacia el hombre amarrado. El hombre gritó al ver que el cadete se acercaba con el cuchillo. Le tiró una patada al cadete que le rompió la nariz. Decidí golpearlo con la culata del rifle en la cabeza para que dejara de moverse. Aunque quizá fue demasiado fuerte pues lo deje inconsciente. El cadete continuó ejerciendo su orden. Ahora sin gritos ni forcejeos. El cadete se levantó con la mano escurriendo de sangre. “¿Algún otro que tenga muchos huevos?”. Nadie contestó. Y el cadete vomito sobre el cuerpo inconsciente del hombre.


El general se alejó de regreso a su pabellón. Yo tome al cadete que aún estaba limpiando su uniforme de vómito y sangre. “Vamos por un aguardiente muchacho”. No contestó y colocó su brazo en mi hombro para que lo guiara. Sentí lástima por el muchacho, no duraría ni una hora en batalla. Al ver al general alejarse reflexione sobre ese apodo que ahora ya era famoso entre sus opositores. El general Victoriano Huerta era un hombre moreno, encorvado de ojos pequeños y saltones. Y de una complexión aunque no gordo si arredondado. Pero su apariencia no era la única razón de su apodo. Era considerado como un cambiacapas, un usurero y un cobarde por sus opositores. Y sus estrategias no se parecían a las de Orozco o a las de Obregón. Donde era combate directo y de frente, Huerta prefería ataques sorpresa, tiroteos y algunas otras estrategias que se consideran sucias.


Uno de los guardias se me acercó. “El general quiere verte Macario”. Dejé al cadete y mi vaso de aguardiente y camine hasta el pabellón del general. “Cuidado, esta ebrio” me dijo el vigilante. “No lo conozco sobrio” le contesté. Al entrar el general se levantó de su silla con una botella de coñac en la mano. “Amigo mío, quieres un trago”. “No gracias mi general”. Aun así el general sirvió dos vasos. “Te mandaré al paredón si no me acompañas”. Contestó. “¿En qué puedo servirle mi general?” le dije. “¿Eres mi amigo verdad?” me preguntó. Está más ebrio que de costumbre, siempre era colérico e iracundo pero era la primera vez que lo veía sentimental. “Usted es mi general, señor”. Huerta hizo una mueca de desagrado pero no contestó. “Se vienen tiempos difíciles Macario. Los muchachos te aprecian y respetan. ¿Estarás conmigo en los momentos difíciles Macario?”. “Lo he acompañado contra los Yaquis en Coahuila, contra los Mayas en Yucatán, contra Orozco aqui en Chihuahua. Estoy con usted y con Mexico hasta mi último aliento”. Huerta se volvió a sentar y bebió de golpe su vaso de coñac. “¿Y si tuvieras que elegir entre mi y México?” preguntó Huerta sirviéndose otro vaso. “Usted es México” contesté. Mi respuesta pareció encantar. “Yo soy México. Yo soy México… “ calló por un instante y me miró a  los ojos. “Recibí un telegrama de Orozco. Quiere acordar una paz conmigo, no con el presidente”. Me dijó. “El presidente Madero está por caer y es claro que no siente simpatía por mi. ¿Estas conmigo Macario?”.


Mi hermano me solía enviar cartas sobre la situación en la capital. Cada vez todo estaba más descontrolado los porfiristas se alzaban en provincia. los zapatistas asaltaban trenes, fábricas y haciendas. La revuelta de Orozco cada vez tenía más seguidores en el centro. Incluso el general Obregón se negaba a acatar las órdenes del presidente. Villa estaba en su propia cruzada personal. Pero lo más preocupante era la rebelión del General Félix Díaz.  Pues el ejército mexicano estaba dividido en dos. Los leales a Félix Díaz y los leales al general Huerta. Las propuestas de Díaz y sus aliados para mi general eran bastante tentadoras, pero mi general se negaba a aceptar.


“Por supuesto mi General”. Le contesté. El general Huerta abrió un baúl y sacó un revólver americano y unas cuantas balas que puso sobre la mesa. “Cabalgaras hasta la capital, sin uniforme, ni armas del ejército. Le vas a llevar esta carta al general  Blanquet. A nadie más que a él. Después te quedas en la ciudad hasta que yo llegue. ¿Quedó claro Macario?” me dijo y me entregó el revólver, una carta sellada, y cerca de unos ochenta pesos. “Sí, mi general” contestó saludando.  “Que te preparen caballo y comida, sales al amanecer”


Felix I


Me senté en una banca del parque y abrí uno de los muchos periódicos que llevaba en la mano. Entre ellos estaban El Universal, Chicago Daily News, The Herald, y le Monde. Le di un sorbo a mi café espresso y una mordida al croissant que recien habia comprado.  Un hombre gordo y rubio se sentó a mi lado “¿Sommerfeld?” dijo. pensé en contestar, pero no sabía qué idioma usar, así que solo asenti con la cabeza. ¨Soy Arnold Grievous” me contesto en ingles. “¿Qué información me tiene señor Grievous?” le dije sin dejar de leer mi periódico. “Una carga hacia Pachuca, cinco mil rifles semiautomaticos, y cuatrocientas cajas de municion” Contestó el hombre gordo. “¿Pachuca? ¿Para quién?”. La noticia me sorprendió. Orozco estaba en Los Angeles, Diaz no podría salir de la capital. Zapata me hubiera notificado. “Blanquet creó, el cargamento ya salió. Debería llegar en dos semanas”. De mi bolsillo saque cuatrocientos dólares que entregue al señor Grievous. El cual me entregó el documento de envío del cargamento. Y se levantó de la banca. “Hay algo más” me dijó. “Dime, y te pagaré lo que valga tu información”. Grevious contesto “Es por intereses comunes, el embajador Wilson está insistiendo en la deposición del presidente”. Me dijo. “Eso no es nuevo para mi, desde el exilio de don Porfirio, ese hombre me ha causado muchos problemas”. Le conteste. “Creo que no has entendido, esta reclutando conspiradores a espaldas del gobierno”. “¿Tienes nombres?” le pregunté. “Solo dos, Félix Díaz, y Pascual Orozco”. Me respondió. Metí mi mano al bolsillo para sacar más dinero pero Grievous me detuvo. “Solo evita que esa rata se salga con la suya”.


Me dirigí después a mi oficina donde un puñado de sobres me esperaban. Algunos de Mexico otros de Estados Unidos y alguno que otro de europa. El que más me llamó la atención fue el del licenciado Miguel Ortinez, abogado de Pascual Orozco. En el telegrama se leía. “Paz-con-Cucaracha-Marchamos-sur” Estas dos frases y lo que dijo Grievous hacían mucho más sentido ahora. Huerta se unirá a los golpistas en la capital. Solo quedaba averiguar ¿quién era ese Blanquet? y ¿por qué pidió tantas armas?. Inmediatamente me dirigí hacia el encargado del telegrama. “Envía lo siguiente como urgente a Gustavo Madero” el telegrafista se encargó de enviar las direcciones de telégrafo y me dijo “adelante”. “Blanquet-tendrá-armas-Huerta-y-Orozco-en-camino”  le dije en español al encargado del telégrafo. El cual lo tradujo al código de cifrado que teníamos con el gobierno del presidente. Fueron largas las horas que espere su respuesta frente al telegrafista. Los cigarrillos se consumen y nos quedamos sin historias que contarnos. Hasta que por fin Madero respondió. “Huerta-en-capital-esperando arresto” decía el telegrama recibido por el hermano del presidente.


El resto del día fue bastante usual, revisar cargamentos de armas y suministros al ejército mexicano. Leer los diarios del mundo y conocer los eventos políticos y sociales. En especial de mi país Alemania. Leer los asuntos del día y revisar los estados de las cuentas. Sin embargo en el fondo de los papeles se ocultaba una carta sellada con el águila imperial Alemana. No estaba en mi registro postal la carta. En tinta negra resaltaba mi nombre “F. Sommerfeld”. Al abrir la carta decía esto en aleman:


Ciudad de México  a 16 de Enero de 1913


Para: Felix A. Sommerfeld


El contenido de esta carta es confidencial. La lectura está solo autorizada para el receptor, y tanto la violación del sello como la lectura del mismo será considerado como traición para el imperio Alemán.


Estimado Señor Sommerfeld


Sería agradable poder hablar con un compatriota del Imperio. En especial con alguien que ha logrado obtener un puesto tan importante en el gobierno mexicano y tan cercano al presidente. Lo invito cordialmente a visitarme en la embajada del imperio cuanto antes para poder discutir de negocios y relaciones bilaterales entre los países que representamos.


Espero su pronta visita

Almirante Paul Von Hintze, Embajador en México por el Imperio Alemán


Cerré la carta de inmediato y con los fósforos que encendí mi cigarrillo queme la carta. El embajador solicitaba mi presencia de nuevo. Siempre tan enigmático y misterioso, después de todo el tiempo a su servicio sigue sin confiar plenamente en mi. Y sin embargo al presidente Madero solo lo conoci por un par de meses y me eligió como encargado del servicio secreto mexicano. Hintze era un reconocido militar en Alemania y el gobierno siempre se enorgulleció de sus logros. El emperador cree que puede obtener algún provecho de esta masacre. Después de todo son los mayores exportadores de armas junto con los Otomanos y los Americanos.




con ansias esperare la segunda parte.
es sorprendente conocer que Mi Nación se construyo sobre las constantes luchas en contra de tanta injusticia, explotación, abusos y en la actualidad sigue sangrando por la ambición del control del poder.
Me duele mi país, mi américa, cada uno de los continentes., lo que el ser humano a dañado por la ambición a tréves de la historia y en la actualidad.

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