Prof. Mg. Rodrigo Ariel PRADIER en Estudiantes y Universitarios, Profesores y educadores, Oficios y profesiones Auxiliar Judicial • Servicio Penitenciario Federal 23/9/2016 · 2 min de lectura · +100

La edad del pavo científico

La edad del pavo científico

Altos, peludos, un poco torpes, rebeldes, soñadores (y a veces fugitivos), enojones, graníticos, irritables, contestatarios y (un poco) maravillosos. Bienvenidos al cerebro adolescente, que todavía estamos tratando de conocer.

Como corresponde, es un cerebro en constante y tremendo cambio. No se ofendan, jóvenes, pero en la etapa teen, aun con un cerebro de tamaño ya adulto, perderán una parte importante de sus neuronas. Sí: por un proceso llamado poda neuronal (o pruning) se produce una reconfiguración de las conexiones neurales: según un artículo de Nature Neuroscience de hace unos años, los adolescentes pierden anualmente alrededor del 1 % de las neuronas corticales hasta que llegan a sus alegres años veinte. Eso explica muchas cosas, pensará algún padre desprevenido. No sabemos bien cómo o por qué, pero parece que en la niñez se desarrollan neuronas y conexiones de más que luego perdemos naturalmente. Al mismo tiempo, áreas que tienen que ver con la toma de decisiones, la impulsividad (y su control) y la capacidad de juicio aún están madurando en esta etapa, lo que da una gran flexibilidad a las posibilidades de cableado de ese cerebro que está en busca de su destino. Hay que nutrirlo, mimarlo, acompañarlo. aunque muchas veces ni el cerebro ni su portador quieran saber nada sobre estas artes.

Pero ¿qué es exactamente la adolescencia? ¿Cuánto dura? ¿Desde cuándo está con nosotros? Más allá del explosivo cóctel hormonal que viene junto con la pubertad - y al cual es cerebro es particularmente sensible - las definiciones son aquí complicadas, a caballo entre lo biológico y lo cultural (y si no, que lo vengan a afirmar los adolescentes de veintipico o más entre lavarropas y heladeras de mamá y papá). En principio, este asunto de tardar tantos años en madurar parece ser bastante único de nosotros, los humanos modernos. Otros simios máschimpancescos también tienen algo parecido a la adolescencia, pero ya son adultos hacia los 11 o 12 años. A juzgar por el crecimiento dental, otros homínidos, como Homo erectus, o antepasados como los Australopithecus, también maduraban rápido. Pero nosotros nos tomamos mucho más tiempo para crecer y multiplicarnos, quizá necesario en términos socioculturales para entender el mundo que se nos viene encima.

La duración de la adolescencia es un secreto difícil de medir. Una cuestión es el fin de la pubertad, marcado por el momento en que los huesos dejan de crecer. Pero no hay marcadores hormonales precisos para decir que se terminó la adolescencia, ni mediciones de huesos o músculos o barbas que nos den la precisión de un comienzo y un fin de esta etapa. Una idea novedosa viene del lado de los relojes biológicos. Se sabe (y pregúntenle a cualquier padre o maestro) que los adolescentes son búhos, es decir que les cuesta mucho despertarse temprano por la mañana, mientras que por la noche andan de lo más frescos y bolicheros. El investigador Till Roenneberg propuso entonces que este reloj podría ser un buen marcador de la edad del pavo. Estudió miles de individuos en sus días libres y descubrió un pico de nocturnidad alrededor de los 20 años (19,5 en mujeres, 20,9 en hombres, para ser más precisos); luego los jóvenes comienzan a dormirse progresivamente más temprano.

Y el último paper sobre adolescencia les sonará familiar a las madres: se llamaRespuestas neurales a las críticas maternas en los jóvenes. Sí: pusieron a muchachitos/as en un escáner cerebral mientras escuchaban a sus mamas criticando, elogiando o con comentarios neutrales. Lo más interesante fue que las críticas apagaban áreas cerebrales cognitivas o relacionadas con el comportamiento social. En otras palabras: el cerebro adolescente no escucha los sanos consejos maternales (del tipo "si te digo que subas los zapatos a tu cuarto te enojás muchísimo").

Adolece, que no es poco. Y bueno, la ciencia tampoco tiene respuestas para todo.