Miel

Inicio » Relatos » El último romano (V)

El último romano (V) 10

20 DE JUNIO DEL AÑO 451, CAMPOS CATALAÚNICOS.

El sol todavía no había aparecido en el horizonte. Era la hora en que la noche tocaba con sus fríos dedos al astro rey para que despertara, una hora en la que bruma y la quietud embarga todo de manera casi mágica.

Aecio sentía frío, pero no era por la brisa de la madrugada. Sentía frío porque ante él se mostraba la llanura de sus sueños, pero esta vez todo era muy real. Era real el tintineo de las bridas de su montura, el vapor de su aliento, el relinchar nervioso de los caballos, que parecían notar la tensión de sus jinetes.

Estaba tan sumido en sus pensamientos que la voz de Aulo casi le hace dar un respingo.

-Se acerca la hora general, ¿de veras cree que vendrá?- comentó un tanto desconfiado.

-Estoy seguro Aulo, aunque no lleguemos a un acuerdo es una oportunidad para tantear al enemigo, y Atila no suele dejar pasar oportunidades. Lleva esperando este momento muchos años- aseguró Aecio con el gesto serio.

Aulo asintió y tornó la mirada al frente, le costaba mantener los ojos abiertos, si no fuera por la brisa fresca que sentía en la cara probablemente habría dado alguna cabezada. Apenas había dormido, Aecio convocó una reunión la noche anterior para decidir la estrategia en caso de que hubiese batalla. El cónclave se alargó por horas y en algunos momentos el debate se convirtió en discusión, pero finalmente Aecio consiguió el apoyo de Teodorico y con él la aprobación de los demás. De todos menos de Singibano, que estuvo a punto de perder la razón y liarse a golpes con el Magister Militum. Aulo recordaba el enfrentamiento entre los dos.

-¿Esto es lo que tú llamas una posición de honor?- Espetaba Singibano al general blandiendo el puño.

-Esto no es más que un suicidio para mi pueblo, ¿o acaso dudas de mi lealtad?- Continuaba el rey alano dando zancadas de un lado a otro de la tienda.

-No dudo de tu lealtad, Singibano- contestó muy tranquilo Aecio-. Para bien o para mal tomaste una decisión y estás sujeta a ella. Pero quiero que Atila piense que sí dudo, creerá que tu pueblo es el eslabón más débil y atacará con todas sus fuerzas tu posición.

– ¿Veis?- dijo Singibano sin dejar continuar al romano, y gesticulando con los brazos extendidos a los demás oficiales y reyes-. Quiere sacrificarnos como bueyes sólo para debilitar al enemigo.

-Y sin embargo tú y tu gente sois la clave de la batalla- Aecio tomó de nuevo la palabra alzando la voz.

-Si aguantas la posición, Teodorico por el flanco derecho y  mis  tropas por el izquierdo podremos encerrar a los hunos en un cepo mortal- dijo cerrando el puño para dar más énfasis a su proposición.

-Como ves no te mentí cuando dije que reservaba para ti un lugar de honor en la batalla, lo que no quiere decir que sea una empresa fácil de conseguir-

Singibano acabó por aceptar el argumento de Aecio, no por estar de acuerdo con su estrategia, sino porque el general romano había sido muy inteligente tildándolo de lugar de honor, el rey alano sabía que no podía rechazarlo a su vez por lo mismo, por honor, no podía permitirse el lujo de parecer un cobarde frente a los demás reyes y su propio pueblo.

-Ya está amaneciendo Magister- anunció Manio devolviendo a Aulo al presente.

Una tenue luz dorada empezaba a despuntar por la cima de la colina que se erigía en medio de la llanura. Los rayos de sol atravesaban las briznas de hierba del montículo, convirtiéndolas en un mar color esmeralda.

-Es un lugar magnífico para morir, ¿no creéis?- preguntó Aecio inspirando profundamente el aire fresco del amanecer.

Manio y Aulo se miraron, su general no solía ser pesimista pero también es cierto que nunca se habían enfrentado a Atila.

-Sabe que le seguiremos hasta la muerte, Magister- contestó Manio-. Pero si decide morir otro día no se lo vamos a reprochar señor- añadió con una carcajada contenida.

Aecio rio a gusto, fue una risa limpia y natural que logró calmar sus nervios.

-Veremos que se puede hacer, Aulo- logró decir cuando controló la risa.

Los tres hombres volvieron a mirar la cima de la colina, una sombra tapaba en parte la luz que reflejaba el sol. Se trataba de una figura montada, erguida sobre su montura con tal naturalidad que perfectamente podía tratarse de un centauro.

-Ya está aquí- dijo Aecio en voz baja mientras taconeaba suavemente los ijares de su corcel.

Subió lentamente la pendiente de la colina. Aecio tuvo tiempo de poder observar al que fuera su amigo de juventud y ahora era terror de occidente. Atila continuaba mostrando un físico poderoso, se notaba que la vida de gran khan no le había sumido en la molicie. Lo único diferente era la mirada, sus ojos eran ahora dos profundos abismos que rebosaban odio.

Al llegar a la cima Aecio no desmontó de su caballo, simplemente se acercó a Atila y se lo quedó mirando fijamente. Aunque pareciera un desafío realmente era un homenaje a su pueblo, los hunos parlamentaban a caballo y dejar hablar primero a tu interlocutor era un gesto de buena voluntad.

Atila asintió sonriendo levemente.

-Salve Aecio- la mano derecha del Khan se alzó a modo de saludo.

-Salve Etil- contestó el romano imitando el gesto.

El huno entreabrió los ojos levemente al escuchar ese nombre y sonrió. – Ya no soy Etil viejo amigo, Etil murió el día que el dios de la guerra me hizo llegar su espada y me convertí en el padre de los hunos-. Las palabras de Atila no mostraban altanería, más bien hastío y cansancio, como si el título de gran Khan le pesara.

-Sabes que no voy a retirarme Aecio- continuó volviendo a su rol de implacable conquistador.

-Lo sé, ahora, mirándote a los ojos me doy cuenta. Pero tenía que comprobarlo por mí mismo.

-Siempre has sido tan melodramático como un griego- dijo Atila encogiéndose de hombros.

Fue Aecio quien sonrió ahora.- Podría serlo más si eso te hiciera cambiar de opinión. Lo hago porque sé que si nos enfrentamos vamos a desatar un infierno en esta llanura.

-¿No te has enterado? Soy el azote de dios- replicó Atila con una sonrisa lobuna.

Aecio se acercó un poco más y puso su mano en el hombro del huno. Notó como Atila tensaba los músculos por puro instinto, pero no se apartó.

-Siempre he sido sincero contigo Etil- continuó Aecio-. Has arrasado media Galia, ya has conseguido tu venganza, he tenido que reclutar hasta el último hombre de occidente para poder estar aquí hablando contigo, ¿Es que no tienes suficiente? ¿Cuántas personas más tienen que morir para que pares? ¿Cuántas ciudades tienes que arrasar para que estés satisfecho?

-Tu imperio lleva un milenio haciéndolo, creo que los obispos de Italia lo llamarían justicia divina- increpó Atila.

– He perdido la cuenta de las naciones que se han unido a mí para hacer pagar a Roma toda su prepotencia. Para que sientan en sus propias carnes el dolor de la guerra y la conquista que tanto tiempo llevan extendiendo por el mundo-. De los ojos de Atila volvía a brotar ese odio primigenio mientras iba subiendo el tono de su voz cada vez más.

La gran Madre se ha cansado de que os creáis dueños del mundo y me ha bendecido con la espada de su hijo, el dios de la guerra para que cumpla su voluntad. Me preguntabas cuando iba a estar satisfecho, cuando vea el monte Palatino ardiendo estaré satisfecho, cuando desparrame las entrañas por el suelo de ese ser inútil e infecto que llamas emperador estaré satisfecho- el rey huno pronunció estas palabras más en tono profético que de amenaza.

-Por todos los dioses Etil, ¿no te escuchas?, tu manera de hablar no dista mucho de la los obispos, tus palabras no son más que las de un fanático que lo único que anhela es la venganza. Y la mayoría de las naciones que te siguen lo hacen por miedo, lo hacen porque te temen más a ti que al imperio- rebatió Aecio sacudiendo el hombro de Atila como si quisiera despertarlo de una pesadilla.

El gesto de Atila pareció cambiar, miró durante unos instantes al suelo pero enseguida se recompuso y volvió a encarar al general romano.

-Es demasiado tarde, ya no hay vuelta atrás y tú lo sabes. Si no, ¿porque me has acosado sin descanso desde Aurelianum? En este juego ya lo he apostado todo, y hoy es la última partida, la que me enfrenta a ti. Cuando este campo este repleto de cadáveres romanos y visigodos ¿Quién podrá oponerse a mí?-. Atila abarcó la llanura con un gesto de sus brazos.

-No voy a permitírtelo Etil, si mi cuerpo yace inerme en algún sitio de esta llanura al final del día, te habré hecho pagar un precio tan alto que no podrás continuar con tu locura. Voy a detenerte amigo mío, aquí, hoy.- Atila notó en la voz de Aecio que no albergaba ninguna duda, que iba a atacar con todo lo que tenía.

Atila extendió su mano y la posó a su vez en el hombro del Magister.

-Sé que este es el precio que he de pagar al dios de la guerra por el poder que me ha otorgado. Si quiero cumplir mi venganza no he de detenerme ante nada, aunque tenga que matar al único hombre que conoce verdaderamente a Etil, aunque tenga que matar a mi único amigo.

– Sea- aceptó Aecio-. Nuestro destino queda en manos de los dioses, y que nos perdonen por la cantidad de almas que vamos a enviarles hoy.

Las palabras dejaron de tener significado. Los dos hombres en los que recaía el destino de todo un imperio quedaron mirándose,  casi sin respirar. Aecio sentía una punzada de dolor en el pecho, sentía en lo más profundo de su ser que hubieran tenido que nacer en pueblos diferentes, pues sabía que aunque él fuera romano y Atila un bárbaro, sus almas eran iguales. La prioridad para ambos era el bienestar de los suyos, hasta tal punto que darían la vida por ello sin dudarlo, no tardarían en comprobarlo ese mismo día.

Aecio estrechó fuertemente el antebrazo de Atila, éste tiró del brazo hacia él y se fundieron en un abrazo sincero. Ninguno lo dijo, pero en ese momento ambos recordaron aquella noche en la estepa, cuando cabalgaban en el mar de hierba y se sentían verdaderamente libres. Luego, sin decir nada, ambos dieron la vuelta a sus caballos y se dirigieron a sus campamentos para preparar la batalla. Una batalla que sería recordada por siglos, la última gran batalla de Roma.

Calificar (11 Votos)

Acerca de Rober

Me llamo Roberto y nací en el año 1979 en Madrid. Apasionado de la historia desde siempre, mi única intención es que compartamos y divulguemos en este espacio cada pedacito de la antigüedad que tanto nos gusta. Me encantaría que recorrieras conmigo este periodo. ¿Te apuntas?, pues bienvenido a Historia o leyenda.

Deja un comentario

10 Comentarios en “El último romano (V)

  • Adolfo 18 junio, 2016 a las 23:44

    Hola Rober, ¡estuvo genial el relato del último romano!.
    Sin duda leería el libro, estoy de acuerdo con lo que dijo Alf ?.
    ¡Muchas gracias por compartir este emocionante relato de el último romano!
    Saludos.

    0 0
    Rate this

    • Rober Autor 20 junio, 2016 a las 14:04

      Muchísimas gracias Adolfo.
      La verdad es que estoy encantado con vuestras opiniones, es un honor ver que a muchos lectores de novela histórica les convence mi manera de escribir. Por eso la parte de la batalla quiero que sea un buen final (así practico para la novela

      0 0
      Rate this

  • Ademar 18 junio, 2016 a las 11:44

    Spoiler: gana Aecio

    En conclision para mí roma(occidental) cayo por la religión cristiana mucho más invasiva y que si no obtenía lo que quería recurría a exacervar al pueblo en cambio en el Imperio Romano de Oriente llamado ahora por los historiadores, bizantino, ideó una fórmula para mantener a la religión en el gobierno pero sin gobernar es decir como justificación ante el pueblo de lo que lleva a cabo el basileus por eso duraron 1000 años más

    1 0
    Rate this

    • Rober Autor 18 junio, 2016 a las 12:22

      Hola Ademar.
      Buff el tema de la caída de occidente es muy “goloso”, para mí fue un cúmulo de circunstancias diferentes que confluyeron en una lenta debacle. Te recomiendo “La caída del imperio romano” de Adrian Goldsworthy, para mí es una guía excelente para que cada uno saque sus propias conclusiones. Pero estoy de acuerdo en que la intromisión del cristianismo hizo mucho.

      1 0
      Rate this

      • Alf 18 junio, 2016 a las 15:55

        Pues yo me quedé un poco igual con el libro de Goldsworthy. Quizá lo más interesante que apunta es a los futuros estudios de la paleoclimatología como ciencia que explica la caída de grandes civilizaciones.

        De pequeño leí “Historia de Roma” de Indro Montanelli, y su continuación, “Historia de la Edad Media”. Y apunta a un factor a mi juicio muy interesante que no he vuelto a leer: las grandes familias de la República, los Sergios, Cornelios (en sus 2 ramas), Léntulos, Fabios, Máximos, Bruto, Cepión, Publios, Julios… etc… , las que construyen el poderío de Roma, las que les dan sus generales, cónsules… están extinguidas ya al final del Alto Imperio. Esos apellidos ya no existen porque las guerras civiles, los asesinatos, las proscripcones hacen que desaparezcan. Y con ellos, con sus genes, desaparece el espíritu de la República y lo que queda se postra ante el tirano

        Mucho más interesante me parece “Historia y decandencia del Imperio Romano”, de Edward Gibbon

        0 0
        Rate this

        • Ademar 19 junio, 2016 a las 21:50

          Gracias a todos!

          1 0
          Rate this

        • Rober Autor 20 junio, 2016 a las 14:07

          Precisamente Goldsworthy analiza la obra de Gibbon en su libro, comenta que al ser un titulo ya antiguo hay que tener en cuenta muchas variantes para dilucidar que fue lo que pasó. No obstante lo recomienda como imprescindible para entender la caída de la parte occidental del imperio.
          Un abrazo Alf.

          1 0
          Rate this

          • Alf 20 junio, 2016 a las 14:46

            Gibbon tampoco te da conclusiones ni afirmaciones claras de la caída del Imperio y sí apunta a una gran variedad de razones, que quizá sea lo acertado: decadencia biológica, cristianismo, altos impuestos para mantener lo que realmente era una dictadura militar insaciable, pérdida de las creencias y del modo de vida de la Antigüedad… creo que uniéndolo a un posible cambio climático que empujó a los bárbaros todos a la vez contra el Imperio tenemos las primeras pistas. Porque merovingios, godos, alamanes, hunos, escitas o vándalos no eran mejores o peores que los cimbros y los teutones que derrotó Mario en Aquae Sextiae y en Vercelae pero que a punto estuvieron en triunfar sobre la República después de Aurasio… pero se precipitaron todos a la vez en las fronteras de un Imperio debilitado por los impuestos y la misera que ésto trajo.

            Quizá lo antiguo de Gibbon sólo reside en afirmaciones suyas que van en las NOTAS que es verdaderamente su obra. Y responde a su espíritu anglicano de finales del S. XVIII. Es gracioso incluso cuando habla de “las reglas de la guerra de las naciones civilizadas actuales”, jjajaja

            0 0
            Rate this

  • Alf 18 junio, 2016 a las 11:18

    Me gusta la imagen real que das de Atila: no era Yul Brynner, como nos muestra Hollywood. Sabía griego y latín y vestía toga a la usanza romana muchas veces, lo que da la imagen de alguien capaz de mantener el diálogo que has escrito

    A ver si sacas el puñetero libro, lo leemos del tirón y dejamos de leer mini-entregas

    Muy bueno y entretenido

    Un saludo

    2 0
    Rate this

    • Rober Autor 18 junio, 2016 a las 12:13

      Muchas gracias Alf.
      Atila era efectivamente muy culto incluso para los cánones romanos de la época, montó una red de espías que ya envidiarían los propios romanos y utilizó esos conocimientos en contra de los romanos. Me alegra que te parezca lo suficientemente factible :), un abrazo.

      1 0miel



Javier beBee 3/10/2016 · #1

@pedro santos bienvenido a beBee ! muchas gracias por compartirlo !

0